"La institución matrimonial", esgrime como último argumento el documento de la Conferencia Episcopal, posee "toda la belleza propia del verdadero amor humano", pero ni siquiera esa apelación a la gracia del amor como argumento para impedir el matrimonio homosexual es sostenible ni defendible: el amor puro, el amor que se tiene a sí mismo por objetivo único, que se basta a sí mismo e ignora cualquier otro fin, es en sí mismo transgresor, infractor, porque desafía, precisamente, al amor burgués, al amor normal, al amor conveniente, socialmente sancionado, enemigo del amor
fou , del amor sin control que no se somete a los imperativos de la reproducción, ni biológica ni social, suerte de impiedad o apostasía doble que se opone a reducir el amor, precisamente, a una modalidad benéfica de convivencia, provechosa para la sociedad en su conjunto. El amor que retrata la Iglesia y que sanciona positivamente es el amor de Mme. Dambreuse, en la
Educación sentimental [ 5 ] , el amor acomodado, mujer de banquero cuya relación con el protagonista de la obra, Frederic, estaba basada, precisamente, en las posibilidades de ascenso social que prometía más que en la fuerza soberana del amor, amor mercenario por tanto condenado al fracaso. Si el amor homosexual es sospechoso es porque incumple sistemáticamente los preceptos de reproducción biológica y en buena medida social -aun cuando no quepa ignorar que la rutina y el hábito pueden hacer la misma mella en esas relaciones que en las relaciones heterosexuales- y no puede participar, en consecuencia, en "toda la belleza propia del verdadero amor humano", mejor sería decir en el proceso de reproducción biológica y social de una condición generalmente considerada como honorable.
La Iglesia, qué duda cabe, realiza históricamente, sigue haciéndolo hoy, un trabajo de constante consolidación y reproducción de sus fundamentos simbólicos, sacralizando y estigmatizando, simultáneamente, lo que no quepa en la categoría de lo santificable, lo que no participe, en este caso, del "valor sagrado de todo matrimonio verdadero", sea lo que sea el matrimonio y la familia verdaderos
[ 6 ] .
Pero esa labor de transmisión, consolidación y reproducción de símbolos, valores, patrones y relaciones no se realiza, solamente, a través de la Iglesia y sus comunicados más o menos beligerantes. El Estado y la institución a través de la cual se transmiten valores y convicciones básicos, la Escuela, son responsables de la inculcación de modelos y pautas, de imágenes posibles e imposibles -la de dos hombres juntos, por ejemplo-, la de posibilidades imaginables o inimaginables -la de un niño con padres homosexuales atendido y cuidado igual o más que entre padres heterosexuales, con menor riesgo, según muestran los estudios, de padecer abusos o maltratos diversos al no existir en la pareja roles claramente definidos entre dominador y sumiso
[ 7 ] . Si la democracia contemporánea tiene su cimiento en la laicidad como rechazo consciente de las coartadas teocráticas y de los símbolos que las sostienen, es natural que, aun cuando ampare la misma existencia de las creencias y las prácticas religiosas en un espacio de convivencia y mutuo respeto, promueva, por eso mismo, el rechazo de los símbolos que las patrocinen o respalden, el rechazo de cualquier forma de naturalización de lo arbitrario y de cualquier modalidad de discriminación que de ahí pueda derivarse. No se trata de una forma velada de chauvinismo de lo universal que quiera imponer mediante la fuerza altamente persuasiva del Estado lo universal, sino, más bien, de asegurar a todos -heterosexuales y homosexuales- la existencia de un espacio desprovisto de marcas y distintivos que asegure sus existencias respectivas, que salvaguarde por igual sus derechos y obligue por igual a asumir ciertas responsabilidades. La igualdad de los derechos civiles y su promoción y defensa son, por eso, irrenunciables
[ 8 ] , y dentro de esa esfera caen, claramente, los derechos al matrimonio y a la adopción de las parejas homosexuales, y no cabe utilizar "razones de tipo jurídico"
[ 9 ] , como hace la Conferencia Episcopal, para tachar de "ficción legal" a lo que es legalmente ineludible, porque los derechos seguirán siendo ficticios, eso sí, hasta que no se hagan reales.
Si no fuera natural casarse y adoptar hijos, sea cual fuere la orientación sexual de la pareja que lo hiciera, desde luego debería ser artificial, es decir, deberían redactarse y aprobarse leyes dentro del Código Civil que, como todas las leyes humanas, nos proporcionaran un marco justo de convivencia en igualdad. Es justo y necesario.
* Joaquín Rodríguez es autor del libro Pierre Bourdieu. Sociología y subversión publicado por la editorial La Piqueta (Madrid, 2002). Además de artículos en revistas como Le Monde Diplomatique o El Viejo Topo , en Archipiélago ha publicado "Desvelar el velo" (nº 60), "Decálogo del periodista de TV en relación con la guerra" (nº 56) "El copyright y el premio Nobel" (nº 55), "La última lección" (nº 51) y "El futuro del pasado. Notas sobre la sociología de la vejez" (nº 44).