www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Archipiélago 60 Archipiélago

¿Qué es la televisión?

por Miguel Lizano
Archipiélago nº 60, abril 2004

Número de páginas: 3
imprimir

IV. El robo del espacio.

El carácter de "otro" del "otro espacio" de la televisión es trivial: debido en parte al brillo del aparato encendido, en parte a que las imágenes que en ese brillo aparecen reproducen una región del espacio de las cosas distinta de aquella en la que el televisor está físicamente situado. Otra región, pero de lo mismo: ¿qué sucederá cuando una de las dos se despliegue en el espacio de la otra?
Antes hemos considerado el monigote identificativo de emisora como guardián de la pegajosidad. Pero sería ingenuo pensar que, si de la película que estamos viendo por la tele desapareciera el monigote, habría desaparecido la pegajosidad. "Pegajosidad" es antes que nada carencia de distancia donde debería haberla. Y distancia es espacio y limpieza. Pues bien: entenderemos el carácter estructuralmente pegajoso de la televisión si la comparamos con el cine: porque respeta el espacio de la vida, porque tiene el miramiento de recogerlo, apagando las luces de la sala, en el momento de desplegar el espacio de la ficción, el cine es limpio. En cambio, por más que uno quiera hacer de su casa un cine, la televisión implica una superposición de espacios: la tele encanta desde "otro espacio", pero se ve haciendo mil cosas en el espacio de la vida -habitándolo. No por casualidad el ver es el modelo de todo conocer. Así, la necesidad de estar con la mirada en dos espacios a la vez genera un "ver borroso", en el sentido menos teórico de "ver", el de "¿pero no ves que...?", de modo que ante la tele nadie es capaz de ver nítidamente nada: toda conducta es torpe y borrosa, todo es "sí pero no". Y es que falta discernimiento, distancia; de ahí la sensación que tienen algunos de que al encenderse la tele el espacio de la casa desaparece, como si la tele lo robara.
Esa superposición de espacios responde de tal modo a la estructura de la televisión que se prolonga hacia dentro de ella. Así, en los telediarios aparece, a la espalda del busto parlante, un amplio panorama del estudio de grabación con, inevitablemente, multitud de televisores encendidos ante los que trajinan periodistas y operarios. Hace años, cuando aún no estaba claro lo que la televisión había de ser, tras el busto parlante había un tabique, todo lo más unas cortinas. Ahora empieza a estar claro que, así como los espectadores, todo junto, han de cenar y discutir mientras ven la tele, así los operarios que la hacen, todo junto, han de atender, ante la cámara abierta, a mil quehaceres ajenos al asunto: fuera tabiques, fuera todo lo que signifique separación, distancia, discreción, discernimiento y limpieza, apartamiento de lo no pertinente. Mezclemos los espacios de modo que, a ser posible, también aquí, el espacio -la distancia o separación que permite conocer- desaparezca.
Porque el espacio es todo eso utilizamos antes la expresión "muda concurrencia". Pues, aunque la gente hable mucho más ante el televisor de lo que antaño alrededor del hogar, como efecto de ese estar pendiente de la tele, toda palabra se convierte a su alrededor en irrelevante y banal. Así, la mudez ya no consiste, como hace cuarenta años, en que se tengan cosas que decir y no se pueda, sino en que, en virtud de la consigna de estar cada "persona" emitiendo continuamente opiniones (lo mismo que la tele programas, por cierto), justamente porque el chorro de las palabras está dado de sí (pues no se siente la necesidad de decidir entre abierto y cerrado, ni de dirimir en serio nada), ya no se tiene nada que decir. Que la televisión nos roba el espacio significa, pues, que nos roba la palabra.
Como ese robo de la palabra consiste antes que nada en el embotamiento de la diferencia entre que sí y que no, su éxito se constata donde los telespectadores menos piensan: se sientan a ver lo que ellos mismos llaman "la caja tonta", dicen que es muy mala, cada uno de ellos piensa que son los otros, pero no él, los que sucumben al hechizo del invento. Es la misma conducta que se tiene con cosas como la pornografía (recuérdese aquella película de Woody Allen en que el protagonista, para comprar una revista porno, le cuenta al kiosquero que se está documentando para una tesis en Sociología), cosas que se usan sin que uno se ponga de acuerdo consigo mismo acerca de por qué las usa, cosas a cuyo uso es esencial una borrosidad de fondo, un ineliminable "sí pero no" (como sabemos desde Kant, ese mismo "sí pero no" caracteriza a toda conducta inmoral). Y así, cuando dicen que la televisión es muy mala, y no paran de verla, en su conducta reproducen la falta de nitidez que es esencial al invento. En eso que ellos creen independencia ("a mí no me afecta") es donde se muestra justamente su dependencia, su haber caído en el elemento de lo televisivo: de lo pegajoso, embotado y falto de nitidez.
(Pero es esencial que esa dependencia aparezca como autonomía y conciencia de sí. Así, si antiguamente las emisoras anunciaban los programas con la fórmula "Les vamos a ofrecer", como si los espectadores fueran meros receptores, ahora en cambio la fórmula es más bien "Les proponemos", que implica que serán ellos quienes tengan la última palabra. Algo coherente con la ideología del sistema, que es cada vez más la ideología de la autonomía. Pero examinemos más de cerca esas fórmulas. Mientras el que ofrece lo hace desinteresadamente -ofrece galletas y si su huésped se las come o no es cosa suya: él ya ha cumplido-, el que propone espera aún la decisión de su interlocutor, que todavía puede echarse indirectamente a su cuenta. Antes la televisión emitía su programa y honradamente se desentendía de lo que el espectador con él hiciera, ahora la propia decisión del espectador se coloca ya dentro del ámbito de planificación de la emisora. Todo es "personalizado", es decir, pegajoso y maternal, como de parvulario: que el espectador se tome en serio las tontaditas que le proporcionamos hasta el punto de hacer de ellas su libertad. Es, de nuevo, la superposición de espacios: que las decisiones del espectador en el espacio de su cuarto de estar estén dentro del espacio de lo que la emisora propone -"especialistas en ti".)
* Miguel Lizano es autor de los libros Heráclito o el decir siempre ya comenzado y Cómo han acabado los pedagogos con la enseñanza, ambos en vías de publicación, así como del trabajo "Paradoja y aporía en el símil de la caverna", incluido en Raúl Gutiérrez (ed.), Los símiles de la República VI-VII de Platón, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2003.
En Archipiélago puede leerse: "Más allá del límite. Esbozo fenomenológico sobre el miedo" (nº 46), "Materiales para la defensa de la Enseñanza media" (nº 38) y "¿Humanidades?" (nº 34-35).
Número de páginas: 3
imprimir


¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Jueves, 27 de Noviembre de 2008 14:19:16