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Archipiélago 65 Archipiélago

Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos)

por Santiago Alba Rico
Archipiélago nº 65, abril 2005

Número de páginas: 5
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El que quiere ponerse alegre, dice Chesterton, "necesita un agradable cuarto de estar; no daría dos perras gordas por todo un Continente delicioso", a lo que añade con su irresistible tendencia a extraer conclusiones políticas de todos los rincones donde se ocultara una: "Pero en estos tiempos de dificultades se ha hecho necesario luchar por más espacio. En lugar de apetecer más cerveza o un pedazo mayor de tarta de Navidad, sentimos hambre de más aire. En condiciones anormales, no es improcedente esta apetencia; nada conviene mejor a gente nerviosa que la estepa ilimitada. Pero nuestros padres se sentían con suficiente capacidad vital y con bastante salud para humanizar las cosas; el que fuesen o no higiénicas no les importaba para nada. Eran tan grandes, que podían meterse en cuartos pequeños". La vida del itinerante Pickwick y de sus inefables amigos transcurre toda ella en cuartos pequeños con las ventanas cerradas, en veinte metros cuadrados iluminados por el fuego de una chimenea y cargados del humo del tabaco y del vapor que se levanta de entre las ruinas de algún pobre animal estofado alegremente en la cocina. Ahí dentro, el mundo es mucho más amplio, rico e interesante que en los mares del Sur o en el corazón de las Tinieblas.
Pero es que además la mayor parte de los personajes del Pickwick , al menos los que reclaman y obtienen nuestra amistad, son gordos o llegarán a serlo. En una sociedad casi inmaterial como la nuestra, en la que lo decisivo se ha vuelto microscópico, en la que el capitalista con sombrero ha adelgazado hasta la invisibilidad mientras nuestros jóvenes sólo pueden seguirle hasta la anorexia y en la que la "clase ociosa" ha dejado de emitir signos corporales, se nos olvida fácilmente que en la época de Dickens -en la que aún vivían Kafka y Chesterton, casi coetáneos entre sí- era todavía el cuerpo el que medía y ordenaba simbólicamente, y en el que se reflejaban, las relaciones más abstractas. El éxito de la falsa ciencia llamada "fisiognómica" es sólo una de las manifestaciones de este empirismo social que define también los cánones de la novela del xix , cuyas descripciones idiosincrásicas parecen seguir a Lavater y Lombroso -volumen, narices, bocas, cejas- a la hora de proporcionar al lector una imagen moral de los personajes. En el siglo xix , que sólo acaba definitivamente con la segunda guerra mundial, no sólo el Poder es gordo; también la Dignidad, la Simpatía, la Cultura, la Virtud, la Belleza y la Salud son gordas o, al menos, voluminosas. En esa época las madres, como la de Felice Bauer, no casaban a sus hijas con hombres delgados y los hombres, por su parte, no escogían a mujeres flacas como esposas y, mucho menos, como amantes. En este sentido, la bulliciosa galería de los personajes pickwickianos se divide tajantemente en dos facciones que sólo raramente mezclan sus rasgos. Los miembros de la odiosa clase togada, siempre maquinando contra la humanidad desde sus despachos, no sólo no tienen alma: tampoco tienen carne.
Así, por ejemplo, Mr. Perker, el procurador de Mr. Wardle, es un "hombrecito enjuto"; por su parte, Mr. Fogg, el pérfido abogado que extorsiona a Pickwick, es un viejo enflaquecido, lleno de granos y "con aspecto de vegetariano"; y si Mr. Dodson, el socio terrible de Fogg, es un hombre gordo, Dickens lo precipita enseguida con un adjetivo inequívoco al báratro de "los capitalistas gordos con sombrero que persiguen a los pobres": Dodson, en efecto, es un gordo "grasiento". También la clase política, poco apreciada por Dickens, está representada en su novela por hombres delgados, como lo son Fizkin y Slumkey, los dos absurdos candidatos enfrentados en las elecciones de Eatansville, o el no menos ridículo editor de la gaceta de la ciudad, Mr. Pott. También Jingle y Trotter, los dos granujas que hacen la vida imposible al bueno de Pickwick, son "flacos y de ojos hundidos" (o de cara ancha, pero esmirriados de cuerpo), y van adelgazando aún más a medida que avanza la narración, hasta que nuestro héroe con polainas los salva, en el último momento, de la consunción. En cambio, del otro lado, Pickwick, el simpatiquísimo Wardle y el fiel Tupman son francamente gordos; Snodgrass es "fornido"; Winkle, el más joven del club, se las da de deportista; a Sam Weller, el ingeniosísimo, inigualable, mítico criado y protector de Mr. Pickwick, lo dejamos aún joven a punto de casarse, pero la magnífica silueta de su padre, el cochero Weller, prefigura su destino corporal; Benjamin Allen, el extravagante estudiante de medicina, es un "tosco y corpulento mozo" y, en cuanto a su amigo Bob Sawyer, no conservará mucho tiempo su figura de dandy : "Si con la precisión que puede poner un matemático y las conclusiones que puede sacar un médico", escribe alborozadamente Chesterton, "llevásemos la cuenta de los vasos de cerveza y las copas de cognac que se toma Mister Bob Sawyer, nos anegaría la suma como a una playa la marea". El extremo de la gordura, ya un poco enfermiza, como para marcar también la mesopotamia -o línea media- de la normalidad, lo encarna José, el criadito de mr. Wardle, el cual no deja de ser, en todo caso y a pesar de su glotonería insaciable, un paradigma de inocencia hilarante.
La cuestión alimenticia no es, como podría creerse, un simple recurso narrativo; al contrario, esta batalla entre gordos y flacos -y quien lo afirma es un gordo fallido o un flaco arrepentido- recubre y conduce una batalla total, un combate que es al mismo tiempo filosófico, político y social. Dickens y Chesterton eran dos mirillas limpias en dos cuerpos redondos que compartieron una misma sensibilidad para con los fabulosos logros antropológicos del Hombre Común, esa especie ahora en extinción que, en relación con la universalidad que contiene, es quizás tan genuinamente inglesa como es francés el Hombre Rebelde o alemán el Hombre Filosofante. La diferencia estriba en que mientras Dickens pudo limitarse a describirlo -al Hombre Común-, llevando a su cima el género novelístico con una obra para todos los públicos, "tan llana que incluso los doctos exquisitos pueden entenderla", Chesterton tuvo que dedicarse ya a defenderlo, porque estaba en peligro, dando así al panfleto, por primera vez, una verdadera dignidad literaria. Dickens no admite adaptaciones porque trabajó con la cursilería, el melodrama, la payasada, el sentimentalismo -los cuatro elementos de la cultura popular- para desmentir las jerarquías de género mediante las cuales las clases altas monopolizan, al mismo tiempo que la riqueza y la justicia, la "calidad artística". Chesterton, por su parte, no admite lecturas sólo placenteras porque obligó a leer con irresistible placer, y en todos los registros, una especie de desternillante libelo a favor de las casas, los cuerpos y la cerveza. Pero, ¿de qué había que defenderlos? De todas las formas de misticismo -religiosas, políticas o morales-, pero sobre todo de ese misticismo armado, constituyente, imparable, avasallante y mortal que abriga en su propia naturaleza la superación permanente de todos los límites: el capitalismo. El Hombre Común no está ni al principio ni al final de la historia sino en el medio, como resultado o descubrimiento histórico que la Historia está a punto de sobrepasar y que hay que proteger no porque sea más antiguo o más tradicional o más natural , sino porque es mucho más sensato; y a cuyos enemigos hay que combatir no porque sean más nuevos o más heterodoxos o más artificiales , sino porque son -con su combinación de terror material y de higienismo desintegrador- mucho más irracionales y destructivos.
Pero la cuestión alimenticia, ¿no es precisamente la cuestión del capitalismo? Digamos que hay tres formas posibles de comer, tal y como analizamos sumariamente a continuación:
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