En algún momento de su juventud, Franz Kafka declaró su propósito de convertirse en un Dickens en lengua alemana y El Fogonero debe mucho, según propia confesión, a Tiempos difíciles , aunque lo cierto es que su obra prolonga más bien, y deforma en sombras metafísicas, las zonas menos solares de los temas dickensianos: la ley inextricable, el tribunal vagaroso, la condena inapelable. En cuanto a Chesterton, que fue belicoso pero nunca sombrío, Kafka penetró en él como un rayo de sol: "Es tan gracioso que casi se podría pensar que ha encontrado a Dios". No estoy seguro de que el jocoso gigante que inventó al Padre Brown no se inventase también a Dios, o lo fabricase, como se fabrica una lente especial para ver grandes las cosas grandes y pequeñas las cosas pequeñas, y ver verde la hierba y la nieve blanca, según ese milagro del realismo que él precisamente atribuye a su admiradísimo Dickens: "sueña algo disparatado", prescribe, "sueña que la hierba es verde". Pero lo imagino muy bien -a Chesterton- a las puertas del cielo luciendo con orgullo en la pechera esta divisa ("es tan gracioso que casi se podría pensar que ha encontrado a Dios") como recomendación para ese Juez supremo que su propia risa habría creado a su imagen y semejanza, tan barrigudo y festivo como para perdonarle su paso por la ouija, su catolicismo pagano y sus falstaffianos excesos de ogro del Bien.
Confieso que a veces confundo a Dickens y a Chesterton en mi cabeza, de lo que sin duda tiene la culpa la extraordinaria biografía que uno de ellos escribió sobre el otro: Charles Dickens-G.K. Chesterton , y la propia sucesión de los dos nombres en la portada del libro ha contribuido siempre a esta aleación singular que me impide ya saber si fue Chesterton el que escribió la biografía de Dickens o, al contrario, Dickens el que escribió la biografía de Chesterton; si Chesterton fue uno de los personajes de Dickens (habría hecho un gran papel en el París revolucionario de Historia de dos ciudades o como compañero de Dick, el estrafalario huésped de la estrafalaria tía de David Copperfield) o si fue más bien Chesterton el que creó retrospectivamente a Dickens para que éste escribiera los libros que él iba a leer más tarde y sobre los que iba a escribir una de sus mejores obras. En todo caso, hay que decir que esta confusión tiene un fundamento más serio. Si Kafka era un hombre delgado, Chesterton y Dickens eran, cada uno a su manera, dos hombres "gordos". Chesterton, claro, era un gordo clásico, natural, majestuoso, un gordo monumental, un gordo mitológico, el gordo por antonomasia, el eidos de gordo paseándose con bastón, como la nariz de Gogol, por las calles de Londres. Era tan gordo que solía repetir una broma en torno a su generosa cortesía, que le había llevado a ceder su asiento en el metro a tres señoras; era tan gordo que, más que vestirse, se cubría como un mueble con esa capa kilométrica y ese sombrero de ala ancha que lo inmortalizaron para siempre; era tan gordo que, tras su muerte, hubo que sacar el féretro que contenía su cuerpo por la ventana ("no soy tan gordo como parezco", se burló de sí mismo durante una de sus famosas conferencias, "es que me ven ustedes amplificado por el micrófono"). Como es sabido, su interminable polémica con el íntimo enemigo Bernard Shaw comprometía oposiciones decisivas para la humanidad, socialismo o distribucionismo, ateísmo o religión, Nietzsche o San Francisco, pero presuponía sobre todo un choque de temperamentos, escenificado en la irreconciliable diferencia de dos menús y dos tamaños. Algunas anécdotas partidistas ilustran este combate de especies -las razones de la grulla y las del hipopótamo- al tiempo que el extraordinario volumen de nuestro Chesterton. Los secuaces de Shaw cuentan que en una ocasión aquél abordó al maestro burlándose de su delgadez: "Al verte, se diría que no hay suficiente comida en este mundo"; a lo que Shaw habría contestado: "Al verte, se diría, en efecto, que te la has comido toda tú". Los secuaces de Chesterton, en cambio, contamos otra historia en la que el vencedor es nuestro paladín; Shaw se habría burlado de su obesidad con una interpelación un poco truculenta: "Si yo estuviera tan gordo como tú, me ahorcaría", y Chesterton habría contestado como un rayo: "Si llegase algún día a pensar en ahorcarme, te usaría a ti como soga". Podré parecer parcial, pero lo cierto es que la réplica de Shaw es, por así decirlo, mecánica mientras que la de Chesterton es paralógica y, por lo tanto, tiene mucha más gracia, mucha más "comicidad" o, según la intuición de Kafka, mucho más Dios en su interior.
Dickens, por su parte, no fue exactamente gordo. Más bien delicado y flacucho en su infancia y adolescencia, supo sin embargo corregirse con el tiempo y, como en la cita del Gorgias amañada en el encabezamiento, se fue redondeando y recauchutando poco a poco hasta conquistar esa silueta de alubia o de haba con sombrero que asociamos al caballero medio del siglo xix . Pero la "gordura moral" decantada en las citas nostálgicas de Kafka -incluida la de las "tensas salchichas" y las "carnes humeantes"- cubre con su levadura piscológica el conjunto de la narrativa dickensiana. Junto a piezas por contraste mucho más débiles, Charles Dickens escribió cinco novelas extraordinarias ( Tiempos difíciles , Grandes esperanzas , Historia de dos ciudades , David Copperfield y Casa desolada ) y una catedral o una pirámide, una de esas obras cuyo personaje, a igual título que D. Quijote, Pantagruel, D. Juan o Ulises, eclipsan de tal manera a su autor que acaban por convertirse en creadores de su creador o en creaciones colectivas: me refiero, claro, a Los papeles póstumos del club Pickwick , el primerizo y ya insuperable folletín de un joven de 24 años al que los editores Chapmann&Hall escogieron casi al azar en 1836 para que "ilustrara" literariamente las caricaturas del dibujante Seymour.
Podemos dividir las novelas en general -y habría que extraer de esa diferencia conclusiones literarias muy serias- entre aquellas en las que los personajes comen y aquellas otras en las que los personajes no comen. En todas las novelas de Dickens, e incluso en los pasajes más severos, hay una tregua alimenticia en la que sus criaturas, de vuelta de un desastre o a punto de sumergirse en una encrucijada, miden toda la tragedia de lo que pueden perder o toda la alegría de lo que pueden ganar. Pero en Pickwick la comida y la bebida pertenecen -mucho más- al orden de los acontecimientos, se inscriben en la trama como la ocasión y el colofón de todas las aventuras. Novela de un solterón itinerante que "busca antigüedades y encuentra siempre novedades" -dirá Chesterton-, Los papeles póstumos del club Pickwick relata en realidad una sucesión de paradas en ventas, posadas, tabernas, fondas de estación, casas de campo, restaurantes y figones -e incluso la sórdida prisión de deudores en la que Pickwick repara con dignidad kantiana el ridículo episodio de la viuda Bardell-, en cuyos caldeados locales, protegidos contra la monótona lluvia inglesa, las criaturas más extravagantes, las más nobles, las más cómicas, las más patéticas, las más simpáticas, beben sin parar vino malo, cerveza tibia y ponche caliente (¡y hasta aguardiente con especias!) y engullen sin parar también cabezas de cerdo, pasteles de pichón, lenguas de vaca y jamón cocido, todas esas porquerías con las que Inglaterra se ha ganado la incomprensión del resto del mundo pero que se presentan aquí, en el centro de muchas humanidades convergentes, tan apetecibles y atractivas como El Dorado para un conquistador, lo que sólo puede ocurrir en virtud de esa forma de voluptuosidad que Chesterton, al analizar los ambientes dickensianos, prefiere llamar cosiness que comfort y que incluye, como su elemento más irreductible, "el amor a lo que es pequeño por su pequeñez misma".