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Archipiélago 65 Archipiélago

Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos)

por Santiago Alba Rico
Archipiélago nº 65, abril 2005

Número de páginas: 5
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1) Por debajo del Hombre está el hambre. Basta pensar en las películas de Charlot (el Dickens del cine) para calibrar en toda su tragedia hasta qué punto el hambre se alimenta siempre en solitario y a toda velocidad, porque si se reúne con otras hambres o sencillamente se detiene, inmediatamente aparece la policía . La comicidad muda de Chaplin a 18 fotogramas por minuto ilumina, más que amortigua, la inquietante sombra que acecha los ansiosos banquetes de su personaje, siempre a la carrera, comiendo plato tras plato en el restaurante que no podrá pagar o devorando al pie de un arbolito urbano o de una cadena de montaje un muslo de pollo -a sus espaldas ya la porra erguida o la aguja del reloj apuntando el cero- o dando dentelladas a una manzana que le quieren quitar y que tiene que acabarse sin dejar de correr contra ese fondo negro de peatones acelerados y casas repetidas. La obra de Dickens está también poblada de hombres delgados que se mueren de hambre y que comen solos, deprisa y con miedo, en las calles de Londres: los obreros de Tiempos difíciles , los jóvenes rotos de Oliver Twist o el conmovedor Joe de Casa desolada , al que los bobbys obligan siempre a circular y circular ("circule", "circule", "circule", como las norias y las mercancías) cada vez que se para a tomar aliento, ese Joe (como ese Charlot) en el que quizás pensaba Chesterton cuando escribió acerca de uno de sus propios personajes: "tuvo disgustos con la policía, lo cual es en sí mismo casi un signo de santidad". Lo paradójico, en cualquier caso, es que esta experiencia de la comida solitaria y a la carrera , propia del hambre, se ha generalizado en nuestras sociedades occidentales como la característica específica del consumo, el cual lleva a millones de hombres y mujeres en esta parte del mundo, perseguidos no ya por la policía sino por la Civilización, a comer con la vista baja, sin dejar de correr y sin compañía, los nefandos condumios del fast food . Como paradójico resulta también que esta experiencia de la comida rápida y solitaria, propia del hambre, entre nosotros produzca gordos (aunque no del tipo satisfecho, luminoso, vegetal, que era Chesterton, admiraba Kafka y describía Dickens , sino un nuevo tipo de gordo, enfermizo y desdichado, inducido y al mismo tiempo condenado por su sociedad, tan centrado en su cuerpo y tan poco en el mundo como les ocurre a los que se están muriendo de hambre). La pobreza mental y antropológica, al contrario que la económica, genera obesidad y, al igual que la económica, genera más hambre.
2) Por encima del Hombre está también el hambre, pero ese hambre de aire y de espacio, como decía Chesterton, o de lebensraum , como lo llamaba Hitler, o de nuevos mercados , como diría Bush: el hambre sobrehumana de los que se comen países enteros al tiempo que vigilan su línea o importan espiritualidad superior de las mismas culturas que materialmente aniquilan. Que los vegetarianos "gordos", entre los cuales tengo algunos amigos que admiro, no se inquieten; si el viejo Chesterton defendió "la institución de la chuleta y la cerveza", lo hizo también o sobre todo contra el superhombre ; es decir, contra el hambriento elitista que sólo se prohíbe los gustos de los pobres y sólo renuncia a lo que sus víctimas pueden comer. Contra este "vegetarianismo de los ricos" escribió su hilarante La taberna errante , donde el lector avisado observará que nunca se come carne; Patrick Dalroy y Humphrey Pump, los dos fugitivos que razonan de un modo tan ingenioso contra los nuevos pitagóricos que se han apoderado de Inglaterra y han cerrado las tabernas, sólo comen queso y algunas verduras recogidas al galope y cocinadas en un fuego de campamento, convertido ahora en el refugio de urgencia de la Humanidad. En Alarmas y digresiones , por lo demás, Chesterton cuenta su experiencia gastronómica durante un gira de conferencias a través de Inglaterra, gira en la que se vio obligado a comer cuatro días sucesivos en cuatro posadas diferentes donde sólo servían pan y queso; "y no puedo imaginarme", dice, "por qué un hombre puede desear más que pan y queso, si puede hallar bastante cantidad de ambos". Lo que en realidad Chesterton no podía soportar eran las galletas . A su regreso del mencionado viaje, acudió a un refinado restaurante de Londres en el que, además de muchas y muy variadas viandas, le sirvieron también queso -como él esperaba y deseaba- pero cortado en "despreciables pedacitos" y acompañado de... ¡galletas! "¡Galletas para alguien que ha comido el queso en nuestras campiñas! ¡Galletas para alguien que ha vuelto a probar la santidad de los antiguos esponsales del pan y del queso! Me dirigí al camarero con cálidas y conmovedoras palabras. Le pregunté quién era él para separar lo que la humanidad había unido. Le pregunté si, como artista, no sentía que una sustancia sólida pero dócil como el queso armonizaba naturalmente con una sustancia sólida y dócil como el pan; comerlo con galletas era como comerlo con trozos de pizarra". Como el propio Chesterton declara, fue en parte esta historia de las galletas la que le llevó a elevar su voz contra la sociedad moderna, para evitar "este enorme mal moderno y sin par" de que el pan sea sustituido por galletas, las manos de medir por aparatos de calcular y el hombre "rígido" de las tabernas por el hombre "flexible" de las maquiladoras. El superhombre -o superhambre- come países y galletas; y las galletas las come, sentado al extremo de una larga mesa, barricada contra el mundo, no porque le gusten o le parezcan más sanas sino porque el pan, como la democracia, es cosa de todos . Ésta es la revuelta de Chesterton: la ligera galleta -de los que sobrevuelan el mundo común para comerse, como Rhodes, las estrellas- es el privilegio sectario de los que roban el pan a los demás.
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