I. De la televisión al fuego del hogar, y vuelta.
Hay una tira de Quino en la que a Mafalda, que está viendo la
tele, se le acerca su madre: "Mafaldita, ¿no creés que
ves demasiado la t...?", momento en que ella misma se queda absorta
en la pantalla; ya las dos como encantadas, pregunta la niña: "¿Qué
decías, mamá?", a lo que la madre responde apenas, creo
recordar, con un lánguido gemido como de drogada ("¿Mmmmm?").
La televisión se caracteriza, al parecer, por una especie de poder
hipnótico o de encantamiento. En semejante trance sería posible,
aunque no lo diga Quino, que a la madre le aconteciera cualquier accidente
doméstico.
El encantamiento es una mirada prendida de algo que de alguna manera
"brilla", "resplandece", tiene de un modo especial "vida".
Ese estar prendida la mirada da al encantamiento un cierto carácter
de "rapto", de estar "fuera de sí" y no en lo
que se está. Así, ese brillo y resplandor y esa vida suscitan
el encantamiento cuando hacen que la mirada haya de contemplarlos como en
"otro espacio". Por eso el paradigma de mirada encantada es la
mirada perdida, que no se dirige a ninguna de las cosas que tiene físicamente
a su alcance.
Entre todo el mobiliario del cuarto de estar es la televisión
encendida el único mueble que hace resplandecer su superficie de
figuras que se mueven como si estuvieran vivas: por un efecto de figura
y fondo, los ojos se van por sí solos a ella; su resplandor congrega
a la gente y la encanta. Si ahora preguntamos si no hay algo antinatural
en colocar entre unos inocentes muebles semejante diablura, nos daremos
cuenta de que algo así lo ha habido siempre: es el fuego del hogar.
El fuego del hogar era el elemento de la casa que, en cierto modo, tenía
vida. Por eso congregaba a la familia a su rededor, atraía las miradas,
encantaba. Su poder de encantamiento procedía de un resplandor y
una vida que eran pura espontaneidad: creación de formas siempre
nuevas, que perdían su identidad a cada momento. Así, ninguna
acababa de ser la misma que sí misma, y cabía percibirlas,
por aparente paradoja, como repetición de lo mismo. De ahí
que el fuego fuera difícilmente capaz de cierto modo de "mantener
pendiente": no lo podía tener a uno pendiente en el sentido
en que una historia puede tener pendiente, pues en cualquier momento era
posible apartar la vista, en la seguridad de que no se iba uno a perder
nada distinto de lo que pudiera encontrar en otro momento. Por eso el encantamiento
era en el fuego inocente: nadie tuvo un accidente doméstico por quedarse
mirando el fuego.
Pero la razón de esa inocencia es más profunda. Pues, a
todo esto, ¿cuál es el "otro espacio" desde el cual
se ejerce? ¿No está el fuego ahí, en el hogar? Y, sin
embargo, si no habitara otro espacio que ése no podría encantar
mirada alguna. El fuego del hogar encantaba porque en ese "siempre
lo mismo porque siempre otra cosa" que él era se evocaba nada
menos que el propio nacer, surgir, brotar de las cosas: el propio aparecer,
lo que los griegos llamaban
phúsis [ 1 ] . Y el nacer de las cosas
no está "ahí" en el mismo sentido que ese pepino:
en cierto modo no está en ningún sitio. Por eso, desde el
consabido espacio de las cosas, su evocación tiene que aparecer como
situada en "otro" espacio. Y por eso ese encantamiento es inocente,
pues en realidad el "otro" espacio desde el que surgía
no estaba materialmente fuera del consabido espacio de las cosas: por mucho
que lo usual sea no percibirlo, en el fondo las cosas están en ese
nacer-surgir-brotar: no hay dos espacios, sino uno solo. Es natural, pues,
que el encantamiento del fuego no causara accidentes domésticos:
¿por qué la evocación del nacer de las cosas iba a
estorbarme el tratarlas adecuadamente?
La forma de encantamiento propia de la televisión es muy distinta.
Mientras el fuego encendido no podría evitar generar figuras, la
televisión encendida puede estar perfectamente "apagada",
cuando la emisora no emite, o cuando no está sintonizada: ese brillo
no es capaz de crear figura alguna. Las figuras en movimiento de la televisión
han de ser expresamente diseñadas. Tienen una relativa estabilidad:
la mirada puede identificarlas. Y eso significa que tienen nombre: aunque
la televisión fuera muda, en ella estaría presente la palabra,
pues sin palabra no hay identidad posible. Así, es natural que la
televisión esté dotada de sonido y palabra. Así, puede
tenernos pendientes de historias: el encantamiento ya no es "inocente":
podría dar lugar a accidentes domésticos, podría tal
vez adoctrinar.
Ahora nos damos cuenta de que la inocencia del fuego radica antes que
nada en que su constante novedad le impide hacer afirmación alguna
(no nos dice que A es B, ni que A se trasforma en B, sino a lo sumo que
"es", o que "se trasforma en": algo sobremanera paradójico
e inocente), le impide hablar. Sólo que, ¿estaba del todo
ausente la palabra del encantamiento provocado por el fuego? Porque, si
el fuego no contaba historia alguna él mismo, sí propiciaba
que a su alrededor se contaran historias. Había ahí un fenómeno
de inducción. Pues, justamente porque en él se ponía
de manifiesto el nacer de las cosas, los reunidos a su alrededor comenzaban
también ellos a tratar de reproducir con lo que más cerca
tenían ese impulso a dar a luz: con palabras traían a la luz
y hacían nacer nuevas cosas, y contaban historias
[ 2 ] . Así, el
fuego del hogar era inocente porque, justamente por ser "lo mismo"
que la propia habla
[ 3 ] , habría tenido que decirlo todo, y así
no decía nada.
La televisión se caracteriza, en cambio, por una falta fundamental
de inocencia: ella sí hace afirmaciones: nos dice que A es B, o que
A se transforma en B. Así, en el paso del fuego del hogar a la televisión
la pérdida de la inocencia se liga con la irrupción de la
palabra, que viene a prestar identidad -nombre- a figuras que carecían
de ella, y se expresa luego como palabra hablada o escrita. Pero entonces,
si el modelo del fuego del hogar nos está sirviendo de algo, esa
palabra que en la televisión se añade tiene que proceder de
aquellas historias que antaño se contaban alrededor del hogar. Con
ello tenemos respondida nuestra pregunta: la televisión sería
un fuego del hogar que hubiera absorbido aquellas historias y ahora se encendiera
con las historias ya puestas para verterlas sobre la muda concurrencia
[ 4 ] .
Así, esas series cómicas que vienen ya con las risas incorporadas,
de manera que el espectador no tiene que poner ni eso, que ya el propio
aparato se ríe sólo, no serían sino consecuentes con
el impulso, estructural en el invento, a quitarle al usuario el habla con
todos sus ingredientes.
Pero con esa respuesta, ¿no estamos violentando la historia? ¿Con
qué derecho tomamos como punto de partida el fuego del hogar, cuando
en la intención de sus inventores la televisión había
de ser un "cine en casa" o una "radio con imagen"? El
derecho nos lo da que aquí no estamos intentando describir la génesis
de un invento, sino la estructura de un fenómeno social, y eso tiene
una objetividad que se sustrae a toda eventual intención, incluyendo
la de quienes contribuyeron a generarlo. La televisión tiene una
magnitud de presencia social que no podrían haber soñado el
cine ni la radio: tiene demasiado éxito como para no responder a
algo que estaba ya presente desde siempre. De ahí lo natural que
resulta el modelo del fuego del hogar.