Hay que entender bien las biografías de hombres como Marañón y Ortega para comprender las posiciones que adoptaron ante los sucesos de julio de 1936, el golpe militar y la revolución social desencadenada por las milicias en la zona republicana. Ortega, como es sabido, había sido el intelectual de la joven Generación del 14 que más había hecho desde la prensa y desde otras tribunas públicas -con no demasiado éxito, todo hay que decirlo-, para transformar el régimen de la Restauración en una democracia liberal con fuertes tintes sociales. Su actuación fue además clave para que en las elecciones del 12 de abril de 1931 triunfasen las candidaturas republicanas en las principales capitales de provincia. Su artículo "El error Berenguer", con su famoso
delenda est Monarquia [ 14 ] , y su Agrupación al Servicio de la República contribuyeron a que buena parte de la ciudadanía creyese en la posibilidad de que una potencial República no supusiese necesariamente el desorden social.
Marañón, por su parte, aunque no había estado en la Liga de Educación Política Española en 1914, sí se vinculó a diversas iniciativas de la revista España ya desde 1915, como nos recuerda López Vega al mencionar el "Manifiesto de adhesión a las Naciones aliadas" que se publicó el 9 de julio de 1915, y en el que ya aparece la firma de Marañón, junto a la de Ortega, Ramón Pérez de Ayala y otras muchas más de esa joven generación que, en palabras del editor del epistolario, creía que la "nueva España liberal debía tener como fundamento de su política la libertad, la justicia social, la competencia y la modernidad" (p. 23).
Marañón y Ortega no debían mantener por entonces un trato frecuente. La primera carta que se conserva de Ortega a Marañón es del 29 de febrero de 1916, y es un simple acuse de recibo y agradecimiento por la suscripción del médico al nuevo proyecto editorial orteguiano tras su ruptura con España ; ese proyecto era su revista unipersonal El Espectador , cuyo primer volumen aparecerá en mayo de ese mismo año. El tono de la carta refleja un trato distante.
Aunque como se puede colegir de la lectura de la propia correspondencia entre ambos, algunas cartas deben haberse perdido, no parece que el intercambio epistolar encontrase otro motivo hasta 1920, en que Marañón le escribe a Ortega para darle las gracias por su apoyo a la campaña que está llevado a cabo contra el sistema de oposiciones en la universidad. No se conservan o no hubo cartas de Ortega a Marañón hasta finales de 1923 y tampoco son muy frecuentes durante los años de la Dictadura de Primo de Rivera, aunque hay que tener en cuenta que viven en la misma ciudad y su trato era más personal que epistolar. Las cartas de Ortega al médico en 1925 reflejan cierta suspicacia por las posiciones e ideas de Marañón. En una del 29 de septiembre de 1925 le dice que no le gusta verle coincidir con la opinión común "de grupos demasiado amplios", sin que sepamos exactamente a qué se refiere (p. 175). Y en la siguiente del 24 de noviembre del mismo año escribe: "siempre tengo la sospecha de que mis ideas le van a usted un poco a redropelo y quisiera evitarle enojos" (p. 176). Esto, a pesar de que Marañón le habla en carta del 10 de noviembre del mismo año de "la sincera y profunda adhesión espiritual que le tengo" (p. 251).
Antonio López Vega, que ha escrito como tesis doctoral una estupenda biografía de Marañón, dirigida por Juan Pablo Fusi, y que es seguramente quien más sabe de la vida y de la labor intelectual del egregio médico, destaca en esta tesis y en otros escritos, además de en la introducción al epistolario en cuestión, que Marañón orbitó intelectualmente entre dos soles, primero Unamuno y después, a partir de 1925, Ortega
[ 15 ] . Si Marañón no había sido especialmente activo en los orígenes políticos de la Generación del 14, sí fue por el contrario uno de los más firmes en sus críticas a la Dictadura de Primo de Rivera, hasta el punto de que le costaron un mes de cárcel y una fuerte multa en 1926 cuando la arbitraria justicia dictatorial lo consideró implicado en la
Sanjuanada . Marañón fue uno de los principales apoyos que encontró Unamuno durante su persecución por la Dictadura, que le envió desterrado a las Canarias, aunque acabó huyendo a Francia, y fue también uno de los primeros que vio claro que la Dictadura era el golpe mortal a la Monarquía. "Yo tengo una triste impresión de la posibilidad de una continuación de la Monarquía actual" (p. 108), le escribe a Unamuno el 22 de noviembre de 1923 en una carta donde cuenta el trato despectivo que el rey había ofrecido al conde de Romanones y a don Melquíades Álvarez, quienes como presidentes del Senado y del Congreso, respectivamente, fueron a visitar a Alfonso XIII para exigirle una vuelta al régimen de la Constitución de 1876.
Marañón fue excesivamente optimista y pensó que la Dictadura iba a caer pronto: "esto va a tocar a su fin" (p. 120), le escribe a Unamuno el 1 de octubre de 1925, pero todavía quedaban más de cuatro largos años. Cuando ya de verdad sí tocaba a su fin, vuelve a escribirle a Unamuno:
"Esto está dando las boqueadas. Yo he firmado el manifiesto republicano con Ayala, Jiménez de Asúa, Hernando y muchos más. A pesar de lo que diga Araquistáin, creo que hemos hecho bien. Yo me convenzo, cada día más, que los que esgrimen la fórmula: "el parlamentarismo ha fracasado" y "peor eran los de antes", no son sino servilones encubiertos. Tal vez me equivoque: pero creo que todo es ya cuestión de días (p. 125)."
¡Qué bien había calado Marañón a Luis Araquistáin, cuya flojera democrática quedó bien clara en muchas de sus actuaciones durante la República!
La falta de confianza de Marañón en la Monarquía y muy especialmente en Alfonso XIII venía de atrás. Buena parte de la correspondencia con Unamuno son anécdotas hirientes sobre el monarca. En una carta de 1921 le cuenta el espectáculo bochornoso que es ver al rey jugarse los cuartos en el tiro de pichón, con varios aristócratas que buscaban el "regio desplume" (pp. 94-95). El monarca le parecía "un botarate educado entre faldas y sotanas y recriado con los más eminentes tiradores de pichón de la península" (p. 101), le dice en otra del 11 de agosto de 1921.