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Archipiélago 65 Archipiélago

Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos)

por Santiago Alba Rico
Archipiélago nº 65, abril 2005

Número de páginas: 5
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Calicles: Está muy bien ser delgado en la medida en que se está creciendo y no es por tanto una vergüenza mostrarse escueto de carnes mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad sigue siendo delgado, el hecho resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que no han engordado que ante los que pronuncian mal o juguetean. Viendo a un joven delgado me complazco, me parece adecuado y considero que este hombre es un ser libre. Pero, en cambio, cuando veo a un hombre de edad que no ha ganado peso y sigue empeñado en mantenerse esbelto, creo, oh Sócrates, que este hombre debe ser azotado.
Platón, Gorgias
Kafka, que destapó hacia adentro el universo, era un hombre delgado inexorablemente atraído hacia su propio cuerpo como hacia el centro de una batalla moral. Siempre atento a un ascetismo alimentario que fue puliendo y extremando con los años, ambigua penitencia mediante la que protegía al mundo al tiempo que se protegía de él, concebía su vegetarianismo como una práctica de autofagia expiatoria, el hábito de un carnívoro introspectivo que se limitaba a comerse al culpable de su apetito. "Los vegetarianos", le decía Kafka al joven Gustav Janouch ya al final de su vida, "sólo vivimos de nuestra propia carne", y es difícil no oponer esta amarga apología de la delgadez, como pureza resignada e inconclusa, a otro pasaje, citado también por Janouch, en el que Kafka comenta de esta manera un dibujo de George Grosz: "El hombre gordo con el sombrero de copa persigue a los pobres: eso es correcto. Pero el hombre gordo es el capitalismo, y eso ya no es tan correcto. El hombre gordo domina al hombre pobre dentro de un sistema determinado, pero él no es el sistema. Al contrario: el hombre gordo también lleva cadenas que no están representadas en el dibujo. El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo, todo está atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma".
Pero no nos engañemos: entre el hombre flaco que se alimenta de su propia carne y el hombre gordo que se alimenta de la carne ajena (prisioneros ambos de "un estado del mundo y del alma"), la oposición sólo es alegórica. Kafka, atado a su delgadez como a los remordimientos de un delito, vivía en la vergüenza de un cuerpo que evitaba los espejos y al que humillaban los sastres; ese puñado de miembros dispersos unidos por un alambre (en el que "no hay suficiente sangre para regar las extremidades") se interponía, como una diferencia de raza o de clase, en su compromiso con Felice , y la desconfianza de la Sra. Bauer, maternalmente inquieta por la felicidad de su hija, sospechaba menos de las rarezas del escritor que de la endeblez de su constitución. Kafka, que no bebía ni fumaba, que evitaba el te como un veneno, siempre pendiente de la alimentación de su novia (cuya dieta analizaba y vigilaba minuciosamente desde lejos), no concebía sin embargo esta disciplina dietética como un principio general sino, al contrario, como la regla desdichada de una supervivencia individual. En una carta fechada en enero de 1913, escribe a Felice con una mezcla de nostalgia y de ironía: "Mis relaciones con las comidas y bebidas de las que jamás comería ni bebería salvo en caso de extrema necesidad no son las que cabría esperar. Nada me produce mayor placer que contemplar a los demás comer esas cosas. Si estoy sentado a una mesa con diez amigos y los diez toman café solo, al verles me entra una especie de sensación de beatitud. Ya puede humear la carne a mi alrededor, las jarras de cerveza ser vaciadas a grandes tragos, esas jugosas salchichas judías (al menos aquí en Praga se estilan así, son rollizas como ratas de agua) ser cortadas en rodajas por todos mis parientes en torno mío, todas esas cosas, e incluso peores, no me contrarían lo más mínimo, sino que, por el contrario, me provocan un verdadero bienestar".
Tras entretenerse en describir muy literariamente el sonido que produce el cuchillo al pinchar "la tensa piel" de las salchichas, acústica reminiscencia de su infancia, y admitir que sería "una locura no ceder a su atracción", Kafka insiste en "la serenidad totalmente desprovista de envidia que la contemplación del placer de los demás provoca en mí" y en "la admiración ante un paladar que se da en mis parientes y amistades más próximas y que para mí, en cambio, es absolutamente extravagante". Kafka, pues, no se sentía orgulloso de su delgadez ni despreciaba a los gordos. Hacerlo no formaba parte de las convenciones de su época y, mucho menos, de su intranquilo universo mental. En una entrada de su diario o en otra de las cartas dirigidas a su novia -no recuerdo bien- cuenta cómo al salir un día de casa tras un enfrentamiento con su padre tropezó en la calle con uno de esos gordos luminosos, felices, vegetales, hijo de la tierra y no de una clase -ejemplar de una era hoy desaparecida- y se sintió "regañado" por la salud física y moral que irradiaban a su alrededor, como un medio ambiente más habitable, sus anchos mofletes colorados. Mientras administraba su enfermedad en límites cada vez más angostos y daba de comer espinacas al alambre sobre el que se sostenía, Kafka aspiraba a una "gordura moral" que no se alimentase ni de sí misma ni de los otros: una gordura -para él inalcanzable- alimentada, a través de los ojos y de las manos, de viento, hojas, elefantes, pechos, chistes, hogueras; una gordura alimentada, en definitiva, por la gran despensa del mundo común.
Que la literatura conserva una misteriosa autonomía después de que el psicoanálisis, la sociología y la política hayan vaciado sus obras lo demuestra el hecho de que podamos admirar los libros de Kafka y, al mismo tiempo, los de Chesterton y Dickens sin sentirnos obligados a tomar partido. ¿Qué enigmática "raíz común" comparten en nuestro gusto estos recíprocos extranjeros y cómo nombrarla sino del modo más primitivo e insatisfactorio, a través de esa especie de advocación mariana que llamamos "genio" o "grandeza literaria"? En todo caso, podemos aventurar quizás que Kafka admiraba a Chesterton y Dickens por algo que a él le faltaba y que los dos formidables ingleses poseían por igual, algo que procedía o al menos se escenificaba en sus distintas y respectivas maneras de acarrear un cuerpo por este mundo y que podríamos describir sumariamente diciendo que, si Kafka destapó hacia adentro el universo, Chesterton y Dickens, como sólo se puede hacer con las botellas de vino en buen estado, lo descorcharon hacia el cielo y sobre el mantel. "La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda", confesó Kafka a Janouch durante uno de sus paseos al anochecer, "como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra propia existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia". Pues bien, Kafka comprendía, un poco contra sí mismo y a favor de su extraordinaria escritura, lo que nosotros también percibimos apenas nos dejamos caer por los locales del club Pickwick o por la taberna de El Viejo Navío; que Dickens y Chesterton eran, sobre todo, dos "mirillas limpias" en dos cuerpos redondos.
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