En sus análisis históricos, primó siempre la sensatez,
el sentido común sobre cualquier otro criterio ideologista o sectario.
Él siempre se opuso a la utilización presentista de la historia,
al ideologismo rampante que manipula el pasado o la conversión del
historiador en juez. Defendió la necesidad del rechazo a la retórica
y el subjetivismo. Su honestidad intelectual ejercida "sin ira y sin
nostalgia" fue su guía permanente. Su método parte de
lo que Álvarez Santaló llama "la erudición eficaz",
el empirismo inteligente del conocimiento documental para, desde ahí
y tras el cotejo con la historiografía previa, formular las hipótesis
interpretativas que le conducirán por la vía de la inducción
a la explicación racional de los problemas formulados. Su teoría
de la historia es ecléctica, nunca determinista ni parcial. Su actitud
ante el marxismo la explicó a Bakewell así: "No soy marxista,
pero resulta obvio que la escuela marxista se interesa en muchos temas que
me preocupan. Si el trabajo es llevado a cabo por historiadores capaces
y honestos, incluso aunque puedan existir diferencias metodológicas,
al fin los resultados conseguidos son los mismos. Por ejemplo, Pierre Vilar
y yo estamos de acuerdo en casi todo. Las colisiones ideológicas,
los enfrentamientos entre escuelas suelen tener lugar en los niveles más
bajos. Debe predominar siempre la honestidad y la buena fe." Y, efectivamente,
Don Antonio nunca tuvo problemas a la hora de conjugar el mundo intelectual
de Viñas Mey y su Instituto Balmes de Sociología con la obra
de Vilar o Vicens Vives que, por cierto, lo valoró mucho en años
en los que Don Antonio era un total desconocido en el mundo académico.
Le separaba de Vicens el hecho de que Domínguez Ortiz era la antítesis
de la fiebre organizativa, la ambición política, la capacidad
gerencial de Vicens, la fe en la universidad como plataforma ineludible
de investigación. Pero les unió la pasión por la historia
social, la admiración mutua, el talante liberal, la ilusión
por contribuir a cambiar el rumbo de la historiografía española.
Don Antonio nunca sirvió a ideología alguna, ni tuvo un
referente apriorístico único. El secreto de su supervivencia
intelectual, de la prolongación excepcional de su vigencia, de su
eterna juventud ha estado precisamenten en su independencia, su insensibilidad
a las modas o los mecanismos coyunturales. Le fascinó siempre la
sociedad en sus vertientes de continuidad y cambio. Su eje conceptual no
fue la clase social porque siempre creyó que la complejidad de las
relaciones sociales no se podía encerrar en el mero conflicto o lucha
de clases. Le interesó siempre lo económico, pero mucho antes
de que empezara en España la historia de las mentalidades (en los
ochenta) él había introducido variables en el comportamiento
social de honor o prestigio, de clientelismo familiar que nada tenían
que ver con el determinismo económico. Dentro de las diversas órdenes
o grupos sociales, la investigación de Domínguez Ortiz se
polarizó hacia la nobleza y el clero, los estamentos privilegiados.
Su libro estelar al respecto fue La sociedad española en el siglo
XVII. El estamento nobiliario (1963) y El estamento eclesiástico
(1970) que luego refundiría en su Las clases privilegiadas en
la España del Antiguo Régimen (1973). El siglo XVIII sería
abordado en su La sociedad española del siglo XVIII (1955),
luego convertido en Sociedad y estado en el siglo XVIII español
(1976), libro éste al que Don Antonio tributaba especial devoción
porque, como decía él mismo en su entrevista con Bakewell:
"tiene el mérito de haber anticipado la tendencia actual a regionalizar
la historia", una regionalización de la que él sería
pionero indiscutible, al mismo tiempo que en sus últimos años
de vida esa regionalización metodológica le generaría
inquietudes ideológicas ante la escalada de los nacionalismos periféricos.
El interés por la nobleza y por el clero no era circunstancial. La
nobleza y el clero le sirvieron para intentar responder a las viejas preguntas
sobre las razones del fracaso o la decadencia histórica española.
No hay que olvidar que el punto de partida, la sombra que marca la trayectoria
biográfica de Don Antonio, fue el 98 y las preguntas que se formularon
los hombres del 98. El parasitismo señorial y la histórica
dependencia del Estado respecto a las directrices eclesiásticas marcaron
las inquietudes de Domínguez Ortiz en este terreno. En el estudio
de la nobleza tendió un puente entre la historiografía positivista
descriptora de genealogías y linajes con las preocupaciones conceptuales
de la historiografía marxista, obsesionada por la problemática
del feudalismo. En el estudio del clero se preocupó especialmente
por el poder de la iglesia, el contraste entre la iglesia oficial y la religiosidad
popular. Más de una vez se constata una tensión entre las
propias creencias personales del historiador íntimamente católico
y el notable distanciamiento que le provocan las instituciones eclesiásticas
y su aparato de poder. Diríase que Domínguez Ortiz tiene mucho
de erasmista a lo Bataillon, aunque nunca tuvo conciencia militante de ello.