Como escribía hace doce años en estas mismas páginas, "turismo y emigración constituyen dos formas diferentes de desplazamiento
político en el espacio"
[ 3 ] . La figura del "turista", en efecto, sólo puede comprenderse a la luz de la del "inmigrante", como su reverso y su denuncia, en el cruce de dos flujos desiguales, uno ascendente y otro descendente, que reproduce la explotación económica a nivel planetario y legitima ideológica, antropológica y psicológicamente una relación neocolonial a nivel local. Blancos, negros, mujeres, hombres, ricos, pobres, en algún sentido el mundo se divide en realidad en "turistas" e "inmigrantes", de manera que estas dos categorías modelan y agotan todas las posibilidades de relación subjetiva entre los hombres: los "turistas" lo son en sus propias ciudades, antes y después de sus vacaciones, y los "inmigrantes" lo son desde su nacimiento, en sus propios países, con independencia de que crucen o no las fronteras de Occidente. Así, los "turistas" visitan a los "inmigrantes" en Egipto o Senegal, adonde trasladan sus vallas melillenses y sus medidas restrictivas (hoteles de alta seguridad, programas blindados, restaurantes vedados a los habitantes locales) desde las que contemplan, más que esfinges, pirámides y paisajes de ensueño, su propia superioridad y la inferioridad de los nativos. Que la potencia estructural de estas categorías conduce de algún modo a la ontologización racial de los dos términos, con la consiguiente estandarización del conocimiento y retroalimentación de las conductas, lo demuestra el hecho de que para los "turistas"
todos los nativos son iguales (ingenuos, astutos, interesados, simples, sexualmente amenazadores) y para los "inmigrantes", a su vez,
todos los turistas son iguales (ricos, envidiables, displicentes, ignorantes, un poco infantiles, lícitamente explotables). La cristalización racial de los intercambios, que impide o dificulta las relaciones parasociológicas (individuales o políticas), hace perfectamente aplicables al vínculo turista-inmigrante, algunas décadas más tarde, los análisis de Frantz Fanon, Fernández-Retamar o Edward Said sobre la construcción de una subjetividad colonial y de una objetividad interesada. Por eso, más allá de la devastación económica y ecológica que lo acompaña, no puede haber y no puede defenderse ningún modelo de turismo racional o sostenible, y, en un mundo regido realmente por la justicia económica, la libertad individual y la soberanía estatal, el sentido común impondría la lógica inversa a la que -absurda, inhumana y destructivamente- impone el capitalismo, es decir, liberalización de la inmigración y regulación y restricción muy severa del turismo.
La dirección del desplazamiento, el medio de transporte y la recepción en destino determinan estructuralmente la autoestima del viajero y su percepción del otro. Desde el tren de aterrizaje del avión de Sabena, Yaguine Koita y Fodé Tounkana consideraban al matrimonio Walker "grandes personajes a quienes debemos mucho respeto", los cuales, por su parte, arrellanados en sus asientos de clase turista, contemplaban Malawi como un lugar que se debía dejar ordenar a los ingleses para su mayor comodidad. La empresa colonial europea tan encarecida por Fernando VII como una benemérita obra de civilización empleó, por este orden, a guerreros , misioneros y mercaderes , a los que se añadieron, a partir de los años 50 del siglo xx , los turistas , que viajaban, cada vez más masivamente, en la misma dirección y eran como una prolongación de estos tres elementos, todavía activos, con los que compartían y comparten el mismo derecho a dominar el mundo con la mirada . Toda la satisfacción pomposa del turista, su sensación de invulnerabilidad, su desprecio tranquilo y paternalista por el otro, su aceptación de una distribución de papeles que le favorece, proa individual de un poder impersonal -un tanque, un pasaporte, la rúbrica del Banco Europeo- que ha olvidado y que ni siquiera ha elegido, toma cuerpo y se confirma en una mirada panorámica y caníbal; una mirada para la que toda visión es un objeto derrocado o, lo que es lo mismo, la imagen anterior a la próxima imagen encuadrada rápidamente en la ventanilla del autobús o en el objetivo de la cámara, mediante los cuales seguimos viendo todo -por muy lejos que vayamos- en la pantalla de la televisión. Esta forma de mirar, que define al turista, define de algún modo también el objeto de su mirada y puede resumirse rápidamente en algunos rasgos esenciales.
1. La primera ilusión del turista es, en efecto, la del movimiento. Al contrario que el inmigrante, el turista permanece siempre en el mismo sitio mientras se le van pasando las imágenes que verá, de vuelta a casa, desde su sillón. En realidad, va viendo por adelantado las fotos del viaje y está siempre, en consecuencia, en el lugar desde el que las verá a su regreso. Al mismo tiempo, en Túnez, en Estambul, en Tombuctú, en Bombay, en Cancún, el turista se traslada sólo de un no-lugar a otro -los mismos aeropuertos, la misma cadena hotelera, los mismos autobuses, los mismos servicios indiscernibles de la misma agencia: uno puede dar la vuelta al mundo sin salir jamás del Sheraton ("fuera es El Cairo, dentro el Sheraton", decía una famosa publicidad). Si "inmigrante" es el hombre que nunca ha estado en su propio país y por lo tanto tampoco puede volver, "turista" es paradójicamente el que no ha salido nunca de él.
2. Inseparable de esta ilusión de movimiento, es la de
singularidad : "tenga usted, como todos, una experiencia exclusiva". El turismo de masas, acuñador de una mirada homogénea entregada al consumo industrial de paisajes, monumentos y cuerpos, alimenta la paradoja de una generalización del elitismo: los turistas son todos
igualmente superiores , son todos indiscerniblemente
únicos , lo que sólo es posible, en cualquier caso, frente a una totalidad inferior (la de los "inmigrantes" locales que les sirven, al mismo tiempo, de contraste y de decorado). Cuanto más común y pastosa es la experiencia, cuanto más se parece la memoria del viaje al catálogo de la agencia que vimos antes de partir, cuanto menos se distingue de la del compañero de autobús o de barco, más se afirma un yo tautológico y vacío que se indica a sí mismo como el único contenido individual de la aventura. Las pirámides, el Taj Mahal, los niños nativos constituyen el fondo indiferente, repetido, pintado, sobre el que se suceden los cuerpos singulares retratados en las fotografías y de hecho lo que diferencia a
esas pirámides de las del compañero de viaje es que sólo en
ésas aparezco
yo . El turista es el que
tapa las cosas, el que siempre da la espalda a la catarata o al templo: "yo delante del Partenón", "Chus y yo en la fiesta beduina", "el guía y yo en Sakkara". Internet ha permitido, por lo demás, multiplicar esta ilusión de exclusividad vacía, bombear esta "inflación de egos estereotipados" (como la he llamado en otra parte
[ 4 ] ) y hay decenas de páginas
web en las que los turistas "cuelgan" las fotografías de su viaje -el yo en la época de su reproductibilidad técnica- con algunos consejos que nutren el circuito cerrado de los errores y clichés y confirman la triste posición yacente de los países visitados.