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Historia Social 47 Historia Social

Antonio Domínguez Ortiz, un historiador social

por Ricardo García Cárcel
Historia Social nº 47, IV 2003

Número de páginas: 4
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En sus análisis históricos, primó siempre la sensatez, el sentido común sobre cualquier otro criterio ideologista o sectario. Él siempre se opuso a la utilización presentista de la historia, al ideologismo rampante que manipula el pasado o la conversión del historiador en juez. Defendió la necesidad del rechazo a la retórica y el subjetivismo. Su honestidad intelectual ejercida "sin ira y sin nostalgia" fue su guía permanente. Su método parte de lo que Álvarez Santaló llama "la erudición eficaz", el empirismo inteligente del conocimiento documental para, desde ahí y tras el cotejo con la historiografía previa, formular las hipótesis interpretativas que le conducirán por la vía de la inducción a la explicación racional de los problemas formulados. Su teoría de la historia es ecléctica, nunca determinista ni parcial. Su actitud ante el marxismo la explicó a Bakewell así: "No soy marxista, pero resulta obvio que la escuela marxista se interesa en muchos temas que me preocupan. Si el trabajo es llevado a cabo por historiadores capaces y honestos, incluso aunque puedan existir diferencias metodológicas, al fin los resultados conseguidos son los mismos. Por ejemplo, Pierre Vilar y yo estamos de acuerdo en casi todo. Las colisiones ideológicas, los enfrentamientos entre escuelas suelen tener lugar en los niveles más bajos. Debe predominar siempre la honestidad y la buena fe." Y, efectivamente, Don Antonio nunca tuvo problemas a la hora de conjugar el mundo intelectual de Viñas Mey y su Instituto Balmes de Sociología con la obra de Vilar o Vicens Vives que, por cierto, lo valoró mucho en años en los que Don Antonio era un total desconocido en el mundo académico. Le separaba de Vicens el hecho de que Domínguez Ortiz era la antítesis de la fiebre organizativa, la ambición política, la capacidad gerencial de Vicens, la fe en la universidad como plataforma ineludible de investigación. Pero les unió la pasión por la historia social, la admiración mutua, el talante liberal, la ilusión por contribuir a cambiar el rumbo de la historiografía española.
Don Antonio nunca sirvió a ideología alguna, ni tuvo un referente apriorístico único. El secreto de su supervivencia intelectual, de la prolongación excepcional de su vigencia, de su eterna juventud ha estado precisamenten en su independencia, su insensibilidad a las modas o los mecanismos coyunturales. Le fascinó siempre la sociedad en sus vertientes de continuidad y cambio. Su eje conceptual no fue la clase social porque siempre creyó que la complejidad de las relaciones sociales no se podía encerrar en el mero conflicto o lucha de clases. Le interesó siempre lo económico, pero mucho antes de que empezara en España la historia de las mentalidades (en los ochenta) él había introducido variables en el comportamiento social de honor o prestigio, de clientelismo familiar que nada tenían que ver con el determinismo económico. Dentro de las diversas órdenes o grupos sociales, la investigación de Domínguez Ortiz se polarizó hacia la nobleza y el clero, los estamentos privilegiados. Su libro estelar al respecto fue La sociedad española en el siglo XVII. El estamento nobiliario (1963) y El estamento eclesiástico (1970) que luego refundiría en su Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen (1973). El siglo XVIII sería abordado en su La sociedad española del siglo XVIII (1955), luego convertido en Sociedad y estado en el siglo XVIII español (1976), libro éste al que Don Antonio tributaba especial devoción porque, como decía él mismo en su entrevista con Bakewell: "tiene el mérito de haber anticipado la tendencia actual a regionalizar la historia", una regionalización de la que él sería pionero indiscutible, al mismo tiempo que en sus últimos años de vida esa regionalización metodológica le generaría inquietudes ideológicas ante la escalada de los nacionalismos periféricos. El interés por la nobleza y por el clero no era circunstancial. La nobleza y el clero le sirvieron para intentar responder a las viejas preguntas sobre las razones del fracaso o la decadencia histórica española. No hay que olvidar que el punto de partida, la sombra que marca la trayectoria biográfica de Don Antonio, fue el 98 y las preguntas que se formularon los hombres del 98. El parasitismo señorial y la histórica dependencia del Estado respecto a las directrices eclesiásticas marcaron las inquietudes de Domínguez Ortiz en este terreno. En el estudio de la nobleza tendió un puente entre la historiografía positivista descriptora de genealogías y linajes con las preocupaciones conceptuales de la historiografía marxista, obsesionada por la problemática del feudalismo. En el estudio del clero se preocupó especialmente por el poder de la iglesia, el contraste entre la iglesia oficial y la religiosidad popular. Más de una vez se constata una tensión entre las propias creencias personales del historiador íntimamente católico y el notable distanciamiento que le provocan las instituciones eclesiásticas y su aparato de poder. Diríase que Domínguez Ortiz tiene mucho de erasmista a lo Bataillon, aunque nunca tuvo conciencia militante de ello.
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