Es justo y necesario recordar a la Conferencia Episcopal que no hay nada de natural ni menos aún de obvio en que el matrimonio deba y pueda ser contraído, únicamente, por personas de diverso sexo, una mujer y un varón, como se asegura en la
Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española: en favor del verdadero matrimonio [ 1 ] , a no ser, claro, que se quiera hacer de un arbitrario cultural un principio de división y clasificación natural o a no ser, también, que se pretenda transformar la historia circunstancial en naturaleza inamovible. A estas alturas de la investigación sociológica hay cosas que no se pueden ignorar a no ser, claro está, que su conocimiento ponga en peligro la reproducción de un determinado orden simbólico, de un determinado orden de las cosas: la causa principal de la diferenciación sexual no es biológica, por mucho que las diferencias en las apariencias físicas puedan hacerlo creer o sentir, sino sociológica, porque, tal como ocurre con cualquier forma de organización social primigenia, las desigualdades de origen social -el enfrentamiento y competencia entre géneros- pretenden hacerse pasar por diferencias de origen natural -la desigual conformación física y anímica-, juego de alquimia social bien conocido que hace que una construcción social se transmute hasta tal punto que parezca natural, se naturalice y, en ese recorrido, se invierta la causalidad hasta perder de vista cuál es el verdadero origen arbitrario de la diferencia.
Cuando, en consecuencia, se reclama, por recordar el androcéntrico comunicado episcopal, que "los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la
realidad antropológica de la diferencia sexual" y que "tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón", es necesario poner de manifiesto, desvelar, que no existe tal
realidad antropológica más que a condición de borrar las huellas de lo que esa supuesta
realidad debe al esfuerzo por biologizar o naturalizar sus antecedentes sociales, al esfuerzo por imponer una definición legítima de las diferencias sexuales y sus usos respectivos anclada en una incuestionable biologización o naturalización de lo social. De esa manera han funcionado siempre, y siguen haciéndolo, todas las sociedades y todas las instituciones sociales donde impera un principio estrictamente androcéntrico
[ 2 ] de organización, de visión y de división de las cosas, de forma que no puede ser casualidad, dicho sea de paso, que en la Iglesia prevalezca de manera rígida e incuestionable una visión estrictamente masculina de la realidad, en la que no cabe equiparación de derechos respecto a las mujeres (tampoco respecto a los homosexuales, claro, vertiente feminizada del hombre).
Siendo esto así, no puede sorprender que el colofón de la declaración episcopal reclame que "a dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas" porque se trata de un "derecho inexistente", de una forma de equidad impensable para las estructuras simbólicas cerrilmente elementales del inconsciente androcéntrico de la Iglesia católica: todo llama en el pensamiento católico a una elemental mitología mediterránea basada en pares opuestos bien conocidos (hombre-mujer; activo-pasivo; atrevido-sumiso; fuera-dentro; derecha-izquierda; alto-bajo; duro-blando, etc.) que se utilizan y manejan de manera constante para consolidar y reproducir tercamente un orden determinado de la realidad, para imponer y extender una visión legítima de las cosas y su orden, en este caso de la "radical" ilegitimidad de que no sean dos pares contrarios quienes reclamen la unión sino dos pares idénticos, forma de herejía simbólica calificada como "novedad inaudita" de "gran gravedad social". No es sólo que los hombres y las mujeres no quieran ya acomodarse, por muchas llamadas de atención que se les profieran, a sus supuestas identidades correspondientes, sino que hay quienes osan transgredir la horma misma demoliendo el edificio sobre el que se fundamenta una institución, y eso no puede ser otra cosa que "vicio" y defecto, y en gran medida debería aceptarse que así es, porque vicio es sinónimo de perversión, es decir, de inversión y subversión del orden establecido. La reclamación del matrimonio civil para las parejas homosexuales es, qué duda cabe, transgresora y contraventora, y así debe ser y así debe reconocerse en la medida en que es capaz de proponer un orden alternativo al conocido durante siglos, al orden androcéntrico. La demanda es, también, paradójica, porque no deja de ser en cierta medida conservadora, al reclamar el derecho a formar parte de una institución por otra parte decadente y en buena medida caduca.
La polémica relacionada con la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales participa, igualmente, de principios simbólicos incuestionados. Si no existe, aparentemente, rastro empírico alguno de diferencias de desarrollo y maduración entre los niños acogidos y educados en unos y otros hogares
[ 3 ] , es que a la Iglesia católica le parece intolerable que el niño o la niña no conozca ni reconozca la dualidad mitológica del hombre y la mujer sobre la que se fundamenta su orden simbólico, por más que eso se exprese en el lenguaje pseudo-objetivo de una ciencia inexistente: "el bien superior de los niños exige" que no sean "adoptados por uniones de personas del mismo sexo"
[ 4 ] ya que "no podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio", falacia que recurre de nuevo a la antropología para intentar hacer pasar por naturalmente inamovible y por tanto necesario -las diferencias sexuales-lo que no son sino diferencias sociales previas que se incorporan en forma de principios de visión y división de las cosas, tanto más "naturales" cuanto más inconscientes son. Lo que es sin duda cierto es que la fuente primordial del problema está antropológicamente radicada: la semejanza sexual de los padres puede que no dé opción a que el niño realice distinciones cognitivas históricamente habituales, pero ese hecho, en sí mismo considerado, no cabe que se evalúe como pernicioso o perjudicial sino, en buena medida, emancipador, porque puede conducir a que las nuevas generaciones de jóvenes despojen las relaciones entre hombres y mujeres del aplastante deber de exhibición y ostentación masculino. La Conferencia Episcopal, esta vez con tino, arguye que esta posibilidad podría influir "sobre la mente de las personas", pero se trata precisamente de eso, de emanciparlas.