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Archipiélago 68 Archipiélago

Turismo: la mirada caníbal

por Santiago Alba Rico
Archipiélago nº 68, Noviembre 2005

Número de páginas: 4
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7. La mirada turística, finalmente, transporta también una triste e infantil experiencia de comunidad. La mayoría de edad kantiana de la Ilustración revela todo su fracaso en la figura del turista que se deja divertir y que es arreado, conducido, guiado, disfrazado, tatuado, alimentado en grupo . Espectáculo de los espectadores reunidos, ninguna imagen de la inmadurez nihilista es más elocuente que la de 1.500 turistas acarreados en autobús hasta un solitario café del desierto, bajados casi a latigazos, vestidos en cadena con chilabas a rayas, como prisioneros de Lager , montados en 1.500 camellos y llevados de las riendas a un tenderete para que compren bolsitas con la misma arena del Sáhara que están pisando con sus propios pies ("¡cómo no comprar muy barato lo que podría salirnos gratis!"). En otro sitio he llamado la atención sobre el parentesco entre el parque temático y el campo de concentración, como máxima corrupción del "gusto" en el imperio del ello establecido por el mercado [ 6 ] . Lo más terrible es que esta minoría de edad del turista que considera infantiles a los nativos constituye la verdadera satisfacción del viajero industrial. Horarios cuarteleros, comidas en común, solidaridades frente al tour-leader , traslados en masa, uniformes, penalización de las conductas asociales, la experiencia del turista tiene la intensidad central, compensatoria y delatadora de la miseria social del consumidor occidental, de un regreso a la mili ; y de vuelta a la soledad del ello cotidiano, caníbal solitario de televisión y supermercado, del viaje a Egipto no recordará ni las pirámides ni la esfinge ni el bellísimo Nilo, sino únicamente, y con dolorosísima nostalgia, la felicidad de grupo , sombra diminuta y pueril de esa comunidad política y social perdida para siempre -o pervertida- en las metrópolis capitalistas.
La mirada turística, en cualquier caso, no es más que la mirada normal de un hombre que ya no discierne entre una guerra y una olimpiada, que monumentaliza la ocupación de Iraq -asumida y emocionante como el Coliseo de Roma o las ruinas de Palenque- y que con maravillosa ingenuidad se hace fotografiar no sólo ante la mezquita de Suleiman o los restos de Babilonia, sino también sobre el cadáver del prisionero al que acaba de torturar hasta la muerte. Este hombre que fotografía fotografías, y que se desplaza con agencias de viaje o con ejércitos, tiene que poder llegar a su destino y encontrar lo que busca. El que va a buscar trabajo, en patera o en furgón de ganado, no. De ése precisamente se ocupan las cámaras fotográficas y las mirillas de los tanques.
El amargo ingenio de un amigo proponía que la comunidad internacional firmase un -así llamado- Protocolo de Quieto, en virtud del cual se concedería a todos los hombres por igual un cupo de movilidad con un máximo de kilómetros a recorrer en el curso de una vida. Los viajes turísticos descontarían el doble de kilómetros mientras que no se registrarían las visitas a amigos, los desplazamientos solidarios, las estancias de trabajo o las becas de estudios, según el principio general de que sólo debería salir de su país el que tuviese algo que enseñar o algo que aprender. La idea sirve sobre todo para revelar irónicamente las destructivas consecuencias, ecológicas, económicas, políticas y sociales, de esta invasión de caníbales mirones que pasean libremente por el mundo su egolatría industrial. En otro mundo posible quizás se percibiría la necesidad y sensatez de esta propuesta. De momento nos conformaríamos con que pusiéramos del revés -para dejarlas del derecho- nuestras cabezas y comprendiéramos hasta qué punto es absurdo -y no normal-, contrario al sentido común y al buen juicio -y no lógico y natural- el que todo un país se organice para recibir alborozado a un blanco que quiere fotografiar se delante de la pirámide de Kéops mientras que todo un país se organiza para tirotear y apalear en una valla a un negro que quiere construir una casa.
* Santiago Alba Rico es autor de Galería de gente victoriosa (Valencia, Soroll, 2003), Torres más altas (Valencia, Numa, 2003), La ciudad intangible. Ensayos sobre el fin del neolítico (Fuenterrabía, Hiru, 2001) y Las reglas del caos (Barcelona, Anagrama, 1995). En Archipiélago puede leerse "Astucia y racismo" (nº 15), "Chesterton: la revuelta del hombre común" (nº 56), "Televisión: cinco ilusiones y una propuesta" (nº 60), "Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos)" (nº 65) y "Los intelectuales y la política: de vuelta a la realidad". Sobre Chesterton, puede leerse también su prólogo a La taberna errante (Madrid, Acuarela Libros, 2004) "Defensa del sedentarismo andante" (http://www.sindominio.net/biblioweb/pensamiento/prologochest.html).
© Santiago Alba Rico, 2005. Este artículo ha sido publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-NoComercial SinObraDerivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.
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NOTAS
  • [ 6 ]

    Santiago Alba Rico, "Cultura y nihilismo: la insostenibilidad del hombre", art. cit.


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