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Archipiélago 60 Archipiélago

¿Qué es la televisión?

por Miguel Lizano
Archipiélago nº 60, abril 2004

Número de páginas: 3
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II. Una pegajosidad estructural.

Se entiende, pues, que los personajes de Quino se quedaran ante la televisión encantados, o más aún, "pegados" a ella. Antes hemos hecho depender la pegajosidad televisiva de la "historia" que la televisión nos cuenta, pero en los momentos en que no hay historia alguna que contar (sea porque el programa ha acabado o porque se interrumpe por un corte publicitario), ¿qué encontramos? Durante un par de segundos la pantalla es un campo de prácticas para los más estrafalarios caprichos de un diseñador audiovisual: ondulaciones, colorines, colgajos, burbujas, letras que hacen gimnasia en el vacío hasta combinar alguna palabra, con el acompañamiento de alguna música lánguida. Es lo que un amigo mío llama "un chafungue". Se diría que es un sonajero que el espectador ha de mirar encantado como un nene de teta: justamente cuando corría inminente riesgo de despegarse, la televisión hace un esfuerzo para encantarlo, para literalmente "pegarlo", sin distancia, a la pantalla: se hace toda ella pegajosidad.
Hay, pues, una pegajosidad previa a todo contar historias. ¿En qué consiste? ¿Qué nos dicen las evoluciones de esas ondulaciones y colorines? Que cualquier cosa se puede transformar en cualquier cosa -un jeroglífico egipcio en el monigote de la segunda cadena- ("principio de plasticidad"); que todo es plastilina, cualquier cosa es cualquier cosa, nada es nada; es decir: nada es de verdad distinto de nada, nada está separado de nada, todo es lo mismo ("principio de mezcla y confusión"). Así, todo da lo mismo, todo es pertinente: podíamos haber puesto otra cosa, hemos puesto esto porque tenemos personalidad ("principio de arbitrariedad o capricho"). Esos principios tienen carácter engañoso (repárese en que el principio de mezcla y confusión es expresamente incompatible con el principio de identidad; de ahí que no pueda funcionar más que llegando a algún compromiso con él, del mismo modo que la mentira tiene que tener algún elemento de verdad para no ser puro sinsentido). Pero más que un engaño son lo que hace posible cualquier engaño. El elemento o medio en el que están vigentes es el elemento del engaño: con tal aspecto nos aparece ahora la pegajosidad.
Hemos descubierto esos principios en los "chafungues", pero igualmente rigen en la publicidad: no hay anuncio en el que las cosas permanezcan hasta el final siendo lo que eran (el dinosaurio dibujado en el envase del yogur que comen los niños se transforma en uno "de verdad" que se pone a jugar con ellos, el envase de detergente en una hucha, etc.). Y rigen también en el elemento que cabe considerar como marca de "no publicidad": el monigote identificativo de emisora. Es un dibujito (una imagen), pero también un rótulo (una palabra): su principio de construcción es, como el de los "jeroglíficos", el principio de mezcla y confusión [ 5 ] . No debe extrañarnos si responde a la "personalidad" de un "creativo", es decir, al principio de capricho. En cuanto a su funcionamiento en la pantalla, sucede que uno está viendo, por ejemplo, la película, y tiene que ver, en esa misma habitación del saloon en la que hablan Gary Cooper y Katy Jurado, el inevitable monigote en color diciéndole sin parar que aquello lo está viendo en la primera cadena: todo va junto, todo es pertinente. Así, el monigote hace de guardián de la vigencia de esos principios: desaparece en la publicidad porque todo en ella es plasticidad.
Esa pegajosidad previa a todo contar historias está, pues, presente durante todo el tiempo de emisión. Y no podía ser de otro modo. Pues, si volvemos sobre el contenido de esos "chafungues" (ondulaciones, etc.), reconoceremos algo así como una imitación de aquella continua creación de formas nuevas en el fuego. Tocamos ahí el punto decisivo de paso del hogar a la televisión: no hay aún palabra hablada, pero ya hay palabra en el elemental sentido de que las figuras empiezan a ser identificables. Estamos en el momento inmediatamente posterior a la pérdida de la inocencia: el fuego acaba de absorber la palabra. Lo que eran formas evanescentes, sin perder del todo su plasticidad, adquieren una cierta y problemática identidad: ya no tenemos simplemente "es" ni "se transforma en", sino que esto se transforma en lo otro, en cualquier otra cosa: el detergente en hucha, por ejemplo. Ese fuego dice "A se convierte en B", "A es B": responde al principio de plasticidad: se ha convertido en el elemento del engaño. Así, la televisión es pegajosa -engañosa- por ser "fuego que habla". La pegajosidad ha de estar presente durante todo el tiempo de emisión porque es un rasgo implicado en la propia estructura de la televisión. Así, nuestra interpretación da razón de algo que, si hace unos años habría sido más difícil de percibir, a estas alturas es ya manifiesto, pues hoy es imposible ponerse ante un televisor encendido sin sentirse inmediatamente "pringado".
III. Una palabra de plastilina.

Así, el fuego se ha convertido en pringue al absorber la palabra que sonaba a su alrededor, y es esa palabra la que ahora nos devuelve, pero, naturalmente, desvirtuada, hecha plastilina o pringue, apta ya sólo para engañar. Ya en los monigotes identificativos de emisora hemos detectado la tendencia a hacer de la palabra figura moldeable: ella caracteriza todo el tratamiento televisivo de la palabra. Así, el habla corriente puede decir "crías de peces", que, a la menor, la televisión dirá, por ejemplo, "pezqueñines": tomará dos palabras, "pez" y "pequeñines" y, en vez de combinarlas por reglas gramaticales, como en "crías de peces" se combinan "crías" y "peces", las mezclará como mezcla el pintor colores sobre el lienzo. Con ello la limpia distancia que había en "crías de peces" se ha obturado: sólo queda guiño simpático, babosa sonrisa de complicidad no pertinente: sucia cercanía: pegajosidad. A la vez, la claridad de sentido ha desaparecido, pues, limpiamente oído, "pezqueñines" sólo es diminutivo de "pezqueños", que, fuera tal vez de "originarios de Pezca", no significa nada. Si la palabra es figura moldeable, su sentido se embota.
Al mismo embotamiento sirven los "sonsonetes" o entonaciones artificiales de los locutores. El otro día oí cómo uno de ellos leía lo siguiente: "La puerta de Santiago se llama así porque hubo un tiempo en que se salía por ella a la parroquia de Santiago Apóstol". Hay en ese texto unas articulaciones que la entonación debe respetar. Así, el texto no nos dice que la puerta de Santiago se llame así, sino que se llama así porque antiguamente se salía por ella a cierto lugar, ni nos dice que hubo un tiempo en que se salía por ella, sino que hubo un tiempo en que se salía por ella al mencionado lugar, etc. Pues bien, tal como el locutor lo leía, resultaba lo siguiente: "La puerta de Santiago se llama así. Porque hubo un tiempo en que se salía por ella. A la parroquia de Santiago Apóstol". Todas las articulaciones mencionadas quedaban deshechas: ahora sí que el texto decía todo lo que advertíamos que no podía decir. Así, articulada por donde no tiene articulación significativa posible, el habla queda convertida en una pasta amorfa, hecha plastilina. El espectador tiene que hacer un esfuerzo para entender, y a veces, entendiendo cada palabra, es incapaz de entender la frase entera, de modo que le es imposible enterarse de lo que se está diciendo. A veces se nos dice que la televisión sirve al conocimiento; el modo como trata aquello a lo que está encomendado poner de manifiesto las cosas, la palabra, muestra más bien que sirve para ocultar y confundir.
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NOTAS
  • [ 5 ] . Las letras adquieren carácter de cosas (así, el espacio vacío entre tres volúmenes es una A, por ejemplo), o siendo por aquí una letra son por allá otra, o siendo un número son a la vez letras, que a su vez pueden formar parte de una palabra, o siendo una cosa son a la vez su nombre, que a su vez es otro nombre homónimo (tres volúmenes son el numeral cardinal "tres", que a su vez es el nombre del signo numeral "3"), etc.

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