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Revista de Estudios Orteguianos 16-17 Revista de Estudios Orteguianos

Posibles lecturas de los epistolarios

por Javier Zamora Bonilla
Revista de Estudios Orteguianos nº 16-17, Mayo / Noviembre 2008

Número de páginas: 7
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También sale en ambos epistolarios la seria preocupación que Ortega sentía ya desde 1934, incluso antes de la revolución de octubre, por la situación política y social española. "Estoy triste y proyectado hacia el vacío -cosa que muy pocas veces me ha pasado" (p. 177), le escribe a Weyl el 4 de junio de 1934. Y el 24 de agosto precisa: "estoy saturado de España y no encuentro ningún lugar en ella donde me sienta a gusto. Necesito un viaje largo. Veremos cómo, cuándo y adónde" (pp. 179-180). La preocupación venía por el afán colectivista de algunos grupos -problema que también veía con los nazis en Alemania- que parecían querer diluir el individuo en la colectividad, fuese nación o partido. El 19 de noviembre es todavía más contundente y le habla a Weyl de la "insuficiencia de sus compatriotas" y de que tiene pensado tomar "importantes resoluciones íntimas" (p. 183). Estaba meditando la posibilidad de marcharse de España e intentar buscarse otro futuro en América, pues preveía que la guerra civil era una posibilidad cierta.
Marañón sintió una preocupación idéntica. En carta del 24 de febrero de 1934 le escribe a Unamuno:
"Debía hacer usted el suyo [se refiere al discurso de ingreso en la Academia Española] y venirse a vivir a Madrid. Es posible que durante unos años no nos quede más vida grata que reunirnos unos cuantos a rehacernos unos a otros (p. 133)."
Y en otra un poco posterior, del 26 de junio, le habla a don Miguel de "lo necios que son nuestros izquierdistas" (p. 133). Seguramente Marañón pensaba lo mismo de "nuestros derechistas", aunque no lo diga, porque es uno de esos silencios que citaba al principio de este artículo y que el otro entiende, pues sabe como piensa su interlocutor.
El estallido de la guerra tras el golpe fratricida del autodenominado bando nacional y la violencia desatada en ambos bandos, pero muy especialmente en el republicano por ser éste en el que Marañón y Ortega permanecían, incluso físicamente, hizo que el giro antirrepublicano de ambos se confirmase, como bien señala López Vega en la introducción. Las sacas de la Cárcel Modelo de Madrid cuando son asesinados algunos amigos suyos como Melquíades Álvarez (antiguo jefe político de Ortega en los tiempos de la fundación del Partido Republicano Reformista), Manuel Rico Avello (miembro de la Agrupación al Servicio de la República y luego ministro con Diego Martínez Barrio en 1933) y Fernando Primo de Rivera (colaborador de Marañón en el Instituto de Patología Médica) acentuaron un ánimo ya adverso hacia una República que no consideraban fuese fiel a los principios de su nacimiento. En este contexto hay que interpretar las manifestaciones profranquistas que aparecen en algunas cartas -"las notas de Franco son cada vez más acertadas y en su punto" (p. 193), escribe Ortega a Marañón el 17 de agosto de 1937-, que vistas desde hoy pudieran dar la impresión de una adhesión incondicional al ejército sublevado, pero que conviene matizar con otras como la que el 9 de marzo de 1937 Ortega escribe a Weyl: "Seis meses, como los que llevo, en absoluto rompimiento con un gobierno y no adscripción al otro me dan algún derecho a dos cosas: 1ª., a decir eso, 2ª., a no decir más que eso. El Gran Brahmán va engrosando, día por día, en proporciones fabulosas" (p. 208). Desde 1932 el filósofo pensaba que los intelectuales podían hacer muy poco frente a la deriva de los acontecimientos, porque no eran tiempos para escuchar voces reflexivas sino de agitación e ímpetu. Por eso, lo mejor era callarse.
Marañón y Ortega quisieron casi desde el comienzo de la guerra que ésta la ganase el bando sublevado, porque temían más -quizá porque lo habían vivido de cerca- lo que podía pasar si triunfaba una República reconvertida en revolución social. Mas no eran ingenuos y eran conscientes de que el régimen que Franco diseñaba coincidía poco con sus ideas e intereses políticos. Querían que la guerra acabase pronto y confiaron durante un tiempo más o menos breve en que la dictadura militar que impondría Franco podría reconvertirse en una democracia liberal bajo el auspicio de la Monarquía impuesta por las potencias occidentales [ 13 ] . Ambos fueron conscientes de que tardarían en regresar a España. Marañón lo hizo en 1942, pero hasta 1946 no pudo volver a ejercer su cátedra. Ortega, tras pasar años entre Francia, Holanda, Portugal y Argentina, fijó su residencia en Lisboa en 1942 y desde 1945 hasta su muerte en 1955 pasó algunas temporadas en España e incluso inició varios proyectos como el Instituto de Humanidades, pero siempre quiso mantener su residencia oficial en Lisboa como muestra de su separación de la Dictadura. Ya casi al fin de la guerra, ante el posible nombramiento de Enrique Suñer como presidente del Tribunal de Responsabilidades, Ortega le escribía a Marañón el 13 de marzo de 1939:
"No le oculto que si esta noticia se confirma la consideraría como la más penosa que en el último año y medio he recibido de España. Ya sabe usted que no soy pronto a perder los estribos pero le aseguro que un hecho como ese a estas alturas me llevaría a adoptar, sin frases ni gestos, resoluciones muy enérgicas respecto al futuro de mi persona (p. 203)."
Tampoco se olvidaron de los amigos del otro bando, si es que ellos estaban en alguno. La preocupación por la suerte que pudiera correr Julián Besteiro, trágica al fin como sabemos, única autoridad socialista que se quedó en Madrid para entregar la ciudad a las tropas franquistas, llegó a quitar el sueño a Ortega, quien le escribía a Marañón el 30 de marzo de 1939 para ver si éste podía mover alguna de sus influencias, las cuales debía considerar mejores que las suyas:
"¡Con qué dignidad y sentido del deber ha estado Besteiro hasta el último momento! Supongo que lo comprenderá así Franco y que no correrá ningún riesgo pero convenía asegurar que esto es así y hacer lo humanamente posible para que no perturbasen a este hombre que ha hecho tanto por los madrileños victimarios, que está enfermo y es viejo (p. 207)."
Marañón, que se quedó en París durante un tiempo, incluso después de la entrada de las tropas alemanas, también se preocupaba por amigos como Gustavo Pittaluga y por el resto de exiliados en Francia:
" La incapacidad, verdaderamente cerril, que han tenido los actuales gobernantes, para recoger al más de un millón de españoles que están fuera -le escribe a Ortega el 8 de abril de 1940-, obliga a éstos a agruparse y lo hacen en torno de una ilusión liberal, con exclusión de todo comunismo (p. 267)."
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NOTAS
  • [ 13 ] En carta de Marañón a Ortega del 8 de abril de 1940 le dice que el tiempo de la restauración monárquica ha pasado (p. 267), pero antes y después ambos estuvieron, si no inmersos de lleno, sí atentos a las posibilidades de una restauración monárquica para recuperar la democracia.


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