IV
Dos libros de Semprún comparten lo que podemos llamar su carácter iniciático: El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez. Con el primero se inicia su carrera literaria y su aproximación a la deportación y a los campos de concentración. El segundo responde a la necesidad de contar su militancia comunista y sus diferencias con el grupo dirigente del PCE. Pero esos dos libros tienen además en común el haber nacido tras largos años de silencio sobre los hechos que relatan. Del primero ya hemos hablado. El segundo fue publicado en 1977, pocos meses después de haberse legalizado el PCE. En el mismo recuerda y somete a juicio hechos que tuvieron lugar más de diez años antes: su proceso de expulsión, junto a Fernando Claudín, del Partido Comunista. Esta distancia que se toma Semprún confiere a sus libros de memorias -y muy particularmente a la Autobiografía de Federico Sánchez- un fuerte componente crítico: su memoria recuerda críticamente, no se limita a hacer una exposición fría de los acontecimientos -eso no lo hace ningún libro de memorias- sino que los expone formando parte de un proceso más largo en el espacio y en el tiempo, que tiene que ver desde luego con su propia vida pero también con la historia del PCE y muy en particular con la figura del Santiago Carrillo. Memoria autocrítica que se vuelve sobre su biografía política para pensarla de nuevo y reexponerla ante sí y ante los demás; y memoria crítica sobre el PCE, su historia, su lugar en la historia de España y del mundo, sus contradicciones internas, su grandeza también. Crítica sistemática en ambos casos, en un estilo panfletario -Gregorio Morán habla de «brillante panfleto»
[ 53 ] - extraordinariamente eficaz pues llamó enseguida la atención de lectores e historiadores. El libro se vendió por millares y, como dirá el propio Semprún muchos años más tarde, fue la primera vez que «me había visto confrontado a una imagen pública de mí mismo».
[ 54 ] Libro que también marca un hito en la historiografía del Partido Comunista: sería apasionante comparar esas dos etapas -la de antes y después de 1977- pero baste decir de momento que el libro de Semprún está citado por todos los historiadores que desde entonces se han dedicado a escribir la historia del PCE. Pero la crítica de Semprún no es indiscriminada. En modo alguno. Pues aunque el libro no haya merecido en su día por parte del Partido Comunista más que el calificativo de «libelo», vertido por Francisco Melchor en Mundo Obrero,
[ 55 ] o aunque Santiago Carrillo no lo cite en sus memorias, debemos decir que ese libro de Semprún, corrosivo, discutible a veces, sin duda parcial, enjuicia de modo positivo en no pocos casos la dura historia del PCE en la clandestinidad.
Bastarán dos ejemplos. Con motivo del llamado viraje táctico de 1948, tras la entrevista de Dolores Ibárruri, Francisco Antón y Santiago Carrillo con José Stalin, Semprún ofrece un matizado análisis de las circunstancias que rodearon esta decisión, defendiendo la posición de Carrillo y calificando dicho cambio de un «viraje decisivo. Y de un viraje esencialmente acertado».
[ 56 ] Aun así, sobre este asunto al que los historiadores han dedicado muchas páginas, sigue apelando a la memoria del propio Carrillo para pedirle un testimonio definitivo: «Algún día, tal vez, Santiago Carrillo, último superviviente de la reunión de 1948, nos explicará detalladamente cómo Stalin impuso a los dirigentes comunistas españoles -y en verdad, fue una orden totalmente positiva- la táctica del entrismo en los sindicatos verticales franquistas, acabando con la lucha guerrillera, costosa y estéril; táctica de la que surgen, años más tarde, las comisiones obreras».
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Respecto de las duras condiciones de la clandestinidad en el Madrid de los años cincuenta Semprún relata con precisión y pasión los métodos y dificultades de aquella tarea, los riesgos que corrieron él y otros militantes, la represión, la solidaridad de lo que él llama la «fraternidad comunista». Destacaríamos las páginas inolvidables sobre la figura de Julián Grimau, sus métodos de trabajo abnegado, su dedicación al partido, sus imprudencias también, en fin, su detención y las infructuosas gestiones para evitar su fusilamiento.
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En otros casos su memoria crítica revisa su propio pasado y el de otros camaradas. Se trata de una memoria distanciada, matizada por la evolución ideológica y por la experiencia política del autor y, sin duda, por su expulsión del PCE en 1965. La autocrítica, la memoria que se vuelve sobre sí misma, gira en torno a dos planos. En primer lugar sobre lo que Semprún llama su condición de intelectual estalinizado: «Pero, en fin, hay que asumir lo que uno ha sido... Y yo he sido un intelectual estalinizado. Hay que saber lo que he sido y tengo que explicar por qué lo he sido. Sería muy difícil olvidarse de su propio pasado, desmemoriarse, como suelen hacer nuestros Pequeños Timoneles locales y vernáculos».
[ 59 ] Producto genuino de esa etapa es la publicación de una poesía militante, obra «de los neuróticos poetas de la época del culto a la personalidad, entre los que tengo forzosamente que contarme...».
[ 60 ] En la Autobiografíade Federico Sánchez se halla una antología suficientemente amplia como para hacerse una idea de los frutos de ese realismo socialista español en el campo de la literatura, en la que Jorge Semprún tuvo gran protagonismo a través de la revista Cultura y Democracia.
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En segundo término, esa condición de intelectual estalinizado es la misma causa objetiva que le impedirá analizar con sentido crítico las purgas que tenían lugar en los partidos comunistas tras la Segunda Guerra Mundial: Joan Comorera, Jesús Monzón, Laszlo Rajk, Rudolf Slansky. Precisamente en el proceso de este último -la última gran purga estalinista- fue acusado por confidente de la Gestapo y condenado a muerte Josef Frank, miembro del PC checo, deportado también en Buchenwald. Semprún había trabajado con Frank en el campo de concentración y sabía por tanto que dicha acusación era falsa, pero: «No dijiste nada, sin embargo. No proclamaste en ningún sitio la inocencia de Frank, la falsedad de la acusación que se le hacía»; y esto a pesar de que «era como una gota de ácido que corroía todas tus certidumbres».
[ 62 ] A la neurosis se añade aquí una esquizofrenia paralizante, pues no debemos olvidar que estamos hablando de hechos ocurridos en 1952, y que sólo en 1964 Semprún denunciará ante sus compañeros del Comité Ejecutivo el caso Frank: «Yo sabía que era inocente, en 1952, y no había dicho nada. No había proclamado en ninguna parte su inocencia».
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Pero habíamos dicho que esa memoria crítica alcanza también a los líderes del PCE. Bastará para demostrarlo un largo párrafo de la autobiografía de Semprún, referida a Romero Marín y a Sánchez Montero pero que hace extensible a Carrillo, López Raimundo, Marcelino Camacho y otros: «Pero te asombra una vez más cómo funciona la memoria de los comunistas. La desmemoria, mejor dicho. Te asombra una vez más comprobar qué selectiva es la memoria de los comunistas. Se acuerdan de ciertas cosas y otras las olvidan. Otras las expulsan de su memoria.
La memoria comunista es, en realidad, una desmemoria, no consiste en recordar el pasado, sino en censurarlo. La memoria de los dirigentes comunistas funciona pragmáticamente, de acuerdo con los intereses y los objetivos políticos del momento. No es una memoria histórica, testimonial, es una memoria ideológica [...] Ahora bien, un partido sin memoria, sin capacidad crítica para asumir y hacerse cargo, verídicamente, de su propia historia, es un partido incapaz de elaborar una estrategia auténticamente revolucionaria».
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