La intelectualidad repetitiva se presenta hoy en nuestras sociedades bajo sus antiguos auspicios: los de las religiones del Libro o, más exactamente, de los Libros. Ya no sería preciso aprender de forma individual, como afirma la intelectualidad afirmativa, ni mediante libros y ejercicios, como sostiene la intelectualidad operativa. Se aprendería, en el mejor de los casos, mediante la escucha de la palabra del representante del Profeta, del Hijo de Dios o de cualquier otro predicador. La intelectualidad repetitiva retorna a sus orígenes: un texto sagrado, salmodiado, copiado y vuelto a copiar, del que se espera la solución a todas las situaciones y que en la práctica las esconde, sobre todo bajo analogías pero, también, tras unas imágenes cuyo devenir es a veces sanguinario.
La intelectualidad repetitiva puede adoptar también la imagen del triángulo familiar o de cualquier otro esquema de interpretación machacado por la repetición mediática hasta convertirlo en la única imagen de entrada en la realidad, en una suerte de llave universal captadora de todo lo que pasa e incapaz de tratar el acontecimiento a no ser como confirmación o amenaza. La representación política puede ser modelada por los media hasta tal punto que alcance ese grado de repetición, de déjà vu ; la copresencia en la sociedad de otras formas de intelectualidad puede desencadenar entonces fenómenos, de disociación primero y de afirmación después, que vuelvan a transformar la fisonomía del espacio público.
La intelectualidad afirmativa
El descubrimiento histórico de nuevas herramientas técnicas de reproducción del pensamiento, sin duda alentado por el deseo de facilitar su repetición, dio paso a un espíritu de duda, de confrontación, de verificación, que caracteriza a la modernidad. El primer texto impreso es la Biblia: las familias, los individuos, van a poder leerla solos, sin la mediación de ninguna persona autorizada para transmitírsela y para guiar sus comentarios. El protestantismo siembra el individualismo en el mundo y hace que la escuela sea obligatoria como lugar de aprendizaje individual de las técnicas de representación y de transformación del mundo. Al escribirse, los espectáculos dejan de repetir caracteres para erigir personajes y, más tarde, los caracteres mismos se convierten en retratos. El movimiento de individualización penetra todo lo representativo, que ya no es sólo repetición sino también creación, desplazamiento, producción de un mundo de imágenes y textos que especulan partiendo de la realidad, a la que también se ha incorporado la producción textual.
La figura del intelectual moderno nace en Francia a comienzos del siglo xvii con la ironía del Discurso de la servidumbre voluntaria , un texto de La Boetie, o la distancia con respecto a la Corte que se manifiesta en obras como la de Montaigne, Descartes o Pascal. El hombre de letras reflexiona sobre la situación presente y su espejo no devuelve en absoluto una representación de la misma, sino, más bien, unas máximas relativas a los caminos que hay que seguir con la esperanza de una dilucidación. Vana esperanza, puesto que esos caminos no son idénticos, sino propios de cada pensador o artista. Es el comienzo de la fragmentación del mundo del espíritu.
La individuación de la escritura, las controversias entre el escritor o el artista y sus semejantes, la necesidad de percibir una remuneración por parte de quienes han hecho de la escritura, de la investigación o de la creación su profesión, hacen felices a las publicaciones, para las que una firma acreditada es por sí sola un acontecimiento. El mercado de la edición o del arte se organiza con su centro y sus periferias, sus escalas de valores, sus rivalidades. La originalidad de las ideas, unida a una pluma de belleza clásica, se convierte en el valor paradójico más seguro. La universidad continúa en manos de la iglesia, pero alejada de esas justas. Es cierto que la época de la Ilustración es la del triunfo del intelectual como autor, pero un triunfo del que Jürgen Habermas ha demostrado cuán deudor es de aquellos espacios de socialización que fueron los salones. El pensamiento escrito, leído y corregido junto a sus lectores alcanza una claridad insólita al margen de esa índole de agenciamientos colectivos. Cabe subrayar al respecto la corta experiencia del Movimiento del 22 de marzo en 1968, cuyas octavillas se escribían, leían y corregían en asamblea general.
Ahora bien, el Manifiesto de los 121 al que se refiere Maurice Blanchot fue escrito precisamente de forma colectiva por el conjunto de sus firmantes, mediante un juego de idas y venidas facilitado por mediaciones, llamadas telefónicas y encuentros en los cafés. El incisivo texto es esculpido por una situación que pone del lado del pensamiento ciudadano y es firmado por un improbable grupo de personas que, aunque se conocían por su renombre, no habían hecho nunca nada juntas y que se fueron agregando poco a poco en aquel momento. Se trata de personas a las cuales la calidad de su trabajo intelectual o artístico había dado cierta notoriedad en su campo, pero cuyo trabajo no las cualificaba en absoluto para hacer causa común con insumisos y desertores, para adherirse a la causa antinacional del momento. Y sin embargo, su trabajo, al encaminarse cotidianamente al infinito, les confiere el derecho de convocar un día a la opinión para que ésta dirija su mirada hacia el futuro. Esta transferencia del infinito de la creación científica o literaria a la contingencia del porvenir histórico y político es la tarea asumida por los intelectuales, cuyas inevitables consecuencias son la oposición al gobierno y el apoyo al movimiento social, que se transforman en palanca o tenazas. El tiempo, el lugar y los medios para fabricar tales herramientas han de ir de la mano, pero la llamada del afuera es rara vez suficiente para que así sea.
Ser intelectual es algo que se hace en colectivo: cuando alguien lo hace en su morada es porque su economía le permite esa ociosidad. En los salones descritos por Habermas sí se hace, naturalmente, sociedad, aunque se precise además de unas reglas sociales y de una anfitriona que ordenen la conversación. En los partidos, así como en la universidad, en todas las esferas públicas, lo colectivo se amolda a la repetición. El intelectual tensa sus cuerdas entre las esferas públicas y privadas.
La intelectualidad operativa
"¿Qué fue de los amigos?", cantaba ya Rutebeuf en la Edad Media, pensando en los amigos intelectuales que había perdido. Con la terciarización de la sociedad, la informatización de las cadenas de producción industrial, la multiplicación de las cadenas de televisión y la explosión de los entretenimientos basados en imágenes e información , los vientos domesticadores de la intelectualidad se han desatado. El intelectual ha perdido el papel que, según Foucault, le correspondía de conectar a la gente al sistema de información . Todo el mundo está inmerso en él y, en virtud de los programas cada vez más numerosos de telerrealidad, las palabras tienen el mismo valor provengan de quien provengan. Unos sistemas de elección hiperelaborados son permanentemente reconducidos para crear la ilusión de una sociedad de las alternativas: ustedes eligen lo que pasa, ustedes ya estaban antes ahí, llegaron primero, tienen el control, dominan la situación. O bien, si no se lo llegan a creer, sigan unos cursos de zen o de cualquier otra tecnología del espíritu y aprendan a controlar su cuerpo, lo cual les llevará a la posibilidad de controlar su mente.
Respiren. En este levantamiento de la opinión pública no ha lugar para la conspiración, para las respiraciones convergentes que anunciaba Radio Alice, la radio libre italiana, en 1976. Las individualidades se yerguen las unas junto a las otras, ni contra, ni hacia, paralelas, sin intelectualidad aparente, sin transversalidad , que diría Félix Guattari.