IV. El robo del espacio.
El carácter de "otro" del "otro espacio" de
la televisión es trivial: debido en parte al brillo del aparato encendido,
en parte a que las imágenes que en ese brillo aparecen reproducen
una región del espacio de las cosas distinta de aquella en la que
el televisor está físicamente situado. Otra región,
pero de lo mismo: ¿qué sucederá cuando una de las dos
se despliegue en el espacio de la otra?
Antes hemos considerado el monigote identificativo de emisora como guardián
de la pegajosidad. Pero sería ingenuo pensar que, si de la película
que estamos viendo por la tele desapareciera el monigote, habría
desaparecido la pegajosidad. "Pegajosidad" es antes que nada carencia
de distancia donde debería haberla. Y distancia es espacio y limpieza.
Pues bien: entenderemos el carácter estructuralmente pegajoso de
la televisión si la comparamos con el cine: porque respeta el espacio
de la vida, porque tiene el miramiento de recogerlo, apagando las luces
de la sala, en el momento de desplegar el espacio de la ficción,
el cine es limpio. En cambio, por más que uno quiera hacer de su
casa un cine, la televisión implica una superposición de espacios:
la tele encanta desde "otro espacio", pero se ve haciendo mil
cosas en el espacio de la vida -habitándolo. No por casualidad el
ver es el modelo de todo conocer. Así, la necesidad de estar con
la mirada en dos espacios a la vez genera un "ver borroso", en
el sentido menos teórico de "ver", el de "¿pero
no ves que...?", de modo que ante la tele nadie es capaz de ver nítidamente
nada: toda conducta es torpe y borrosa, todo es "sí pero no".
Y es que falta discernimiento, distancia; de ahí la sensación
que tienen algunos de que al encenderse la tele el espacio de la casa desaparece,
como si la tele lo robara.
Esa superposición de espacios responde de tal modo a la estructura
de la televisión que se prolonga hacia dentro de ella. Así,
en los telediarios aparece, a la espalda del busto parlante, un amplio panorama
del estudio de grabación con, inevitablemente, multitud de televisores
encendidos ante los que trajinan periodistas y operarios. Hace años,
cuando aún no estaba claro lo que la televisión había
de ser, tras el busto parlante había un tabique, todo lo más
unas cortinas. Ahora empieza a estar claro que, así como los espectadores,
todo junto, han de cenar y discutir mientras ven la tele, así los
operarios que la hacen, todo junto, han de atender, ante la cámara
abierta, a mil quehaceres ajenos al asunto: fuera tabiques, fuera todo lo
que signifique separación, distancia, discreción, discernimiento
y limpieza, apartamiento de lo no pertinente. Mezclemos los espacios de
modo que, a ser posible, también aquí, el espacio -la distancia
o separación que permite conocer- desaparezca.
Porque el espacio es todo eso utilizamos antes la expresión "muda
concurrencia". Pues, aunque la gente hable mucho más ante el
televisor de lo que antaño alrededor del hogar, como efecto de ese
estar pendiente de la tele, toda palabra se convierte a su alrededor en
irrelevante y banal. Así, la mudez ya no consiste, como hace cuarenta
años, en que se tengan cosas que decir y no se pueda, sino en que,
en virtud de la consigna de estar cada "persona" emitiendo continuamente
opiniones (lo mismo que la tele programas, por cierto), justamente porque
el chorro de las palabras está dado de sí (pues no se siente
la necesidad de decidir entre abierto y cerrado, ni de dirimir en serio
nada), ya no se tiene nada que decir. Que la televisión nos roba
el espacio significa, pues, que nos roba la palabra.
Como ese robo de la palabra consiste antes que nada en el embotamiento
de la diferencia entre que sí y que no, su éxito se constata
donde los telespectadores menos piensan: se sientan a ver lo que ellos mismos
llaman "la caja tonta", dicen que es muy mala, cada uno de ellos
piensa que son los otros, pero no él, los que sucumben al hechizo
del invento. Es la misma conducta que se tiene con cosas como la pornografía
(recuérdese aquella película de Woody Allen en que el protagonista,
para comprar una revista porno, le cuenta al kiosquero que se está
documentando para una tesis en Sociología), cosas que se usan sin
que uno se ponga de acuerdo consigo mismo acerca de por qué las usa,
cosas a cuyo uso es esencial una borrosidad de fondo, un ineliminable "sí
pero no" (como sabemos desde Kant, ese mismo "sí pero no"
caracteriza a toda conducta inmoral). Y así, cuando dicen que la
televisión es muy mala, y no paran de verla, en su conducta reproducen
la falta de nitidez que es esencial al invento. En eso que ellos creen independencia
("a mí no me afecta") es donde se muestra justamente su
dependencia, su haber caído en el elemento de lo televisivo: de lo
pegajoso, embotado y falto de nitidez.
(Pero es esencial que esa dependencia aparezca como autonomía
y conciencia de sí. Así, si antiguamente las emisoras anunciaban
los programas con la fórmula "Les vamos a ofrecer", como
si los espectadores fueran meros receptores, ahora en cambio la fórmula
es más bien "Les proponemos", que implica que serán
ellos quienes tengan la última palabra. Algo coherente con la ideología
del sistema, que es cada vez más la ideología de la autonomía.
Pero examinemos más de cerca esas fórmulas. Mientras el que
ofrece lo hace desinteresadamente -ofrece galletas y si su huésped
se las come o no es cosa suya: él ya ha cumplido-, el que propone
espera aún la decisión de su interlocutor, que todavía
puede echarse indirectamente a su cuenta. Antes la televisión emitía
su programa y honradamente se desentendía de lo que el espectador
con él hiciera, ahora la propia decisión del espectador se
coloca ya dentro del ámbito de planificación de la
emisora. Todo es "personalizado", es decir, pegajoso y maternal,
como de parvulario: que el espectador se tome en serio las tontaditas que
le proporcionamos hasta el punto de hacer de ellas su libertad. Es, de nuevo,
la superposición de espacios: que las decisiones del espectador en
el espacio de su cuarto de estar estén dentro del espacio de lo que
la emisora propone -"especialistas en ti".)
* Miguel Lizano es autor de los libros Heráclito o el
decir siempre ya comenzado y Cómo han acabado los pedagogos
con la enseñanza, ambos en vías de publicación,
así como del trabajo "Paradoja y aporía en el símil
de la caverna", incluido en Raúl Gutiérrez (ed.), Los
símiles de la República VI-VII de Platón, Lima,
Pontificia Universidad Católica del Perú, 2003.
En Archipiélago puede leerse: "Más allá
del límite. Esbozo fenomenológico sobre el miedo" (nº
46), "Materiales para la defensa de la Enseñanza media"
(nº 38) y "¿Humanidades?" (nº 34-35).