Ninguna coyuntura mejor que la actual, de crisis del pensamiento y del pensamiento progresista en particular, para revindicar por todo lo alto la obra de Santayana. Como ya había entendido María Zambrano, Jorge Santayana "es de esos muertos cuyas tumbas son a modo de surcos que recogen la semilla de donde renacerá la vida, de esos muertos que son alimento y raíz del futuro." La obra de este pensador materialista escéptico puede volver a crear justamente ahora las severas inquietudes que un día creó y a remover los cimientos de un progresismo demasiado obnubilado en su propia satisfacción, y el pensamiento de este hombre que supo mirar desde el margen, pero al centro y al meollo de las cosas, puede recuperar en nuestros días de desorientación y fáciles engatusamientos la posición central de la que injustamente le desalojó una época de obtuso engreimiento.
Jorge Ruiz de Santayana y Borrás fue el verdadero nombre, que aparece en su pasaporte y ahora en la lápida de su tumba romana, de George Santayana, del filósofo, poeta novelista, y crítico de la cultura. George Santayana es el autor de una singular obra filosófica y de una de las más interesantes autobiografías del siglo xx , artífice de unos treinta títulos, más decenas y decenas de artículos, sin dejar de lado los ocho volúmenes de cartas que todavía se están editando.
Nació el 16 de diciembre de 1863 en Madrid, en la Calle Ancha San Bernardo 69; se crió en Ávila y en Boston, vivió en Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, y murió el 26 de septiembre de 1952, en Roma, en una humilde celda del asilo regentado por las Monjas de la Pequeña Compañía de María, una orden católica irlandesa.
Vivió entre el mundo católico y el mundo protestante, con la actitud religiosa de un ateo que no dejó nunca de interesarse por los problemas morales que planteaba la Iglesia. De igual forma le interesaron las filosofías y los mundos literarios de la Grecia y la Roma antiguas, Platón, Aristóteles, Séneca, Marco Aurelio, Lucrecio o autores como Dante, Spinoza, Schopenhauer, o Goethe. Estudió el idealismo alemán en Berlín, a finales del siglo xix , y esta experiencia lo llevó a renegar áspera y proféticamente de esa filosofía y de todos los idealismos, según expresó en Egotismo en la filosofía alemana (1915).
Como escribió Ramón J. Sender en "Santayana o el hombre del margen", Santayana se puede incluso considerar el mejor representante de la Generación del 98: "Representa [...] fielmente el espíritu que se atribuye a esa famosa generación a la cual parecen ir adscritos el escepticismo en religión, el pesimismo en política y una especie de fría desesperanza en su idea moral del hombre." Este hombre del margen encarnó todas las contradicciones de su época en el pensamiento y en la acción estando a un lado, perplejo.
Hoy en España la cuesta del olvido se ha dejado atrás; la atención de las editoriales a la obra de nuestro autor se mantiene despierta, después de la escasa atención y las exiguas traducciones del pasado. La mayoría de las traducciones se debía hasta hace poco a editoriales hispanoamericanas, donde no hubo esa resistencia hacia Santayana que en cambio sí que se dio en España, como indicó Eugenio d'Ors en el año 1921 en El nuevo glosario (Madrid, Caro Regio, 1923, p. 249) o se preguntó Pedro Henríquez Ureña en la primera publicación en lengua española que menciona a Santayana: "¿Por qué España, que con tanto empeño aspira a tener filósofos, no se entera de quién es Santayana?" ( Índice , nº 1, 1921, p. 4).
El primer artículo sobre Santayana de cierta entidad que se publicó en España lo escribió Antonio Marichalar, un orteguiano y traductor del inglés. Apareció en la Revista de Occidente, en 1924, con el título "El español-inglés George Santayana". En los años 30, cuando ya Santayana dejó de viajar fuera de Italia, la Revista de Occidente de Ortega y Gasset y Cruz y Raya de José Bergamín contribuyeron a la difusión de la obra del filósofo respectivamente con "Largo rodeo hacia el Nirvana", "Religión última" y el "Prólogo de Los Reinos del ser ". Entre tanto, en todos los países anglosajones, su obra había llegado a un prestigio y estima reconocidos por todos. Baste recordar la nota necrológica de la revista Time a su muerte, que decía de él que era uno de los tres hombres más eminentes de Occidente, junto con Benedetto Croce y Bertrand Russell. Después, y sobre todo a medida que un progresismo de vía estrecha se convertía en árbitro cultural, fue sumergido en el agravio del olvido en España, en Estados Unidos, y aún peor en Italia, donde sigue su cuerpo estando sepultado en el cementerio de Campo Verano en Roma, y su obra enterrada en el olvido de todas las editoriales. Sólo en Hispanoamérica se seguían traduciendo sus libros por exiliados españoles: en 1940 Ricardo Baeza preparó la traducción de El último puritano para la Editorial Sudamericana; en 1942 Vicente P. Quintero, la de El egotismo de la filosofía alemana para la editorial Imán, y en 1943 José Ferrater Mora la de Los tres poetas filósofos.
A partir de los años 50 y hasta los 70, en ambas orillas del océano, Santayana fue victima de polémicas, de fáciles e injustos juicios históricos por parte de una época que prefería identificar -como sugiere María Zambrano en "El español Jorge Santayana" que aquí rescatamos- la filosofía con la creación de grandes sistemas, de escaso calado en la tradición española que, en cambio, "ha vertido su pensamiento en el modo humilde de la meditación".
Fue una época que miró con desconfianza y desconocimiento todos los pensamientos que se apartasen de las filosofías idealistas, utilitaristas, pragmatistas. Al pensamiento progresista le cabe el resto en este injusto olvido, que de hecho miró con recelo a un escritor poliédrico y de difícil clasificación como Santayana que, con su pensamiento, propugnaba un diálogo con las tradiciones filosóficas del pasado, manteniendo siempre los polos en tensión. Combatió cualquier forma de poder, de dogmatismo y de fanatismo en el pensamiento, que caracterizó tanto a la Europa de los totalitarismos como a la América democrática.