II. Una pegajosidad estructural.
Se entiende, pues, que los personajes de Quino se quedaran ante la televisión
encantados, o más aún, "pegados" a ella. Antes hemos
hecho depender la pegajosidad televisiva de la "historia" que
la televisión nos cuenta, pero en los momentos en que no hay historia
alguna que contar (sea porque el programa ha acabado o porque se interrumpe
por un corte publicitario), ¿qué encontramos? Durante un par
de segundos la pantalla es un campo de prácticas para los más
estrafalarios caprichos de un diseñador audiovisual: ondulaciones,
colorines, colgajos, burbujas, letras que hacen gimnasia en el vacío
hasta combinar alguna palabra, con el acompañamiento de alguna música
lánguida. Es lo que un amigo mío llama "un chafungue".
Se diría que es un sonajero que el espectador ha de mirar encantado
como un nene de teta: justamente cuando corría inminente riesgo de
despegarse, la televisión hace un esfuerzo para encantarlo, para
literalmente "pegarlo", sin distancia, a la pantalla: se hace
toda ella pegajosidad.
Hay, pues, una pegajosidad previa a todo contar historias. ¿En
qué consiste? ¿Qué nos dicen las evoluciones de esas
ondulaciones y colorines? Que cualquier cosa se puede transformar en cualquier
cosa -un jeroglífico egipcio en el monigote de la segunda cadena-
("principio de plasticidad"); que todo es plastilina, cualquier
cosa es cualquier cosa, nada es nada; es decir: nada es de verdad distinto
de nada, nada está separado de nada, todo es lo mismo ("principio
de mezcla y confusión"). Así, todo da lo mismo, todo
es pertinente: podíamos haber puesto otra cosa, hemos puesto esto
porque tenemos personalidad ("principio de arbitrariedad o capricho").
Esos principios tienen carácter engañoso (repárese
en que el principio de mezcla y confusión es expresamente incompatible
con el principio de identidad; de ahí que no pueda funcionar más
que llegando a algún compromiso con él, del mismo modo que
la mentira tiene que tener algún elemento de verdad para no ser puro
sinsentido). Pero más que un engaño son lo que hace posible
cualquier engaño. El elemento o medio en el que están vigentes
es el elemento del engaño: con tal aspecto nos aparece ahora la pegajosidad.
Hemos descubierto esos principios en los "chafungues", pero
igualmente rigen en la publicidad: no hay anuncio en el que las cosas permanezcan
hasta el final siendo lo que eran (el dinosaurio dibujado en el envase del
yogur que comen los niños se transforma en uno "de verdad"
que se pone a jugar con ellos, el envase de detergente en una hucha, etc.).
Y rigen también en el elemento que cabe considerar como marca de
"no publicidad": el monigote identificativo de emisora. Es un
dibujito (una imagen), pero también un rótulo (una palabra):
su principio de construcción es, como el de los "jeroglíficos",
el principio de mezcla y confusión
[ 5 ] . No debe extrañarnos si
responde a la "personalidad" de un "creativo", es decir,
al principio de capricho. En cuanto a su funcionamiento en la pantalla,
sucede que uno está viendo, por ejemplo, la película, y tiene
que ver, en esa misma habitación del
saloon en la que hablan
Gary Cooper y Katy Jurado, el inevitable monigote en color diciéndole
sin parar que aquello lo está viendo en la primera cadena: todo va
junto, todo es pertinente. Así, el monigote hace de guardián
de la vigencia de esos principios: desaparece en la publicidad porque todo
en ella es plasticidad.
Esa pegajosidad previa a todo contar historias está, pues, presente
durante todo el tiempo de emisión. Y no podía ser de otro
modo. Pues, si volvemos sobre el contenido de esos "chafungues"
(ondulaciones, etc.), reconoceremos algo así como una imitación
de aquella continua creación de formas nuevas en el fuego. Tocamos
ahí el punto decisivo de paso del hogar a la televisión: no
hay aún palabra hablada, pero ya hay palabra en el elemental sentido
de que las figuras empiezan a ser identificables. Estamos en el momento
inmediatamente posterior a la pérdida de la inocencia: el fuego acaba
de absorber la palabra. Lo que eran formas evanescentes, sin perder del
todo su plasticidad, adquieren una cierta y problemática identidad:
ya no tenemos simplemente "es" ni "se transforma en",
sino que esto se transforma en lo otro, en cualquier otra
cosa: el detergente en hucha, por ejemplo. Ese fuego dice "A se convierte
en B", "A es B": responde al principio de plasticidad: se
ha convertido en el elemento del engaño. Así, la televisión
es pegajosa -engañosa- por ser "fuego que habla". La pegajosidad
ha de estar presente durante todo el tiempo de emisión porque es
un rasgo implicado en la propia estructura de la televisión. Así,
nuestra interpretación da razón de algo que, si hace unos
años habría sido más difícil de percibir, a
estas alturas es ya manifiesto, pues hoy es imposible ponerse ante un televisor
encendido sin sentirse inmediatamente "pringado".
III. Una palabra de plastilina.
Así, el fuego se ha convertido en pringue al absorber la palabra
que sonaba a su alrededor, y es esa palabra la que ahora nos devuelve, pero,
naturalmente, desvirtuada, hecha plastilina o pringue, apta ya sólo
para engañar. Ya en los monigotes identificativos de emisora hemos
detectado la tendencia a hacer de la palabra figura moldeable: ella caracteriza
todo el tratamiento televisivo de la palabra. Así, el habla corriente
puede decir "crías de peces", que, a la menor, la televisión
dirá, por ejemplo, "pezqueñines": tomará
dos palabras, "pez" y "pequeñines" y, en vez
de combinarlas por reglas gramaticales, como en "crías de peces"
se combinan "crías" y "peces", las mezclará
como mezcla el pintor colores sobre el lienzo. Con ello la limpia distancia
que había en "crías de peces" se ha obturado: sólo
queda guiño simpático, babosa sonrisa de complicidad no pertinente:
sucia cercanía: pegajosidad. A la vez, la claridad de sentido ha
desaparecido, pues, limpiamente oído, "pezqueñines"
sólo es diminutivo de "pezqueños", que, fuera tal
vez de "originarios de Pezca", no significa nada. Si la palabra
es figura moldeable, su sentido se embota.
Al mismo embotamiento sirven los "sonsonetes" o entonaciones
artificiales de los locutores. El otro día oí cómo
uno de ellos leía lo siguiente: "La puerta de Santiago se llama
así porque hubo un tiempo en que se salía por ella a la parroquia
de Santiago Apóstol". Hay en ese texto unas articulaciones que
la entonación debe respetar. Así, el texto no nos dice que
la puerta de Santiago se llame así, sino que se llama así
porque antiguamente se salía por ella a cierto lugar, ni nos dice
que hubo un tiempo en que se salía por ella, sino que hubo un tiempo
en que se salía por ella al mencionado lugar, etc. Pues bien, tal
como el locutor lo leía, resultaba lo siguiente: "La puerta
de Santiago se llama así. Porque hubo un tiempo en que se salía
por ella. A la parroquia de Santiago Apóstol". Todas las articulaciones
mencionadas quedaban deshechas: ahora sí que el texto decía
todo lo que advertíamos que no podía decir. Así, articulada
por donde no tiene articulación significativa posible, el habla queda
convertida en una pasta amorfa, hecha plastilina. El espectador tiene que
hacer un esfuerzo para entender, y a veces, entendiendo cada palabra, es
incapaz de entender la frase entera, de modo que le es imposible enterarse
de lo que se está diciendo. A veces se nos dice que la televisión
sirve al conocimiento; el modo como trata aquello a lo que está encomendado
poner de manifiesto las cosas, la palabra, muestra más bien que sirve
para ocultar y confundir.