A pesar del abandono del campo freudiano que se manifiesta plenamente en el Antiedipo , también Deleuze y Guattari se mueven dentro del campo problemático delimitado por Freud en El malestar en la cultura en 1929: el deseo es la fuerza motriz del movimiento que atraviesa la sociedad tanto como el recorrido de la singularidad, pero la creatividad deseante debe vérselas continuamente con las máquinas de guerra de tipo represivo que la sociedad capitalista hace llegar a cada nicho de la existencia y del imaginario. El concepto de deseo no puede ser reducido a una lectura en clave "represiva". En el Antiedipo , el concepto de deseo se contrapone al de carencia. El campo de la carencia, en el que floreció la filosofía dialéctica y sobre el que la filosofía política del siglo xx construyó su fortuna y su infortunio, es el campo de la dependencia, no el de la autonomía. La carencia es un producto determinado por el régimen de la economía, la religión y la dominación psiquiátrica.
Los procesos de subjetivación erótica y política tienen que fundarse sobre el deseo como creación y no sobre la carencia. Deleuze y Guattari nos permiten comprender que la represión no es más que una proyección del deseo. El deseo no es manifestación de una estructura sino la posibilidad de crear mil estructuras. El deseo puede cristalizar estructuras y transformarlas en reiteraciones obsesivas. El deseo construye las trampas que atrapan el deseo.
Sin embargo, en el dispositivo analítico que nace de la genealogía foucaultiana y del creacionismo deleuze-guattariano prevalece una visión de la subjetividad como fuerza en la que reemerge el deseo suprimido contra la sublimación represiva social. Una visión antirrepresiva o, si se prefiere, una visión expresiva. La relación entre estructura y deseo es el punto de inflexión que saca al pensamiento esquizoanalítico guattariano de la órbita del freudismo lacaniano. El deseo no puede ser comprendido a partir de la estructura, como una variación posible que deriva del matema psíquico. El deseo creativo produce infinitas estructuras y, entre ellas, las que sirven de dispositivos de represión.
En la esfera del Semiocapital
Para salir del marco freudiano debemos fijarnos en la posición de Jean Baudrillard, cuyo pensamiento nos aparecía en aquellos años como un pensamiento disuasivo.
Jean Baudrillard diseña otro panorama. En sus obras de principios de los años 70 ( El sistema de los objetos , La sociedad de consumo , Réquiem por los medios y, por último, Olvidar a Foucault ) Baudrillard sostiene que la ideología de la liberación corresponde al pleno dominio de las mercancías y que la nueva dimensión imaginaria no es la de la represión sino la de la simulación, la de la proliferación de simulacros y la seducción.
Baudrillard señaló que el exceso expresivo es el núcleo central de la sobredosis de realidad.
Lo real crece como el desierto. La ilusión, el sueño, la pasión, la locura, la droga, pero también el artificio, el simulacro: esos son los predadores naturales de la realidad. Todo ello ha perdido gran parte de su energía como si hubiese sufrido una enfermedad incurable.
[ 3 ]
Baudrillard anticipa una tendencia que a lo largo de estos últimos decenios ha acabado por prevalecer: en su análisis la simulación modifica la relación entre sujeto y objeto, constriñendo al sujeto a la posición subordinada de quien cae en la seducción. El actor es el objeto, no el sujeto. Con ello se disuelve toda la problemática de la alienación y de la represión, y del malestar que deriva de ellos.
En un escrito de sus últimos años (el muy citado texto sobre sociedades disciplinarias y sociedades de control) Deleuze parece poner en cuestión la arquitectura que deriva de la noción foucaultiana de disciplina y parece ir en la dirección que Baudrillard siguió desde los primeros años 70. Pero lo que me interesa no es tanto una comparación entre pensamiento de la simulación y pensamiento del deseo (que valdrá la pena profundizar en otro momento). Lo que me interesa es el escenario psicopatológico que está emergiendo en los años en los que la sociedad industrial llega a su fin y deja paso al Semiocapitalismo, es decir, al capitalismo fundado en el trabajo inmaterial y en la explosión de la Infosfera.
La sobreproducción es un rasgo característico inherente al capitalismo, porque la producción de mercancías no responde a la lógica de la necesidad concreta de los seres humanos sino a la lógica abstracta de la producción de valor. En el Semiocapitalismo la sobreproducción es sobreproducción semiótica: un exceso infinito de signos que circulan en la Infosfera y que saturan la atención individual y colectiva.
La intuición de Baudrillard ha resultado ser importante a la larga. La patología que predominará en los tiempos que vienen no nacerá de la represión sino de la pulsión de expresar, de la obligación expresiva generalizada.
Lo que parece que se extiende en la primera generación videoelectrónica son patologías de la hiperexpresión, no patologías de la represión.
Cuando nos ocupamos del sufrimiento de nuestro tiempo, del malestar de la primera generación conectiva, no nos hallamos en la esfera conceptual descrita por Freud en El malestar en la cultura . La visión freudiana sitúa la ocultación en la base de la patología. Algo nos es ocultado, algo desaparece, algo es suprimido. Lo que parece evidente es que en la base de las patologías hoy no hay una ocultación sino la hipervisión, el exceso de visibilidad, la explosión de la infosfera, la sobrecarga de estímulos infonerviosos.
La hiperexpresividad y no la represión constituye el contexto tecnológico y antropológico que permite entender las psicopatologías contemporáneas: trastornos de déficit de atención, dislexia, pánico. Son patologías que hacen pensar en otro modo de elaboración del input informativo, pero que entre tanto se manifiestan como sufrimiento, malestar y marginación.
Tengo que decir, por si no hubiera quedado claro, que mi discurso nada tiene que ver con las prédicas reaccionarias e intolerantes sobre los males producidos por la llamada permisividad y sobre lo bien que hacía a las costumbres y al intelecto la represión de los buenos tiempos pasados.
Patologías de la expresividad
En su introducción a un libro sobre las formas contemporáneas de la psicopatología sus editores nos dicen:
Al escribir este libro hemos querido repensar el binomio cultura/malestar a la luz de las profundas transformaciones sociales que han afectado a nuestra vida. Entre ellas, una de las más significativas es el cambio de signo del imperativo sostenido por el super-yo social actual en relación con el freudiano. Mientras que el super-yo freudiano exige la renuncia pulsional, el super-yo contemporáneo parece situar el impulso de gozar como un nuevo imperativo social. En efecto, las formas sintomáticas de malestar de la cultura están hoy en estrecha relación con el goce, son auténticas prácticas de goce (perversiones, toxicomanías, bulimias, obesidad, alcoholismo) o manifestaciones de un cierre narcisista del sujeto que produce un estancamiento del goce en el cuerpo (anorexias, depresiones, pánico).
[ 4 ]
La psicopatología social predominante, que para Freud era la neurosis que describía como consecuencia de la supresión, es hoy más bien la psicosis, que está cada vez más asociada a la dimensión del actuar y del exceso energético e informativo.