La preocupación sintética, globalizadora, de interconexión
de la sociedad con la política o la cultura, de lo local con lo nacional,
del texto y del contexto, del dato empírico y la reflexión,
están siempre presentes. Don Antonio fue un historiador social no
sólo en los temas en que investigó sino que siempre creyó
que sus aportaciones no podían ni debían quedarse en el mundo
elitista académico. La divulgación que tan mala prensa ha
tenido en nuestro país por el síndrome tradicional de rechazo
del gremio al mercado, tuvo en él un gran cultivador, no sólo
evidenciada en las revistas propias de este género sino en su constante
voluntad de asumir la responsabilidad de escribir síntesis explicativas
y generales en torno a la idea de España. Es significativo que el
historiador que más ha hecho por la regionalización metodológica
concretada especialmente en sus libros de historia de Andalucía,
siempre tuvo la inquietud por la historia general de España, por
salvaguardar, más allá del despiece metodológico regional,
unas señas de identidad comunes a los españoles. Su último
libro, publicado en Marcial Pons, es el mejor testimonio de ello. La visión
de España de Domínguez Ortiz no tiene nada del romanticismo
de Lafuente ni del ideologismo polémico de los historiadores de la
Restauración ni del afán revisionista de Soldevila en la posguerra
española. Pretende reivindicar el positivismo de los historiadores
de las últimas décadas del siglo XIX, depurando previamente
su militancia ideológica, al servicio de una causa con la que la
generación de españoles de la democracia subsiguiente a 1975
nos podemos sentir muy identificados: la normalidad de la historia de España,
la superación de las viejas agonías masoquistas, la integración
de España en Europa
La obra de Domínguez Ortiz nunca ha envejecido. Gozó siempre
de la frescura de la modernidad, de la modernidad no del ruido mediático,
ni de ansiosa busca de interrogantes nuevos, sino de la capacidad de respuestas
nuevas a interrogantes clásicos, de la coherencia con la propia trayectoria
intelectual, de la fidelidad a sus propios principios y convicciones. Precisamente
porque nunca tuvo discípulos universitarios directos su disponibilidad
siempre fue indiscriminada y somos, al menos, dos generaciones de historiadores
los que siempre lo tendremos como referente intelectual y hasta moral en
nuestro ejercicio profesional.
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El dossier que introducen estas páginas constituye el testimonio
de la proyección de la obra de Don Antonio Domínguez Ortiz
en el ámbito de la historia social. Los artículos de Enrique
Soria sobre la nobleza; de Arturo Morgado sobre el clero; de Juan Ignacio
Pulido sobre los conversos; de Amalia García Pedraza sobre los moriscos;
de Pablo Pérez García sobre los pobres; o de Nuria Rodríguez
Bernal sobre los marginados, ponen en evidencia la significación
de las aportaciones de Domínguez Ortiz en cada uno de estos campos
y pretenden ser, al mismo tiempo, el testimonio del agradecimiento y el
cariño de los historiadores españoles hacia el maestro Don
Antonio, que se nos acaba de ir tan silenciosa y discretamente como le gustó
vivir.