Las clases medias constituyen el gran vacío de la obra de historia
social de Don Antonio. Él mismo lo justificaba diciendo que "el
estudio del Tercer Estado presenta una complejidad mayor que el de las clases
privilegiadas y faltaban monografías que allanaran el camino".
La burguesía sólo le interesó indirectamente. Nunca
abordó los proyectos clásicos sobre el fracaso de la revolución
burguesa en España. Pero hay que recordar que en sus estudios de
historia urbana se acercó a esta temática. Ello se puede constatar
en su Orto y ocaso de Sevilla (1941) o La Sevilla del siglo XVII
(1984) o sus reflexiones sobre Granada o Madrid. La historia urbana le acercó
a la burguesía como le vincularon a la misma los estudios de historia
fiscal y financiera como su Política y hacienda de Felipe IV
(1960). En este tipo de trabajos, Don Antonio se mueve entre el interés
por la corte endeudada y por los banqueros prestamistas pero, en medio de
ambos, se encuentra con una sociedad que estimula las relaciones a caballo
del crédito y a ese sustrato social de la deuda pública dedica
no pocas páginas. En este ámbito fue, sin duda, Carande su
principal referente. Pero a Don Antonio siempre le interesó mucho
más el túnel oscuro de la decadencia que los primeras grietas
del Imperio. Es curioso, pero Domínguez Ortiz dedicó mucho
más espacio al siglo XVII que al siglo XVI. Los Reyes Católicos
y su 92 nunca le fascinaron. El Imperio le interesó en su larga agonía
más que en su proyección eufórica. Siempre he creído
que ello se debe a que Domínguez Ortiz nunca perdió un cierto
tono noventaiochista, de interrogaciones sobre las razones del presunto
fracaso histórico español. Y el siglo XVII, en este sentido,
fue el laboratorio empírico ideal. Conectaba, de esa manera, con
el Cánovas historiador también obsesionado por la decadencia.
La diferencia es que las explicaciones del político de la Restauración
fueron de signo prioritariamente político y Don Antonio buscó
siempre la comprensión del problema en el horizonte socioeconómico.
Significativamente, la sensibilidad social de Domínguez Ortiz
encontró su mejor ámbito de proyección en su interés
por el conocimiento de los perdedores de la sociedad. Entre esos perdedores
figuran las víctimas mayoritarias de la Inquisición: conversos
y moriscos. A los primeros les dedicó su La clase social de los
conversos en Castilla en la edad moderna (1952) luego reconvertido en
Los judeoconversos en España y América (1971); a los
segundos les dedicó su Historia de los moriscos (1978), que
escribió en colaboración con Bernard Vincent. La influencia
en este ámbito de Caro Baroja y Américo Castro es bien patente.
A Don Antonio le fascinó de conversos y moriscos no tanto las señas
de identidad antropológica, como a Caro Baroja, ni la función
cultural de los mismos, como a Américo Castro. A él lo que
le apasionó siempre del tema fue la relación de conversos
y moriscos con la Iglesia y el Estado, la dialéctica de estas minorías
con el poder establecido a través de la institución inquisitorial.
La Inquisición en sí misma le interesó poco. Sólo
le dedicó a la Inquisición un libro: Autos de la Inquisición
en Sevilla (1981), que le permitió dar a conocer como fuente
documental las relaciones de autos de fe de la Inquisición. En sus
últimos años se involucró muy directamente en el debate
sobre la obra de Netanyahu y los orígenes de la Inquisición
española. Pero nunca entró en la problemática de la
responsabilidad del Santo Oficio en el atraso cultural español (la
polémica sobre la ciencia española) ni, por supuesto, en las
discusiones sobre la crueldad de los procedimientos inquisitoriales. Siempre
pensó en la Inquisición como en un tribunal destinado a cristianos
nuevos (judeoconversos o moriscos) y no a cristianos viejos. El papel de
la Inquisición en el marco del rearme católico contrarreformista
no le interesó. Lo que buscó en la Inquisición fue
su función en el ámbito de la contracultura, no en el del
sexo ni en el de la ideología.
Tras conversos y moriscos, a Don Antonio le preocupó la proyección
histórica de otros perdedores sistemáticamente olvidados de
la historia, tales como pobres, gitanos, extranjeros, expósitos,
prostitutas Marginales de la historia oficial a los que Don Antonio dedicó
toda su capacidad de ternura. Sin un referente sesentaiochista como los
que en Europa se utilizaron para legitimar el interés de la historiografía
de los setenta hacia estos olvidados, sin ningún tipo de advocación
teórica a los Foucault, Don Antonio dirigió su atención
hacia los sujetos pacientes de la historia que no tuvieron ni capacidad
para rebelarse colectivamente contra el sistema. A Domínguez Ortiz
le interesaron más las orillas del conflicto social que no el núcleo
del mismo. De hecho, sobre revueltas sólo escribió su Alteraciones
andaluzas (1973), libro con el que está más cerca del
Hobsbawn de los Rebeldes primitivos que de la historiografía
de las revueltas de los Hill o Soboul, en aquel momento tan de moda. Pero
la obra de investigación en historia social de Domínguez Ortiz
no se puede separar de su vocación de historiador "generalista"
que intenta explicar globalmente la realidad histórica que la investigación
previamente le ha mostrado. Y, en este sentido, desde aquella su clásica
colaboración en la Historia económica y social de España
y América (1961) a las reflexiones vertidas en su última
historia de España: España. Tres milenos de historia
(2000).