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Archipiélago 61 Archipiélago

La posteridad y lo nuclear: nuestra ética hedionda

por Wu Ming 1
Archipiélago nº 61, julio 2004

Número de páginas: 2
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Monográfico: Consumir el mundo: Hacia un uso responsable de la energía
Por Emilio Menéndez Pérez (coordinador de la monografía)
El hombre ha utilizado energía externa a la de su propio cuerpo desde períodos prehistóricos. Primero fue la leña y la fuerza de los animales, incluso la de los esclavos; luego avanzó en el empleo del viento para navegar o para mover molinos. La Revolución Industrial introdujo cambios muy importantes en nuestra evolución: abrió el camino a la intensificación de actividades productivas y de la movilidad, a las posibilidades de uso de nuevas fuentes de energía primaria (combustibles fósiles y luego energía nuclear) y de vectores de consumo final (electricidad ahora y, quizás, hidrógeno en el futuro).
Si se analizan muchas de las actividades cotidianas se ve cómo en ellas la energía tiene una presencia constante e imprescindible. Aquellas sociedades que no tienen un acceso adecuado a la energía comercial no pueden desarrollar su modelo económico. O viceversa: sin capacidad económica un país no puede poner energía segura a disposición de toda la sociedad.
La cuestión de partida es que los ciudadanos de los países desarrollados, y los más favorecidos de países "en vías de desarrollo", utilizamos la energía (combustibles y electricidad, por ejemplo) con una despreocupación muy elevada; ya pasaron aquellos años en que la madre decía: "Rapaz, apágame la luz que cuesta". Hoy para muchos la electricidad supone una parte pequeña de su lista de gastos. Los combustibles de automoción representan algo más en el presupuesto, pero posibilitan la realización personal de una movilidad que ha saltado del nivel "seiscientos" para la playa en verano, entre los que podían, al del "monovolumen" casi todos los fines de semana.
Hoy la humanidad consume energía primaria en magnitudes muy elevadas, 10.000 millones de toneladas equivalentes de petróleo (tep), pero una sexta parte de la población utiliza los dos tercios de toda esa energía, y muchas personas no tienen el adecuado acceso a la energía: más de 1.500 millones de personas no tienen acceso a la electricidad. Aquí radica un componente más del potencial de crecimiento de la demanda.
Ya hoy, el consumo energético global presenta graves problemas. Por un lado, el acceso a los hidrocarburos, petróleo y gas natural ha supuesto guerras y confrontaciones a lo largo del siglo XX, y todo ello con una previsión de finalización de la disponibilidad comercial de esos recursos antes de que finalice el siglo XXI. De otro lado, los usos energéticos introducen problemas ambientales graves, desde la contaminación atmosférica al cambio climático: este último puede incidir de forma significativa en la naturaleza, en la vida de ciertas especies y, en definitiva, en una parte importante de la humanidad.
Las posturas frente a todo ello son muy variadas: desde la confianza en que la tecnología y el sistema económico lo resolverán todo, a otras más reflexivas que ven los riesgos que la evolución de nuestro actual sistema introduce; en estos últimos planteamientos, se sugiere que algunos de estos riesgos pueden ser críticos para la sostenibilidad ambiental y social.
En cualquier caso, una parte importante de la ciudadanía tiene una idea vaga de lo que significa la energía en el mundo, intuye los problemas, recibe información por los medios de comunicación. Pero quizá se echa de menos una reflexión profunda al respecto que atraviese a la mayoría de la población, y también a instituciones, organizaciones sociales, partidos políticos, etc.
El incumplimiento generalizado del Compromiso de Kyoto, de forma exageradamente distante en el caso español, pone en discusión todo el sistema. Este número de la revista Archipiélago , que abre sus páginas a gentes variadas comprometidas en la reflexión y la acción pública sobre los problemas energéticos, constituye sólo el inicio de lo que podría ser ese debate.
La posteridad y lo nuclear: nuestra ética hedionda
Wu Ming 1
"Lo que desechamos vuelve para consumirnos", dice Nick Shay, protagonista de Submundo de Don De Lillo, en el epílogo de la novela. Epílogo de título significativo, "Das Capital", tal vez para significar que ningún análisis, ninguna teoría ni ningún discurso sobre la producción tiene hoy en día el más mínimo sentido si no tiene en cuenta el Gran Problema: nuestra basura, la mayor montaña del mundo. La mole que aplasta el futuro.
En la última década también cierto pensamiento crítico neomarxista se ha dejado engañar por los espejismos, hablando de la "inmaterialidad" de la producción (y del trabajo) en la economía "postfordista". Se trata de una teoría fundada por entero en una estratagema: esconder el polvo (es decir, la cuestión ambiental) bajo la alfombra, alimentando "desde la izquierda" la creencia supersticiosa en el "crecimiento" y en una riqueza social ilimitada. Un filón de pensamiento "que se cayó en la marmita de pequeño", como Obelix: descendiente del obrerismo de la época del boom , crecido en los años 70 de la "expropiación proletaria", del "derecho al lujo" y del desprecio por la Austeridad , en la década pasada se adhirió a las paredes de la burbuja de la new economy sin poner jamás en duda sus propios mitos fundacionales. Ninguna crítica seria del consumo, ningún análisis de los límites del "desarrollo". Así, este pensamiento está caracterizado por un auténtico horror por la idea misma de "límite".
A pesar de este "inmaterialismo", nunca en la historia de la humanidad se había producido tanta materia (desechos, vertidos, basuras), se habían destruido tantos recursos, se había consumido de forma tan irresponsable. A la basura tradicional, la "obsolescencia programada" de las mercancías de las últimas generaciones ha añadido la llamada e-waste : cada año, miles de millones de toneladas de ordenadores, cd-roms, disquetes, teléfonos móviles, baterías, cargadores, mandos a distancia (productos que se vuelven "obsoletos" en un abrir y cerrar de ojos o cuya reparación se considera imposible o "antieconómica") terminan en los vertederos y después en las incineradoras, creando una gran nube de dioxinas que nos envenena a nosotros y a todas las especies vivas.
Cuando en televisión se habla la neolengua de la "productividad", del "reimpulso del consumo" y de las "necesidades energéticas", bastaría pensar en los desechos para entender de qué se está hablando de verdad.
El planeta no es nuestro; nos lo han prestado nuestros descendientes. Recurriendo precisamente al autor de "Das Capital": "Ni una sociedad, ni una nación, ni todas las sociedades de una misma época son dueñas de la tierra. Son sólo sus poseedores, sus usufructuarios y tienen el deber de devolvérsela mejorada, como bonis patres familias , a las generaciones siguientes" ("La nacionalización de la tierra", en Karl Marx, Documentos de la Asociación Internacional de los Trabajadores ).
Al contrario, si no damos marcha atrás en seguida, limitando nuestro consumo y abandonando las producciones contaminantes, seremos malditos por las generaciones venideras.
El mejor ejemplo de esta hipoteca sobre el futuro -y de esta puesta en peligro de la vida de nuestros sucesores- es el problema de los residuos nucleares, la categoría más peligrosa de desechos. Todavía hoy, no sabemos cómo indicar a nuestros descendientes la peligrosidad de estos materiales.
En julio de 2002, el Senado de Estados Unidos autorizó el almacenaje de 77.000 toneladas de basura nuclear en Yucca Mountain, Nevada. La construcción del depósito subterráneo costará cerca de 60 millones de dólares. El tiempo de actividad del plutonio es de alrededor de 25 mil años. Doscientos cincuenta siglos. La ley americana se "contenta" con prescribir el aislamiento hasta el año 12.000 d.C.
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