Junto a Proust tal vez sea Faulkner el novelista que con mayor conciencia y decisión introdujo el tema de la memoria en la literatura contemporánea. Tema decisivo, de cuya dificultad son buena muestra las densas y complejas novelas del escritor norteamericano. Los estudiosos han resaltado con justicia este aspecto de su obra: «Como ya hemos indicado, ¡Absalón, Absalón! narra la historia de los problemas que surgen a la hora de contar una historia y al transmitirla a través del lenguaje».
[ 16 ] La deuda de Semprún con Faulkner es enorme y cabría decir sin exageración que también en su caso el gran tema, obsesivo, que recorre su obra literaria es ese mismo: la dificultad de aprehender la realidad por medio del lenguaje, el reto de poner la escritura al servicio de la memoria: «¿Se ha vivido realmente algo que no se alcanza a narrar, cuya verdad, aun mínima, no se acierta a reconstruir significativamente, haciéndola así comunicable? ¿Vivir de verdad no es transformar en conciencia -es decir, en vivencias memorizadas, al tiempo susceptibles de pasar a ser proyectos - una experiencia personal? ¿Pero puede uno asumir una experiencia cualquiera sin llegar a dominar más o menos su lenguaje? ¿O sea, la historia, las historias, los relatos, las memorias, los testimonios: la vida? ¿El texto, la misma textura, el tejido de la vida?».
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La segunda de las razones para explicar su interés por la memoria es el conocimiento que tuvo Jorge Semprún de la persona y de la obra de Maurice Halbwachs. Semprún fue alumno de Halbwachs en la Sorbona y allí, en el curso de 1942, leyó Les cadres sociaux de la mémoire, uno de los primeros grandes libros sobre el tema que nos ocupa, en el que aparece formulado el concepto de memoria colectiva que, como hemos dicho más arriba, tanto interesará a Semprún.
[ 18 ] Halbwachs sería también deportado a Buchenwald y allí maestro y discípulo continuaron hablando de la memoria y sus laberintos: «Aquel día, para mi visita semanal, había previsto despertar su interés recordándole su ensayo sobre Los marcos sociales de la memoria, que yo leí dos años atrás cuando era alumno suyo en la Sorbona».
[ 19 ] En marzo de 1945 Maurice Halbwachs moría en el campo de concentración, tras agonizar en los brazos del propio Semprún. En las páginas que siguen vamos a acercarnos a la memoria de Jorge Semprún: a sus estrategias, a sus recuerdos, a sus olvidos. Partiremos para ello, fundamentalmente, de sus libros de memorias. Los confrontaremos con otros del mismo género y también con materiales historiográficos que han aparecido en los últimos treinta años. Para realizar esta tarea distinguiremos cuatro planos, a los que hemos llamado: fáctico, inhibido, crítico y literario. Esta distinción no tiene sólo una finalidad metodológica sino que creemos que refleja bien el acercamiento de Semprún a los temas que aborda y muy particularmente al holocausto. En El largo viaje cuenta con precisión la deportación, la llegada a Buchenwald, la vida y la muerte en el campo, etc.; por el contrario, en La escritura y la vida se evitan conscientemente muchos detalles innecesarios para, de ese modo, tratar de desentrañar las causas del aquel horror, sus leyes internas, las posibilidades de sobrevivir y contarlo después. «Pues no pretendo un mero testimonio. De entrada, quiero evitarlo, evitarme la enumeración de los sufrimientos, de los horrores».
[ 20 ] Entre esos dos libros media la distancia que va de la literatura como relato a la literatura como reflexión, de la vida contada a la vida pensada, de la novela al ensayo.
II
Dice Hobsbawm que la historia «es un arte que no inventa, sino que organiza objets trouvés».
[ 21 ] Sin duda son muchos los objetos encontrados que los historiadores pueden hallar y seleccionar en los libros de Semprún. En todos ellos hay una suerte de obsesión por fijar con exactitud fechas, lugares y nombres. Una memoria fáctica. El lector sabe siempre el espacio y el tiempo en que discurren los hechos, reales o ficticios, que la memoria del autor organiza según ese peculiar vaivén del tiempo del que hemos hablado más arriba. Esos hechos son objeto, como no podía ser de otro modo, de una interpretación con frecuencia polémica. A veces la memoria de Semprún entra en discusión, incluso en contradicción, con los recuerdos de otros deportados o de los camaradas comunistas.
Pero en no pocos casos esos hechos y esas opiniones han servido para escribir la historia, han dejado de ser memoria, pues los historiadores, como ya dijimos, los han utilizado para elaborar su discurso académico. Como se sabe, en octubre de 1944 se produjo el intento de ocupación del Valle de Arán por parte de la guerrilla comunista. El debate historiográfico sobre este hecho no ha terminado todavía. Nos interesa aquí volver sobre las causas de ese fracaso y la salida de la crisis, dentro del PCE, desencadenada por la derrota de tal acción. Entre las causas hay que señalar como tal vez la más importante la falta de apoyo de la población civil a los grupos guerrilleros que aspiraban a derrocar el régimen de Franco. Desde el fin de la guerra el Partido Comunista ofrecía una visión deformada, propagandística y triunfalista de lo que ocurría en España: el pueblo esperaba la orden para levantarse en masa contra el régimen y derribar al dictador; el PCE estaba llama do a dar esa orden. Será útil recurrir en este punto a la memoria de Manuel Azcárate, importante miembro del equipo de Monzón, quien no será por ello sospechoso de parcialidad: «En primer lugar teníamos una visión completamente falsa de la realidad española. Desconocíamos la base social con la que Franco contaba. Creíamos que el pueblo estaba pendiente de la ocasión para levantarse contra él. En ello fuimos culpables al propagar esta visión falsa, y a la vez víctimas, porque nos la creímos [...] Con ese error, fatal para un partido político, los comunistas hemos cargado durante un período larguísimo, casi hasta la muerte de Franco. Pero entonces ese convencimiento nos tenía ofuscados hasta la ceguera».
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Semprún también nos ha dejado memoria de ello, de esa visión falsa de la realidad política española de los años cuarenta por parte de los comunistas españoles. Así ocurría en los meses previos a la mal llamada invasión del Valle de Arán, así en el Pleno de Montreuil (marzo de 1947), poco antes de la huelga del sector metalúrgico en Vizcaya, y así sería también en 1959 con motivo de la Huelga Nacional Pacífica (HNP). En 1947 Semprún era militante de base cuando se produce la huelga del 1 de mayo en
Bilbao. Escribe al respecto: «Pero me entusiasmó la huelga de Bilbao y me creí a pies juntillas que se acercaba la caída del franquismo».
[ 23 ] Este clima de triunfalismo era el que se alimentaba dentro de un partido que desconocía la verdadera situación de un país que atravesaba por una dura posguerra. Semprún lo recuerda con un punto de ironía y no sin cierta amargura: «Y desde luego, fe no nos faltaba, pero el infierno y el cielo se interpusieron en nuestro camino. O sea, las condiciones objetivas se interpusieron en el camino de nuestro subjetivismo triunfalista».
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¿Qué nos dicen los historiadores al respecto? Confirman, en efecto, que la idea que el PCE manejaba del estado del país era falsa: ni el régimen de Franco era tan débil como se creía ni la colaboración popular con la oposición clandestina era tan entusiasta y decidida como esperaban los guerrilleros. El fracaso de la operación «Reconquista de España» en el Valle de Arán basta para demostrarlo, pues como dice Heine, «Aunque rechazamos de plano los intentos posteriores de la dirección exiliada del PCE de ponerle a Monzón el sambenito de responsable exclusivo de los errores que el partido cometió durante la guerra mundial en Francia y en el interior, no dudamos de que el dirigente navarro fue uno de los que más padeció de aquella visión triunfalista de la situación en España a la que nos referimos anteriormente».
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