La cuestión del papel de los intelectuales se plantea hoy con la nostalgia de aquellos dos momentos eminentes que fueron el caso Dreyfus y el Manifiesto de los 121. Dos momentos en los que los intelectuales se mostraron capaces de cambiar el curso de la historia o de desplazar su valoración, capaces de desempeñar un papel decisivo. Resulta paradójico preguntarse si los intelectuales tienen un papel decisivo justo cuando el lugar que ocupan en la producción es, cuantitativamente, cada vez más importante. Pero ese lugar está sometido. De ahí a creer que los intelectuales han muerto y que al último de ellos no le queda más que erigirles una tumba, como ya hiciera Jean François Lyotard, cantor de la postmodernidad, en 1984, no hay más que un paso. Un paso que se ha negado a dar y contra el cual se ha alzado Maurice Blanchot en un pequeño ensayo:
Les intellectuels en question. Ébauche d'une reflexion (París, Fourbis, 1996)
[ 1 ] .
El intelectual, a riesgo del afuera
Maurice Blanchot es una de las figuras preeminentes de la intelectualidad francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Es uno de los firmantes del Llamamiento de los 121 y ésta es la experiencia que le hace recusar la postura de Jean François Lyotard. No es el trabajo profesional como escritor, erudito o artista lo que le llevó a firmar ese llamamiento, sino "una parte de nosotros mismos que no sólo nos desvía momentáneamente de nuestra tarea, sino que nos devuelve hacia lo que se hace en el mundo para juzgar o apreciar lo que en él se hace" (p. 12). La revuelta no es la función del intelectual en la sociedad, sino el devenir libre de la aplicación al mundo que su función exige: un exceso. El intelectual es el obstinado, el tenaz, lo que le da el valor del pensamiento si, llegado el momento, éste se presenta como un acontecimiento que obliga al intelectual a salir de su quicio, a pensar fuera de su especialidad, una especialidad que de ordinario no abandona, a servir a un universal. ¿Cómo explicar, si no, que los firmantes más destacados de la Declaración de los 121 sean matemáticos, poetas o historiadores de la Antigüedad? En el espacio público, los intelectuales arriesgan prestigios adquiridos en la oscuridad acerca de cuestiones ajenas a sus competencias, de cuestiones comunes a todos los ciudadanos: "Lo extraño de su intervención es que fue colectiva, cuando su exigencia exaltaba la singularidad, de tal suerte que nació un universalismo individualista que mantiene, bajo otros nombres, su potencia de atracción" (p. 18).
El escritor se convierte en intelectual cuando se decide; sólo lo es de forma momentánea y por una causa determinada, aquella por la cual decide devenir circunstancialmente uno más, un luchador, con sus propias armas, uno más "con la esperanza (por vana que sea) de perderse en la oscuridad de todos y de regresar a un anonimato que es incluso, como escritor o artista, su aspiración profunda y siempre desmentida" (p. 59). Para Maurice Blanchot, esta posición ética "impide a los intelectuales la esperanza de una desaparición que les libraría definitivamente de hacerse preguntas y de ser interpelados" (p. 60 y final del ensayo). La política prosigue el trabajo intelectual por otros medios, más colectivos y más potentes; no sustituye al punto de fuga que lo motiva.
Los intelectuales que se sustraen transitoriamente de sus tareas literarias, artísticas o científicas para sostener un movimiento se ven brutalmente confrontados con la necesidad de agenciar, aunque no sea más que en su agenda, diferentes regímenes de intelectualidad, cada uno de los cuales presenta sus propias exigencias. Como demostrara Nietzsche en la Genealogía de la moral , el descubrimiento de nuevos regímenes de intelectualidad o de afectividad no suprime a los precedentes y obliga, por el contrario, al hombre moderno a componerse entre los diferentes regímenes, conforme cada vez a un agenciamiento específico que hará que unos se inclinen más hacia la reacción y el mantenimiento del orden y otros hacia la exploración de nuevos territorios. Así es como la innovación en arte y literatura está, en general, vinculada a la innovación en política.
Tres regímenes de intelectualidad en liza
A mi juicio, en la actualidad y en el pasado que nos ha traído hasta ella cabría distinguir tres regímenes de intelectualidad que, aunque ligados en el momento de su establecimiento a las modalidades técnicas de reproducción del pensamiento, se siguen manteniendo después, pero con nuevas significaciones:
- El régimen de la intelectualidad repetitiva o representativa, en el que el pensamiento trata de reproducir, repetir, representar, transmitir, desde la creencia, que se trata de una representación de lo real, de la repetición de una realidad originaria. Surten la intelectualidad sacerdotes o eruditos cuya aptitud para la representación está garantizada por una organización jerárquica que verifica su capacidad de repetir o de representar de forma metafórica la organización preestablecida. Cuanto más avanza la historia, más se enfrenta este régimen de intelectualidad a la necesidad de elaborar cosas nuevas, lo que lleva a cabo mediante la formación de intelectuales profesionales capaces de introducir lo nuevo en lo ya conocido.
- El régimen de la intelectualidad afirmativa, que nace en el seno del anterior con la imprenta y los medios de transporte modernos, que permiten la desterritorialización de la obra, su difusión masiva y la aparición del autor como modalidad preferente de la reterritorialización. Un autor al que atañe atenerse a los límites, especializarse en la búsqueda de lo nuevo y en el tratamiento original de los acontecimientos. Éste es el régimen de intelectualidad propicio a la intervención política de los intelectuales, tal y como se entiende ésta por regla general: caso Dreyfus, Manifiesto de los 121.
- El régimen de la intelectualidad operativa, que se desarrolla con la puesta en red del conjunto de las capacidades intelectuales ya sea en el seno de la empresa, de la universidad y, de forma global, gracias a Internet, y que se abre a una capacidad de traducción, de reutilización, de modificación permanente, encaminada hacia el devenir de la producción imaginaria y no ya hacia la representación de la realidad. Un régimen en el que no hemos hecho más que entrar, donde intentamos orientarnos y que tendemos a juzgar conforme a las normas de los regímenes precedentes.
La intelectualidad repetitiva
Este régimen de intelectualidad, que fue el primero en desarrollarse cuando la reproducción de los textos suponía prácticamente tanto tiempo como su escritura, no ha desaparecido con la invención de la imprenta, de la televisión o del ordenador. Por el contrario, sus medios se han multiplicado otro tanto. Los lenguajes que se produjeron en aquel contexto seguirán aprendiéndose con mayor eficacia incluso, habida cuenta de que sus regularidades no dan lugar a más alternativa que la de la reproducción exacta. Así es como la escuela, durante un tiempo sacudida por un deseo de intelectualidad afirmativa, e incluso operativa, se encuentra hoy vehementemente dirigida hacia la intelectualidad repetitiva, que, por añadidura, se aprende mejor, como beneficio secundario, en un medio que maneja la intelectualidad afirmativa y sólo vehicula la repetitiva de forma inconsciente. De ahí la exactitud, estadística, de las observaciones de Pierre Bourdieu sobre la herencia intelectual y el capital simbólico.