Hay géneros literarios que están en deuda con sus estudiosos. Es el caso de la autobiografía con Philippe Lejeune. Seguramente nadie ha dedicado tanto tiempo, tanta energía y tanto entusiasmo a la lectura y al estudio de la escritura autobiográfica, primero en sus manifestaciones literarias más notables (Rousseau, Sartre, Gide, Leiris...), luego como práctica habitual de gente corriente que necesita escribir su vida, buscar su posible verdad, dejar una huella. De ahí la fundación en 1992 de la Association pour l'autobiographie ( apa ) en el pueblo de Ambérieu-en-Bugey. Racionalista, analítico, innovador y apasionado, Lejeune tiene muy poco de académico al uso. Su estilo argumentativo es ágil, directo, y brillante. No rehúye la confesión personal, revisa de manera autocrítica sus posiciones iniciales, declara sus dudas epistemológicas, pero ello no le arredra a la hora de proponer definiciones ni de tomar partido en defensa de la autobiografía como discurso comprometido con la búsqueda y la creación de una verdad sobre uno mismo. Se le ha acusado de rigidez normativa, simplificando a veces hasta la caricatura la riqueza de sus teorías. Afín a las aportaciones de Benveniste, Jakobson o Gérard Genette, sensible a las ideas de Foucault, Bourdieu y Paul Ricoeur, y declaradamente ajeno a los presupuestos críticos de Paul de Man o de Jacques Derrida, la obra de Lejeune sigue siendo una referencia insoslayable para quienes nos adentramos en el territorio siempre extraño y aún indómito de la escritura del yo.