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Sistema 188 Sistema

Las políticas de la tierra

por José Félix Tezanos
Sistema nº 188, septiembre 2005

Número de páginas: 5
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En nuestras sociedades existen, sin duda, muchos problemas y contradicciones de diferente signo. Y no todo se puede reducir al común denominador de los problemas del Planeta. Pero, sin embargo, cada vez se hace más evidente que la raíz de nuestros problemas, en sus conexiones mutuas, puede estar en una forma parcial y desfasada de hacer frente a las cuestiones políticas desde la inercia de enfoques y de estructuras de identidad propias de otras épocas, en las que aún no se habían explicitado suficientemente las grandes cuestiones de la nueva agenda política.
La humanidad ha avanzado en muchos campos a través de un camino de progreso no exento de contradicciones y peligros. Hasta ahora, y especialmente en los dos últimos siglos, hemos sido capaces de hacer frente a retos importantes. Ahora uno de los retos principales concierne a nuestro propio hábitat global y a la exigencia de desarrollar una visión cultural y una estructura de valores a nivel global que resulte más adecuada a las exigencias del contexto. Es decir, lo que se necesita es una ética y una cultura de la Tierra que ayude a sobrevivir a nuestra civilización, preservándola de los riesgos de deterioro en su propia base vital. Y todo ello salvando las actuales divisiones -y antagonismos- entre naciones, razas, religiones, ideologías y cosmovisiones. Lo que se va a requerir en los próximos años para superar el riesgo de una crisis ecológica no es un poder hegemónico y absoluto, probablemente imposible y ciertamente indeseable, sino una nueva cultura de la Tierra que permita poner en común los intereses y necesidades en los que coincidimos como especie, y como esperanza de proyecto de humanización, de la que nuestros descendientes puedan sentirse dignamente herederos. Si se reflexiona despacio, ¿alguien puede sostener en serio que todos estos asuntos referidos a las Políticas de la Tierra no nosconciernen a todos, moral y políticamente? ¿Acaso no nos remiten a una necesidad común del género humano?
Esta necesidad cada vez se hará más explícita, ya sea por una vía de reflexión y análisis positivo, ya desde la perspectiva de un «egoísmo inteligente y calculador» que acabará propiciando reacciones defensivas de carácter vital. Por ello, hay que esperar que la conjunción de los análisis racionales y la activación -a tiempo- de nuestro instinto de conservación como especie nos lleve a una nueva maduración cultural, desde unas coordenadas de acción política y económica en las que pueda entenderse con claridad que las políticas ecológicas -amén de solucionar o reenfocar otras necesidades perentorias- también pueden ofrecer vías y estímulos adicionales para crear riqueza y abrir nuevos yacimientos de empleo.
Por ello, para empezar a rectificar, lo primero que debe hacerse es recuperar la capacidad para poner firmemente los pies en el suelo, mirar sin prejuicios y con intensidad alrededor y ser capaces de entender que la Tierra es nuestra casa común y nuestro bien más preciado, que debemos preservar antes que nada. O si queremos decirlo de manera más rotunda, tenemos que comprender que la Tierra es nuestra verdadera patria, o si se prefiere nuestra matria, como pensaban los antiguos. El debate sobre estas cuestiones debe abordarse con rigor, con objetividad, con fundamento científico, desde ópticas plurales y, sobre todo, desde la convicción de que existe un amplio espacio para la esperanza. La historia reciente de la humanidad demuestra que, desde los inicios del impulso reformador de la democracia y del pensamiento racional, en poco tiempo hemos avanzado positivamente hacia sistemas democráticos de convivencia, hemos desarrollado estructuras económicas eficientes, hemos articulado modelos de bienestar social y de solidaridad pública en los países más avanzados y estamos poniendo en marcha una revolución científico-tecnológica que abre extraordinarias posibilidades de emancipación y progreso para la humanidad.
Tenemos medios técnicos y científicos, tenemos recursos humanos y materiales y tenemos capacidad analítica. Por ello, si todo este potencial lo dinamizamos con voluntad política clara y con propuestas bien fundadas, es evidente que existen grandes posibilidades de salir adelante y llevar a la práctica una auténtica Política de la Tierra.
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