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Historia Social 47 Historia Social

Antonio Domínguez Ortiz, un historiador social

por Ricardo García Cárcel
Historia Social nº 47, IV 2003

Número de páginas: 4
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Las clases medias constituyen el gran vacío de la obra de historia social de Don Antonio. Él mismo lo justificaba diciendo que "el estudio del Tercer Estado presenta una complejidad mayor que el de las clases privilegiadas y faltaban monografías que allanaran el camino". La burguesía sólo le interesó indirectamente. Nunca abordó los proyectos clásicos sobre el fracaso de la revolución burguesa en España. Pero hay que recordar que en sus estudios de historia urbana se acercó a esta temática. Ello se puede constatar en su Orto y ocaso de Sevilla (1941) o La Sevilla del siglo XVII (1984) o sus reflexiones sobre Granada o Madrid. La historia urbana le acercó a la burguesía como le vincularon a la misma los estudios de historia fiscal y financiera como su Política y hacienda de Felipe IV (1960). En este tipo de trabajos, Don Antonio se mueve entre el interés por la corte endeudada y por los banqueros prestamistas pero, en medio de ambos, se encuentra con una sociedad que estimula las relaciones a caballo del crédito y a ese sustrato social de la deuda pública dedica no pocas páginas. En este ámbito fue, sin duda, Carande su principal referente. Pero a Don Antonio siempre le interesó mucho más el túnel oscuro de la decadencia que los primeras grietas del Imperio. Es curioso, pero Domínguez Ortiz dedicó mucho más espacio al siglo XVII que al siglo XVI. Los Reyes Católicos y su 92 nunca le fascinaron. El Imperio le interesó en su larga agonía más que en su proyección eufórica. Siempre he creído que ello se debe a que Domínguez Ortiz nunca perdió un cierto tono noventaiochista, de interrogaciones sobre las razones del presunto fracaso histórico español. Y el siglo XVII, en este sentido, fue el laboratorio empírico ideal. Conectaba, de esa manera, con el Cánovas historiador también obsesionado por la decadencia. La diferencia es que las explicaciones del político de la Restauración fueron de signo prioritariamente político y Don Antonio buscó siempre la comprensión del problema en el horizonte socioeconómico.
Significativamente, la sensibilidad social de Domínguez Ortiz encontró su mejor ámbito de proyección en su interés por el conocimiento de los perdedores de la sociedad. Entre esos perdedores figuran las víctimas mayoritarias de la Inquisición: conversos y moriscos. A los primeros les dedicó su La clase social de los conversos en Castilla en la edad moderna (1952) luego reconvertido en Los judeoconversos en España y América (1971); a los segundos les dedicó su Historia de los moriscos (1978), que escribió en colaboración con Bernard Vincent. La influencia en este ámbito de Caro Baroja y Américo Castro es bien patente. A Don Antonio le fascinó de conversos y moriscos no tanto las señas de identidad antropológica, como a Caro Baroja, ni la función cultural de los mismos, como a Américo Castro. A él lo que le apasionó siempre del tema fue la relación de conversos y moriscos con la Iglesia y el Estado, la dialéctica de estas minorías con el poder establecido a través de la institución inquisitorial. La Inquisición en sí misma le interesó poco. Sólo le dedicó a la Inquisición un libro: Autos de la Inquisición en Sevilla (1981), que le permitió dar a conocer como fuente documental las relaciones de autos de fe de la Inquisición. En sus últimos años se involucró muy directamente en el debate sobre la obra de Netanyahu y los orígenes de la Inquisición española. Pero nunca entró en la problemática de la responsabilidad del Santo Oficio en el atraso cultural español (la polémica sobre la ciencia española) ni, por supuesto, en las discusiones sobre la crueldad de los procedimientos inquisitoriales. Siempre pensó en la Inquisición como en un tribunal destinado a cristianos nuevos (judeoconversos o moriscos) y no a cristianos viejos. El papel de la Inquisición en el marco del rearme católico contrarreformista no le interesó. Lo que buscó en la Inquisición fue su función en el ámbito de la contracultura, no en el del sexo ni en el de la ideología.
Tras conversos y moriscos, a Don Antonio le preocupó la proyección histórica de otros perdedores sistemáticamente olvidados de la historia, tales como pobres, gitanos, extranjeros, expósitos, prostitutas Marginales de la historia oficial a los que Don Antonio dedicó toda su capacidad de ternura. Sin un referente sesentaiochista como los que en Europa se utilizaron para legitimar el interés de la historiografía de los setenta hacia estos olvidados, sin ningún tipo de advocación teórica a los Foucault, Don Antonio dirigió su atención hacia los sujetos pacientes de la historia que no tuvieron ni capacidad para rebelarse colectivamente contra el sistema. A Domínguez Ortiz le interesaron más las orillas del conflicto social que no el núcleo del mismo. De hecho, sobre revueltas sólo escribió su Alteraciones andaluzas (1973), libro con el que está más cerca del Hobsbawn de los Rebeldes primitivos que de la historiografía de las revueltas de los Hill o Soboul, en aquel momento tan de moda. Pero la obra de investigación en historia social de Domínguez Ortiz no se puede separar de su vocación de historiador "generalista" que intenta explicar globalmente la realidad histórica que la investigación previamente le ha mostrado. Y, en este sentido, desde aquella su clásica colaboración en la Historia económica y social de España y América (1961) a las reflexiones vertidas en su última historia de España: España. Tres milenos de historia (2000).
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