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Historia Social

Antonio Domínguez Ortiz, un historiador social

por Ricardo García Cárcel

Historia Social nº 47, IV 2003

Este número monográfico de Historia Social se planificó, y los artículos se encargaron, antes de la muerte de Don Antonio Domínguez Ortiz. El día 21 de enero de 2003, a los 93 años, nos dejó Don Antonio. Mis palabras aquí no pueden ser de distanciada introducción al homenaje académico a un ilustre historiador. La muerte del maestro Don Antonio tiñe de tristeza nuestro ánimo y, desde luego, amenaza con deslizar esta presentación del dossier hacia la glosa necrológica. Intentaremos, en cualquier caso, evitar el riesgo de la evocación sentimental, de la mera efusión emocional, para plantear alguna reflexión sobre el perfil de Domínguez Ortiz como historiador social. Empezaremos por decir al respecto que Domínguez Ortiz pertenecía a la generación de españoles nacidos inmediatamente después del hito histórico que representa 1898, la generación que algunos historiadores han llamado de los primeros herederos del 98. Don Antonio nació en 1909 en Sevilla, en un año ciertamente cargado de connotaciones políticas, la mayor parte sombrías e inquietantes respecto al futuro hispánico. Su padre era un artesano-artista bienestante, bastante culto, lo que propició su afición a la lectura que pudo cultivar en la propia biblioteca familiar. Su formación de origen fue autodidacta y su escolarización tardía. Sus estudios universitarios en Sevilla los ejerció con la ayuda de trabajos ocasionales en el Archivo de Indias. En Sevilla tuvo algunos buenos profesores, como el historiador del arte Francisco Murillo, el poeta Jorge Guillén, el medievalista Juan de Mata Carriazo o el contemporaneista Jesús Pabón. La dedicación política de este último como diputado en el parlamento de la República, llevó a Domínguez Ortiz a la enseñanza universitaria como sustituto de aquél desde 1933, pero pronto consolidaría su estatus profesional como catedrático de instituto a los treintaiún años, en 1940.

Don Antonio profesionalmente fue un catedrático de instituto que, en un contexto ni política ni profesionalmente fácil, y a partir de una capacidad de trabajo excepcional, se dedicó a la investigación por pura pasión por la historia. Sin expectativas profesionales que quedaron pronto frustradas en el turbio mundo de las oposiciones a cátedras universitarias, por razones políticas (nula identificación ideológica con el grupo de presión que controlaba entonces la carrera académica universitaria) y, sin duda, gremiales (penalización de una persona que siempre hizo de la independencia su principal credo ideológico). Sin alumnos directos a los que dirigir tesis o trabajos de investigación, sin capacidad de multiplicación y reproducción de sus propios objetos de interés científico; sin la presión del coyunturalismo político que, ya desde 1956 y sobre todo en los años sesenta, empieza a vivirse en la universidad franquista. Todo ello, a la postre, que hubiera sido un serio obstáculo a los estímulos investigadores, Don Antonio lo convirtió en un privilegio que le permitió incentivar cuantitativamente su producción más que nadie en la universidad española, garantizar la capacidad de hacer siempre lo que le pidió su propio instinto de historiador sin afectaciones ni influencias desvirtuadoras, ser, en definitiva, libre de espíritu para asumir su propio proyecto de vida y de oficio de historiador. En la década 1941-1951 sólo publicó un libro Orto y ocaso de Sevilla (1941). En la década siguiente publicó seis libros y uno de síntesis. Entre 1962 y 1972 publicó siete libros, cuatro de los cuales fueron monografías de investigación. En la década siguiente, publicó ocho y en la inmediatamente posterior, otros tantos. La progresión cuantitativa es evidente lo que revela una actividad ciertamente excepcional, a la luz de lo que desgasta el propio trabajo docente en el ámbito de la enseñanza media. Sus publicaciones inciden en multitud de temas diferentes, pero su condición de historiador social es evidente a lo largo y a lo ancho de las mismas.

En una entrevista que le hizo Bakewell en 1985 é [ 1 ] subrayaba que fue su padre el primero que le insistía en que "la historia no debía ser sólo de los reyes, los generales También debía de ser de los carpinteros, zapateros, etc.". Lo cierto es que Don Antonio fue un historiador social en la época en la que el adjetivo social estaba cargado de connotaciones siniestras. A lo social llegó, más que por una adscripción ideológica determinada, por la sensibilidad ante la cotidianidad, las estructuras que quedan, la fuerza indestructible de la realidad pura y dura, tapada o disfrazada por el oropel político y sus oscilaciones coyunturales. Y esa concepción de la historia sensible hacia el estudio de la sociedad, Domínguez Ortiz la proyecta no desde una preocupación teórica ni desde la influencia directriz que le pudieron proporcionar la lectura de las obras de Braudel o Febvre. Su sistema de trabajo fue siempre el simple ejercicio de la inteligencia aplicado al conocimiento empírico de las fuentes. Los propios temas de investigación no fueron resultado de un apriorismo conceptual sino el resultado del estudio exhaustivo de los ficheros de la biblioteca universitaria de Granada o de los catálogos de manuscritos de la Biblioteca Nacional, como confesó al citado Bakewell en la referida entrevista.

En sus análisis históricos, primó siempre la sensatez, el sentido común sobre cualquier otro criterio ideologista o sectario. Él siempre se opuso a la utilización presentista de la historia, al ideologismo rampante que manipula el pasado o la conversión del historiador en juez. Defendió la necesidad del rechazo a la retórica y el subjetivismo. Su honestidad intelectual ejercida "sin ira y sin nostalgia" fue su guía permanente. Su método parte de lo que Álvarez Santaló llama "la erudición eficaz", el empirismo inteligente del conocimiento documental para, desde ahí y tras el cotejo con la historiografía previa, formular las hipótesis interpretativas que le conducirán por la vía de la inducción a la explicación racional de los problemas formulados. Su teoría de la historia es ecléctica, nunca determinista ni parcial. Su actitud ante el marxismo la explicó a Bakewell así: "No soy marxista, pero resulta obvio que la escuela marxista se interesa en muchos temas que me preocupan. Si el trabajo es llevado a cabo por historiadores capaces y honestos, incluso aunque puedan existir diferencias metodológicas, al fin los resultados conseguidos son los mismos. Por ejemplo, Pierre Vilar y yo estamos de acuerdo en casi todo. Las colisiones ideológicas, los enfrentamientos entre escuelas suelen tener lugar en los niveles más bajos. Debe predominar siempre la honestidad y la buena fe." Y, efectivamente, Don Antonio nunca tuvo problemas a la hora de conjugar el mundo intelectual de Viñas Mey y su Instituto Balmes de Sociología con la obra de Vilar o Vicens Vives que, por cierto, lo valoró mucho en años en los que Don Antonio era un total desconocido en el mundo académico. Le separaba de Vicens el hecho de que Domínguez Ortiz era la antítesis de la fiebre organizativa, la ambición política, la capacidad gerencial de Vicens, la fe en la universidad como plataforma ineludible de investigación. Pero les unió la pasión por la historia social, la admiración mutua, el talante liberal, la ilusión por contribuir a cambiar el rumbo de la historiografía española.

Don Antonio nunca sirvió a ideología alguna, ni tuvo un referente apriorístico único. El secreto de su supervivencia intelectual, de la prolongación excepcional de su vigencia, de su eterna juventud ha estado precisamenten en su independencia, su insensibilidad a las modas o los mecanismos coyunturales. Le fascinó siempre la sociedad en sus vertientes de continuidad y cambio. Su eje conceptual no fue la clase social porque siempre creyó que la complejidad de las relaciones sociales no se podía encerrar en el mero conflicto o lucha de clases. Le interesó siempre lo económico, pero mucho antes de que empezara en España la historia de las mentalidades (en los ochenta) él había introducido variables en el comportamiento social de honor o prestigio, de clientelismo familiar que nada tenían que ver con el determinismo económico. Dentro de las diversas órdenes o grupos sociales, la investigación de Domínguez Ortiz se polarizó hacia la nobleza y el clero, los estamentos privilegiados. Su libro estelar al respecto fue La sociedad española en el siglo XVII. El estamento nobiliario (1963) y El estamento eclesiástico (1970) que luego refundiría en su Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen (1973). El siglo XVIII sería abordado en su La sociedad española del siglo XVIII (1955), luego convertido en Sociedad y estado en el siglo XVIII español (1976), libro éste al que Don Antonio tributaba especial devoción porque, como decía él mismo en su entrevista con Bakewell: "tiene el mérito de haber anticipado la tendencia actual a regionalizar la historia", una regionalización de la que él sería pionero indiscutible, al mismo tiempo que en sus últimos años de vida esa regionalización metodológica le generaría inquietudes ideológicas ante la escalada de los nacionalismos periféricos. El interés por la nobleza y por el clero no era circunstancial. La nobleza y el clero le sirvieron para intentar responder a las viejas preguntas sobre las razones del fracaso o la decadencia histórica española. No hay que olvidar que el punto de partida, la sombra que marca la trayectoria biográfica de Don Antonio, fue el 98 y las preguntas que se formularon los hombres del 98. El parasitismo señorial y la histórica dependencia del Estado respecto a las directrices eclesiásticas marcaron las inquietudes de Domínguez Ortiz en este terreno. En el estudio de la nobleza tendió un puente entre la historiografía positivista descriptora de genealogías y linajes con las preocupaciones conceptuales de la historiografía marxista, obsesionada por la problemática del feudalismo. En el estudio del clero se preocupó especialmente por el poder de la iglesia, el contraste entre la iglesia oficial y la religiosidad popular. Más de una vez se constata una tensión entre las propias creencias personales del historiador íntimamente católico y el notable distanciamiento que le provocan las instituciones eclesiásticas y su aparato de poder. Diríase que Domínguez Ortiz tiene mucho de erasmista a lo Bataillon, aunque nunca tuvo conciencia militante de ello.

Las clases medias constituyen el gran vacío de la obra de historia social de Don Antonio. Él mismo lo justificaba diciendo que "el estudio del Tercer Estado presenta una complejidad mayor que el de las clases privilegiadas y faltaban monografías que allanaran el camino". La burguesía sólo le interesó indirectamente. Nunca abordó los proyectos clásicos sobre el fracaso de la revolución burguesa en España. Pero hay que recordar que en sus estudios de historia urbana se acercó a esta temática. Ello se puede constatar en su Orto y ocaso de Sevilla (1941) o La Sevilla del siglo XVII (1984) o sus reflexiones sobre Granada o Madrid. La historia urbana le acercó a la burguesía como le vincularon a la misma los estudios de historia fiscal y financiera como su Política y hacienda de Felipe IV (1960). En este tipo de trabajos, Don Antonio se mueve entre el interés por la corte endeudada y por los banqueros prestamistas pero, en medio de ambos, se encuentra con una sociedad que estimula las relaciones a caballo del crédito y a ese sustrato social de la deuda pública dedica no pocas páginas. En este ámbito fue, sin duda, Carande su principal referente. Pero a Don Antonio siempre le interesó mucho más el túnel oscuro de la decadencia que los primeras grietas del Imperio. Es curioso, pero Domínguez Ortiz dedicó mucho más espacio al siglo XVII que al siglo XVI. Los Reyes Católicos y su 92 nunca le fascinaron. El Imperio le interesó en su larga agonía más que en su proyección eufórica. Siempre he creído que ello se debe a que Domínguez Ortiz nunca perdió un cierto tono noventaiochista, de interrogaciones sobre las razones del presunto fracaso histórico español. Y el siglo XVII, en este sentido, fue el laboratorio empírico ideal. Conectaba, de esa manera, con el Cánovas historiador también obsesionado por la decadencia. La diferencia es que las explicaciones del político de la Restauración fueron de signo prioritariamente político y Don Antonio buscó siempre la comprensión del problema en el horizonte socioeconómico.

Significativamente, la sensibilidad social de Domínguez Ortiz encontró su mejor ámbito de proyección en su interés por el conocimiento de los perdedores de la sociedad. Entre esos perdedores figuran las víctimas mayoritarias de la Inquisición: conversos y moriscos. A los primeros les dedicó su La clase social de los conversos en Castilla en la edad moderna (1952) luego reconvertido en Los judeoconversos en España y América (1971); a los segundos les dedicó su Historia de los moriscos (1978), que escribió en colaboración con Bernard Vincent. La influencia en este ámbito de Caro Baroja y Américo Castro es bien patente. A Don Antonio le fascinó de conversos y moriscos no tanto las señas de identidad antropológica, como a Caro Baroja, ni la función cultural de los mismos, como a Américo Castro. A él lo que le apasionó siempre del tema fue la relación de conversos y moriscos con la Iglesia y el Estado, la dialéctica de estas minorías con el poder establecido a través de la institución inquisitorial. La Inquisición en sí misma le interesó poco. Sólo le dedicó a la Inquisición un libro: Autos de la Inquisición en Sevilla (1981), que le permitió dar a conocer como fuente documental las relaciones de autos de fe de la Inquisición. En sus últimos años se involucró muy directamente en el debate sobre la obra de Netanyahu y los orígenes de la Inquisición española. Pero nunca entró en la problemática de la responsabilidad del Santo Oficio en el atraso cultural español (la polémica sobre la ciencia española) ni, por supuesto, en las discusiones sobre la crueldad de los procedimientos inquisitoriales. Siempre pensó en la Inquisición como en un tribunal destinado a cristianos nuevos (judeoconversos o moriscos) y no a cristianos viejos. El papel de la Inquisición en el marco del rearme católico contrarreformista no le interesó. Lo que buscó en la Inquisición fue su función en el ámbito de la contracultura, no en el del sexo ni en el de la ideología.

Tras conversos y moriscos, a Don Antonio le preocupó la proyección histórica de otros perdedores sistemáticamente olvidados de la historia, tales como pobres, gitanos, extranjeros, expósitos, prostitutas Marginales de la historia oficial a los que Don Antonio dedicó toda su capacidad de ternura. Sin un referente sesentaiochista como los que en Europa se utilizaron para legitimar el interés de la historiografía de los setenta hacia estos olvidados, sin ningún tipo de advocación teórica a los Foucault, Don Antonio dirigió su atención hacia los sujetos pacientes de la historia que no tuvieron ni capacidad para rebelarse colectivamente contra el sistema. A Domínguez Ortiz le interesaron más las orillas del conflicto social que no el núcleo del mismo. De hecho, sobre revueltas sólo escribió su Alteraciones andaluzas (1973), libro con el que está más cerca del Hobsbawn de los Rebeldes primitivos que de la historiografía de las revueltas de los Hill o Soboul, en aquel momento tan de moda. Pero la obra de investigación en historia social de Domínguez Ortiz no se puede separar de su vocación de historiador "generalista" que intenta explicar globalmente la realidad histórica que la investigación previamente le ha mostrado. Y, en este sentido, desde aquella su clásica colaboración en la Historia económica y social de España y América (1961) a las reflexiones vertidas en su última historia de España: España. Tres milenos de historia (2000).

La preocupación sintética, globalizadora, de interconexión de la sociedad con la política o la cultura, de lo local con lo nacional, del texto y del contexto, del dato empírico y la reflexión, están siempre presentes. Don Antonio fue un historiador social no sólo en los temas en que investigó sino que siempre creyó que sus aportaciones no podían ni debían quedarse en el mundo elitista académico. La divulgación que tan mala prensa ha tenido en nuestro país por el síndrome tradicional de rechazo del gremio al mercado, tuvo en él un gran cultivador, no sólo evidenciada en las revistas propias de este género sino en su constante voluntad de asumir la responsabilidad de escribir síntesis explicativas y generales en torno a la idea de España. Es significativo que el historiador que más ha hecho por la regionalización metodológica concretada especialmente en sus libros de historia de Andalucía, siempre tuvo la inquietud por la historia general de España, por salvaguardar, más allá del despiece metodológico regional, unas señas de identidad comunes a los españoles. Su último libro, publicado en Marcial Pons, es el mejor testimonio de ello. La visión de España de Domínguez Ortiz no tiene nada del romanticismo de Lafuente ni del ideologismo polémico de los historiadores de la Restauración ni del afán revisionista de Soldevila en la posguerra española. Pretende reivindicar el positivismo de los historiadores de las últimas décadas del siglo XIX, depurando previamente su militancia ideológica, al servicio de una causa con la que la generación de españoles de la democracia subsiguiente a 1975 nos podemos sentir muy identificados: la normalidad de la historia de España, la superación de las viejas agonías masoquistas, la integración de España en Europa

La obra de Domínguez Ortiz nunca ha envejecido. Gozó siempre de la frescura de la modernidad, de la modernidad no del ruido mediático, ni de ansiosa busca de interrogantes nuevos, sino de la capacidad de respuestas nuevas a interrogantes clásicos, de la coherencia con la propia trayectoria intelectual, de la fidelidad a sus propios principios y convicciones. Precisamente porque nunca tuvo discípulos universitarios directos su disponibilidad siempre fue indiscriminada y somos, al menos, dos generaciones de historiadores los que siempre lo tendremos como referente intelectual y hasta moral en nuestro ejercicio profesional. [ 2 ]

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El dossier que introducen estas páginas constituye el testimonio de la proyección de la obra de Don Antonio Domínguez Ortiz en el ámbito de la historia social. Los artículos de Enrique Soria sobre la nobleza; de Arturo Morgado sobre el clero; de Juan Ignacio Pulido sobre los conversos; de Amalia García Pedraza sobre los moriscos; de Pablo Pérez García sobre los pobres; o de Nuria Rodríguez Bernal sobre los marginados, ponen en evidencia la significación de las aportaciones de Domínguez Ortiz en cada uno de estos campos y pretenden ser, al mismo tiempo, el testimonio del agradecimiento y el cariño de los historiadores españoles hacia el maestro Don Antonio, que se nos acaba de ir tan silenciosa y discretamente como le gustó vivir.

NOTAS

  • [ 1 ] Se trata de una conferencia dictada en Madrid el día 7 de noviembre de 2001 durante el ciclo de conferencias y acción "Márgenes de la Creación" organizado por el filósofo Ignacio Castro en Cruce: arte y pensamiento.
  • [ 2 ] Su vida de trabajo docente en el bachillerato mereció el reconocimiento académico y social, sobre todo desde su jubilación. Fue académico de la Historia desde 1974, académico de la British Academy, de la Academia de la Historia de Venezuela, de la Academia de Buenas Letras de Sevilla, de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba y recibió infinidad de premios y distinciones, entre las que destacan el "Príncipe de Asturias" de Ciencias Sociales en 1982 y el Menéndez Pidal de Investigación Histórica de 1986, la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio o la condición de Andaluz Universal por designación de la Junta de Andalucía en 1983.

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