Lo primero y principal para que los epistolarios puedan editarse y se editen rigurosamente es que se conserven. Las Fundación Gregorio Marañón, la Casa Museo Miguel de Unamuno y la Fundación José Ortega y Gasset han hecho aquí un esfuerzo notabilísimo. En el caso concreto de la Fundación José Ortega y Gasset, el acuerdo entre los tres hijos del filósofo permitió transformar un conjunto de papeles en un Archivo ordenado y catalogado de una enorme riqueza para el conocimiento de la historia de la España contemporánea. Además, Soledad Ortega Spottorno desempeñó un papel esencial en la recuperación de las cartas escritas por su padre, para lo que contactó con todos los posibles corresponsales y consiguió que al Archivo llegaran numerosos legados. No estaba entre ellos el de las cartas de Ortega a Helene Weyl, aunque sí se conservaban las que ella mandó a su admirado filósofo. Jaime de Salas puso los ojos en este epistolario a finales de los años ochenta y localizó las cartas que poseía uno de los hijos de Weyl, Michael, en Washington, pero éste, en aquel momento, no quería cederlas a la Fundación Ortega ni publicarlas.
Gesine Märtens, que ha hecho una estupenda tesis doctoral, dirigida por Jaime de Salas y Klaus Christian Köhnke, sobre la relación entre Weyl y Ortega y la recepción de la obra del filósofo español en Alemania
[ 4 ] , heredó el empeño del profesor De Salas y consiguió convencer a los herederos de Weyl de la importancia de depositar estas cartas en la Fundación Ortega (la intervención de Jesús Sánchez Lambás fue decisiva) y de publicarlas.
Como ya he dicho, es un epistolario interesantísimo. Cuenta Märtens en su introducción que todo empezó en 1923, cuando Helene Weyl visitó España junto a su marido, el ya entonces famoso matemático Hermann Weyl. Es posible que Ortega y Helene Weyl se encontrasen en alguno de los diversos actos académicos o en alguna de las reuniones privadas a que Hermann Weyl fue invitado y a los que asistió Ortega, que se movía muy a gusto en ese círculo de científicos cuya cabeza más visible en nuestro país era Blas Cabrera. Mas no parece que el encuentro, si lo hubo, causara una fuerte sensación en ninguno de los dos. Helene Weyl, "mujer emancipada -según la editora-, segura de sí misma y algo excéntrica" (p. 32), que se había formado en algunas de las mejores universidades germanas en Matemáticas y Filosofía, se interesó entonces por las lenguas romances y quiso traducir algunos textos españoles al alemán.
No sabemos bien cómo pero el principal elegido (hubo otros como Juan Ramón Jiménez y Azorín ) fue Ortega, que por sugerencia de Hermann Weyl envió a su mujer algunas obras suyas. Märtens señala que
" la correspondencia pasó por diferentes fases. Comenzó como alegre jugueteo entrelazado con el placer de la aventura de los protagonistas y animado por el exotismo de lo ajeno, el juego con el otro sexo y el disfrute de un mundo de pensamiento común (p. 25)."
A Ortega le hizo ilusión que algunos de sus textos se tradujesen al alemán, en principio para lectura de un círculo privado de amistades intelectuales (entre los que estaban Fritz Ernst, Max Rychner, Karl Anton Rohan y Eduard Korrodi), residentes en Zúrich, donde vivía Helene, y más tarde para algunas revistas suizas y alemanas, hasta que llegó el primer libro, Die Aufgabe unserer Zeit ( El tema de nuestro tiempo ), en 1928.
"Parece increíble la perfección con que se ha apoderado usted de mi estilo-escribe Ortega en carta del 25 de febrero de 1928-. Ha capturado usted mi canario y lo ha soltado usted a volar en aire alemán. Mientras lo leía me causaba una gran delicia sentir que mi lana española ha sido hilada por sus dedos, que ha pasado por su alma y por sus manos palabra a palabra (p. 68)."
El filósofo parecía encantado, pero al año siguiente ya empezó a mostrar sus temores de que su obra no fuese entendida en el mundo germano; ni siquiera creía que la hubiera entendido la propia Weyl, quien publicó un artículo en la Züricher Zeitung que disgustó al filósofo porque le parecía que su traductora consideraba que su filosofía no era sino un poso de lo que él había aprendido en Marburgo, en Scheler, en Simmel (al que Ortega colocaba tres interrogaciones), en Husserl, "con un apéndice de esa vaga cosa que se llama Lebendigkeit " (p. 90). En otra carta paralela, seguramente no enviada porque el original se encontró entre los papeles del filósofo, éste le sugería a Weyl que sustituyera la palabra "vida" por Dasein en textos suyos como "El origen deportivo del Estado", de 1925, para que apreciase la originalidad de su filosofía, "y una vez hecho esto piense en Heidegger" (p. 92). Ortega estaba entonces muy preocupado por sus anticipaciones y la originalidad de su filosofía frente a la obra del pensador alemán, que en 1927 había revolucionado el mundo académico de la Metafísica con su libro Sein und Zeit .
Ortega le dijo entonces a su traductora que no actuase ya más por su cuenta (en realidad lo hacía con el permisivo permiso que le había dado) y que no publicase más cosas suyas, salvo dos libros que iba a enviarle en breve, La rebelión de las masas y Über die lebendinge Vernunft ( Sobre la razón vital -o viviente ). El primero llegó en 1930 y Weyl lo tradujo y publicó en 1931, pero el otro no llegó nunca, como sabemos, a pesar de que Weyl, que tenía una personalidad fuerte y que no se achantaba ante las críticas de su admirado pensador (por ejemplo le replica a sus teorías sobre la mujer en carta del 31 de julio y 3 de agosto de 1928), se lo reclamó en varias ocasiones y consideraba que este libro cubriría todas las malas interpretaciones que de su pensamiento se pudieran haber hecho en Alemania por sus traducciones. Weyl, pienso, había comprendido bastante bien al filósofo español desde el principio:
"No sé si estará usted de acuerdo con mi interpretación -le escribe en carta del 13 de enero de 1926-, pero se me antoja que más que una teoría filosófica lo que quiere dar usted es una nueva sensación del mundo y la vida; y quiero que el lector alemán conozca -a ser posible mediante diferentes objetos- su maravillosa manera de penetrar con amor en lo más grande y lo más pequeño, en los seres humanos y en las cosas así como que se deje llevar por el gran raudal de la vida (p. 50)."