www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Sistema 188 Sistema

Las políticas de la tierra

por José Félix Tezanos
Sistema nº 188, septiembre 2005

Número de páginas: 5
imprimir

Los hechos tozudos están ahí, a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, los jóvenes de los países ricos continúan educándose en una cultura de individualismo cerrado, de minusvaloración de los ámbitos de lo común y de hiperconsumismo sin límites, como si hubiera petróleo y recursos sin límites y para siempre, como si dispusiéramos de artilugios domésticos y de consumo de todo tipo y atracciones y lujos sin fin. Ni en las más exageradas fábulas sobre las «Jaujas» de nuestros abuelos se pudo imaginar tan enorme e inacabable cuerno de la abundancia. Nunca antes unas generaciones fueron educadas en unas expectativas consumistas más desmedidas, sin tener en cuenta que, muy verosímilmente, los niños y los jóvenes que ahora están en las escuelas van a vivir a lo largo de su vida uno de los mayores contrastes con la dureza de los hechos que se han conocido en la historia.
¿Resulta realista pensar que los adolescentes hiperconsumistas y derrochadores que están hoy en las escuelas van a poder llegar a la edad de cincuenta o sesenta años disponiendo de todo sin límites? O en el caso de que pensemos que pueden llegar a dicha edad con tales disponibilidades ilimitadas, ¿qué precio político y social habrá que pagar por ello? En el mundo de nuestros días tenemos ya bastantes datos que nos ilustran sobre cuál puede ser ese precio, y los peligros que conlleva. Si nos atenemos a los estudios sobre las «huellas ecológicas» que implican algunos niveles de consumo, como ha analizado Weizsäcker entre otros 19 , al final descubrimos la verdadera función que cumplen algunos de los actuales sistemas y estados de desigualdad mundial, revelando que para que unos pocos vivan muy bien es preciso que muchos vivan mal. Si todos disfrutáramos del nivel de consumo de un americano medio (norteamericano o canadiense) se necesitaría el equivalente a seis planetas como la Tierra, o cuatro en el caso de los actuales niveles medios de consumo de los europeos. Es decir, en el contexto actual, en la Tierra no hay recursos suficientes para que todos podamos vivir de esa manera. Ahí está, pues, una de las razones -en sus complejas interdependencias- de los 842 millones de hambrientos y los 2.800 millones de pobres mundiales que tienen que sobrevivir con el equivalente a menos de dos dólares diarios.
Aquí es precisamente donde radica la gran contradicción cultural de fondo de nuestro tiempo y el principal riesgo de una crisis de civilización, que puede tener efectos más nocivos a medio plazo que los famosos «choques de civilizaciones», cuyo espantajo utilizan los neoconservadores apocalípticos para provocar temores y rechazos interesados.
La problemática en torno a las políticas de la Tierra nos remite, pues, a algo muy directo e inmediato para todos. Algo, sin embargo, ante lo que frecuentemente se opera como si apenas nos concerniera, como si fuera un ámbito lejano y diferente, al que nos enfrentamos desde la óptica de una distorsión mental general, que lleva a entender el medio natural y sus condiciones como un mero espacio para la conquista, el control y la explotación. En nuestro tiempo cada vez se hacen más explícitas las disfunciones culturales de las concepciones que ven la Tierra como un medio distinto, y a veces hostil, frente a una supuesta naturaleza humana narcisistamente diferenciada y antagonizada, que nos lleva a ver la Tierra como un espacio al que hay que domeñar, explotar y poner a nuestro servicio, no importa cómo, ni a qué precio.
En el fondo, en un plazo no lejano nos podemos encontrar ante un grave problema de desadaptación cultural de fondo. Nuestra civilización industrial y tecnológica hunde sus raíces en una cultura exaltadora de los valores de la competitividad, la agresividad, el individualismo cerrado, el inmediatismo consumista, la privatización y la comercialización extrema de todo, en la que apenas se ha dejado espacio para el papel de lo común, de lo público, de lo armonizado con lo natural, y con las visiones a medio y largo plazo que son imprescindibles para abordar cuestiones como las que aquí estamos planteando.
La manera insensible y extrema de proceder, influida por la actual mentalidad economicista predominante, puede acabar resultando globalmente disfuncional, como ya se está viendo, de cara a mantener los necesarios equilibrios sociales, territoriales y medioambientales. Una cultura que enfatiza tanto el productivismo depredador, el hiper-individualismo egoísta y cegato, el enclaustramiento privatizador («mi casa es mi castillo») y las visiones alicortas, puede quedar desarmada para hacer frente a problemas y dilemas que requieren de ópticas globales, de mayores énfasis en lo común, de mayor atención a los criterios de armonía y equilibrio, de solidaridad interterritorial e intergeneracional y de nuevas ópticas de cálculo histórico y de comprensión de los calendarios vitales de fondo, que en realidad deben entenderse de manera mucho más dilatada en el tiempo. Y de forma claramente integrada 20 .
Este es posiblemente uno de los mayores riesgos a los que puede enfrentarse nuestra orgullosa y prepotente civilización, paradójicamente, en uno de los momentos de aparente mayor éxito y de afirmación -vía imitación- entre otras culturas del Planeta. Hoy Oriente mira a Occidente y lo imita miméticamente, a veces en lo peor. Mientras tanto, en Occidente no sabemos valorar aquellos aspectos de la cultura oriental y de su pensamiento tradicional que llevaban a prestar más atención a las necesidades de equilibrio y a valorar en mayor grado la armonía con el medio natural. En Occidente, y por extensión ahora en casi todo el mundo, las tierras, los árboles, las plantas, los animales, los recursos de los fondos marinos quedan reducidos a la mera condición de mercancías, y su valor es entendido prácticamente en exclusiva como un bien de uso e intercambio. No se entienden como algo valioso en sí mismo, como ocurría en antiguas concepciones tradicionales y en otras cosmovisiones orientales.
6. LA CULTURA DE LA TIERRA
Los excesos de las orientaciones culturales depredadoras, privatistas y antagonizantes, en su degradación hiperindividualista y caricaturesca, se están manifestando en múltiples planos, dando lugar a situaciones extremas.
Las rígidas diferenciaciones establecidas por la cultura dominante entre el ámbito de lo privado y los espacios de lo público y lo común se están traduciendo en dos modos totalmente antagónicos de proceder en unos y otros espacios. En nuestros hogares, en aquello que consideramos como más propio, a ninguno se nos ocurriría tirar todo tipo de basuras por los suelos o los rincones, a nadie en su sano juicio le daría por trocear los muebles para utilizarlos como combustible, no arrancaríamos las plantas sin control, no llenaríamos las estancias de humos y gases tóxicos..., como si esto fuera lo más natural. ¿Por qué hacemos, pues, en la Tierra lo que nunca haríamos en nuestros hogares? ¿No revela este proceder dual y disparatado que algo está fallando en nuestras estructuras mentales y culturales?
«La Tierra -clamaba Weizsäcker en un libro ya clásico sobre el tema- merece que la tomemos como nuestro hogar. Todas las culturas saben que el hogar no se destruye» 21 .
Para hacer frente con mayor eficacia a muchos de los retos de un futuro inmediato se necesita, pues, una nueva «cultura de la Tierra», enraizada en una amplia perspectiva histórica y cultural, que pueda sentar las bases de una civilización capaz de vivir en mayor armonía con su medio natural y que nos permita entender a todos que la principal y más urgente alianza es una «Alianza con la Tierra». Identificar aquellos componentes económicos, políticos y culturales que impiden que todos lleguemos a conclusiones tan elementales como ésta debe ser una de las prioridades actuales del pensamiento crítico.
Número de páginas: 5
imprimir


Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Martes, 11 de Noviembre de 2008 02:05:58