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Archipiélago 60 Archipiélago

¿Qué es la televisión?

por Miguel Lizano
Archipiélago nº 60, abril 2004

Número de páginas: 3
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I. De la televisión al fuego del hogar, y vuelta.

Hay una tira de Quino en la que a Mafalda, que está viendo la tele, se le acerca su madre: "Mafaldita, ¿no creés que ves demasiado la t...?", momento en que ella misma se queda absorta en la pantalla; ya las dos como encantadas, pregunta la niña: "¿Qué decías, mamá?", a lo que la madre responde apenas, creo recordar, con un lánguido gemido como de drogada ("¿Mmmmm?"). La televisión se caracteriza, al parecer, por una especie de poder hipnótico o de encantamiento. En semejante trance sería posible, aunque no lo diga Quino, que a la madre le aconteciera cualquier accidente doméstico.
El encantamiento es una mirada prendida de algo que de alguna manera "brilla", "resplandece", tiene de un modo especial "vida". Ese estar prendida la mirada da al encantamiento un cierto carácter de "rapto", de estar "fuera de sí" y no en lo que se está. Así, ese brillo y resplandor y esa vida suscitan el encantamiento cuando hacen que la mirada haya de contemplarlos como en "otro espacio". Por eso el paradigma de mirada encantada es la mirada perdida, que no se dirige a ninguna de las cosas que tiene físicamente a su alcance.
Entre todo el mobiliario del cuarto de estar es la televisión encendida el único mueble que hace resplandecer su superficie de figuras que se mueven como si estuvieran vivas: por un efecto de figura y fondo, los ojos se van por sí solos a ella; su resplandor congrega a la gente y la encanta. Si ahora preguntamos si no hay algo antinatural en colocar entre unos inocentes muebles semejante diablura, nos daremos cuenta de que algo así lo ha habido siempre: es el fuego del hogar.
El fuego del hogar era el elemento de la casa que, en cierto modo, tenía vida. Por eso congregaba a la familia a su rededor, atraía las miradas, encantaba. Su poder de encantamiento procedía de un resplandor y una vida que eran pura espontaneidad: creación de formas siempre nuevas, que perdían su identidad a cada momento. Así, ninguna acababa de ser la misma que sí misma, y cabía percibirlas, por aparente paradoja, como repetición de lo mismo. De ahí que el fuego fuera difícilmente capaz de cierto modo de "mantener pendiente": no lo podía tener a uno pendiente en el sentido en que una historia puede tener pendiente, pues en cualquier momento era posible apartar la vista, en la seguridad de que no se iba uno a perder nada distinto de lo que pudiera encontrar en otro momento. Por eso el encantamiento era en el fuego inocente: nadie tuvo un accidente doméstico por quedarse mirando el fuego.
Pero la razón de esa inocencia es más profunda. Pues, a todo esto, ¿cuál es el "otro espacio" desde el cual se ejerce? ¿No está el fuego ahí, en el hogar? Y, sin embargo, si no habitara otro espacio que ése no podría encantar mirada alguna. El fuego del hogar encantaba porque en ese "siempre lo mismo porque siempre otra cosa" que él era se evocaba nada menos que el propio nacer, surgir, brotar de las cosas: el propio aparecer, lo que los griegos llamaban phúsis [ 1 ] . Y el nacer de las cosas no está "ahí" en el mismo sentido que ese pepino: en cierto modo no está en ningún sitio. Por eso, desde el consabido espacio de las cosas, su evocación tiene que aparecer como situada en "otro" espacio. Y por eso ese encantamiento es inocente, pues en realidad el "otro" espacio desde el que surgía no estaba materialmente fuera del consabido espacio de las cosas: por mucho que lo usual sea no percibirlo, en el fondo las cosas están en ese nacer-surgir-brotar: no hay dos espacios, sino uno solo. Es natural, pues, que el encantamiento del fuego no causara accidentes domésticos: ¿por qué la evocación del nacer de las cosas iba a estorbarme el tratarlas adecuadamente?
La forma de encantamiento propia de la televisión es muy distinta. Mientras el fuego encendido no podría evitar generar figuras, la televisión encendida puede estar perfectamente "apagada", cuando la emisora no emite, o cuando no está sintonizada: ese brillo no es capaz de crear figura alguna. Las figuras en movimiento de la televisión han de ser expresamente diseñadas. Tienen una relativa estabilidad: la mirada puede identificarlas. Y eso significa que tienen nombre: aunque la televisión fuera muda, en ella estaría presente la palabra, pues sin palabra no hay identidad posible. Así, es natural que la televisión esté dotada de sonido y palabra. Así, puede tenernos pendientes de historias: el encantamiento ya no es "inocente": podría dar lugar a accidentes domésticos, podría tal vez adoctrinar.
Ahora nos damos cuenta de que la inocencia del fuego radica antes que nada en que su constante novedad le impide hacer afirmación alguna (no nos dice que A es B, ni que A se trasforma en B, sino a lo sumo que "es", o que "se trasforma en": algo sobremanera paradójico e inocente), le impide hablar. Sólo que, ¿estaba del todo ausente la palabra del encantamiento provocado por el fuego? Porque, si el fuego no contaba historia alguna él mismo, sí propiciaba que a su alrededor se contaran historias. Había ahí un fenómeno de inducción. Pues, justamente porque en él se ponía de manifiesto el nacer de las cosas, los reunidos a su alrededor comenzaban también ellos a tratar de reproducir con lo que más cerca tenían ese impulso a dar a luz: con palabras traían a la luz y hacían nacer nuevas cosas, y contaban historias [ 2 ] . Así, el fuego del hogar era inocente porque, justamente por ser "lo mismo" que la propia habla [ 3 ] , habría tenido que decirlo todo, y así no decía nada.
La televisión se caracteriza, en cambio, por una falta fundamental de inocencia: ella sí hace afirmaciones: nos dice que A es B, o que A se transforma en B. Así, en el paso del fuego del hogar a la televisión la pérdida de la inocencia se liga con la irrupción de la palabra, que viene a prestar identidad -nombre- a figuras que carecían de ella, y se expresa luego como palabra hablada o escrita. Pero entonces, si el modelo del fuego del hogar nos está sirviendo de algo, esa palabra que en la televisión se añade tiene que proceder de aquellas historias que antaño se contaban alrededor del hogar. Con ello tenemos respondida nuestra pregunta: la televisión sería un fuego del hogar que hubiera absorbido aquellas historias y ahora se encendiera con las historias ya puestas para verterlas sobre la muda concurrencia [ 4 ] . Así, esas series cómicas que vienen ya con las risas incorporadas, de manera que el espectador no tiene que poner ni eso, que ya el propio aparato se ríe sólo, no serían sino consecuentes con el impulso, estructural en el invento, a quitarle al usuario el habla con todos sus ingredientes.
Pero con esa respuesta, ¿no estamos violentando la historia? ¿Con qué derecho tomamos como punto de partida el fuego del hogar, cuando en la intención de sus inventores la televisión había de ser un "cine en casa" o una "radio con imagen"? El derecho nos lo da que aquí no estamos intentando describir la génesis de un invento, sino la estructura de un fenómeno social, y eso tiene una objetividad que se sustrae a toda eventual intención, incluyendo la de quienes contribuyeron a generarlo. La televisión tiene una magnitud de presencia social que no podrían haber soñado el cine ni la radio: tiene demasiado éxito como para no responder a algo que estaba ya presente desde siempre. De ahí lo natural que resulta el modelo del fuego del hogar.
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NOTAS
  • [ 1 ] . De ahí que para nombrar ese nacer, surgir, brotar pudiera Heráclito echar mano del nombre "fuego".
  • [ 2 ] . Cf. Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí, capítulo V, Madrid, Talleres Cíes, 1951 (Desde 1961 se ha publicado en la editorial Destino, en las colecciones "Áncora y Delfín").
  • [ 3 ] . Así, el mismo nacer, brotar y surgir al que Heráclito llama fuego lo llama también con el nombre de lógos: "habla".
  • [ 4 ] . Ello se confirmaría en cierto modo por la aproximada coincidencia en el tiempo entre el final de lo uno y el comienzo de lo otro, pero, como vamos a ver, no debemos esperar gran cosa de confirmaciones de ese estilo.

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