Todo mentía, incluso la memoria.
L. SCIASCIA
Nuestra mente es porosa para el olvido.
J.L. BORGES
I
En 1963 Jorge Semprún publicaba El largo viaje, su primera novela; en 2003 apareció la que por el momento es su última obra: Veinte años y un día. A lo largo de cuarenta años el autor ha escrito una decena de libros, logrando construir de ese modo, tenazmente, un edificio literario de notable calidad y de gran interés para los historiadores.
Cada una de esas obras es en realidad el mismo libro que se reescribe sin cesar, con datos nuevos, juicios ponderados por la experiencia, recursos narrativos más complejos, pero el mismo libro; un libro al modo de la biblioteca de Borges: infinito. Nos lo recuerda, muchos años después, el propio autor: «Había vuelto a ser yo mismo, aquel otro que todavía no había podido ser, gracias a un libro, El largo viaje. El libro que no había podido escribir en 1945. Una de las variantes posibles de aquel libro, mejor dicho, ya que éstas son virtualmente infinitas, y siguen siéndolo, por otra parte. Lo que quiero decir es que nunca habrá versión definitiva de aquel libro; jamás. Siempre tendré que volver a empezarlo».
[ 3 ] «Pero no hay que hacerse ilusiones: decirlo todo es imposible. No bastaría una vida. Todos los relatos posibles no serán nunca sino fragmentos desperdigados de un relato infinito, literalmente interminable».
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Los libros de Jorge Semprún son libros de recuerdos y juicios sobre aspectos fundamentales de nuestra historia reciente. Sobre un pasado que no quiere caer en el olvido y que se teje en torno a algunos temas capitales en su vida y en la Historia de España y de Europa: el exilio republicano, la resistencia antinazi en Francia, los campos de concentración alemanes, la actividad política clandestina bajo el franquismo, la militancia y disidencia en el PCE, etc. En todos estos acontecimientos participó el autor de manera muy activa, fundamental en algún caso, y de todo ello ha querido dejar testimonio escrito. Por eso los libros de Semprún, desde los más declaradamente autobiográficos hasta los propiamente novelescos, caen dentro del género memorialístico: son libros de memorias, en los que el recuerdo regresa obstinadamente, una y otra vez, a los temas que acabamos de enunciar. Un recuerdo a cuyo servicio hay una memoria disciplinada en duras condiciones: «Sin duda tengo una excelente memoria, entrenada además por las exigencias de la vida clandestina: de tanto no apuntar nada por escrito y programar sin embargo citas y entrevistas con muchos meses de adelanto, se aprende a no olvidar».
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Pero al hablar de memoria conviene distinguir entre memoria individual y memoria personal.
[ 6 ] Y es esta última la que nos interesa en este momento, pues es a la que cabe llamar con propiedad memoria histórica, en la medida en que desborda los recuerdos personales más íntimamente privados en favor de otros más propios de una vida pública, de aquella parte de la vida que se vive junto a otras personas, a veces al servicio de las mismas. Esta memoria personal implica por tanto la colectividad: el grupo social, el partido político, la vanguardia artística. El propio autor lo dice claramente: «Siempre te ha interesado la memoria colectiva, ya se sabe».
[ 7 ] Si los libros de Jorge Semprún han llamado la atención de los historiadores es porque dejan de lado las vivencias privadas del protagonista en favor de su vida pública. Son las suyas unas memorias históricas, del Semprún protagonista de la Historia de España: «Al fin y al cabo, no estoy haciendo la historia del PCE, ni la biografía de Carrillo, estoy escribiendo la autobiografía de Federico Sánchez, su autobiografía política, de un corte bastante victoriano, dicho sea en verdad: ni los sueños, ni la sexualidad, ni las obsesiones de Federico Sánchez figuran en este ensayo de reflexión autobiográfica...».
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Libros de memorias que los historiadores han utilizado para reconstruir el pasado, para escribir la historia de España del último medio siglo. Textos sin duda polémicos, ciertamente parciales, pero que en buena medida han sido incorporados a la historia. Y lo han sido en muchos casos y por varias razones, como tendremos ocasión de ver más adelante. Pero además de ser libros de memorias, memoriales, las obras de J. Semprún suponen una reflexión explícita sobre la memoria y sus estrategias.
Una reflexión que nace de la praxis de una vida pública extraordinariamente activa y arriesgada, en la que la memoria fue sin duda un arma imprescindible para lograr sobrevivir.
Fue el propio Semprún quien dijo, refiriéndose a la etapa de la transición, que se puede decretar la amnistía pero no la amnesia. Al igual que ocurre en las tragedias de Shakespeare, los recuerdos acaban por llamar a la puerta de nuestro sueño: mañana en la batalla piensa en mí, nos dicen también a nosotros, como a Ricardo III, los espectros de nuestra historia. No hay amnesia posible: el pasado reclama, a veces como un incómodo invitado, su sitio entre los presentes. Precisamente sobre esa amnesia colectiva que se habría producido en España tras la muerte de Franco, Semprún se pregunta: «¿No habrá llegado el momento de dominar colectivamente el "retorno de lo reprimido", de salir de nuestra amnesia voluntaria de los contenidos de la guerra civil, para abordarlos en fin -sin espíritu de retorno, de revancha o de rencor, naturalmente- con la voluntad de un avance social que no tenga en cuenta ni los mitos del pasado ni los silencios u olvidos del presente?».
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De este modo nace, y se perfila en los libros sucesivos, un estilo narrativo muy particular, nunca lineal, en el que el vaivén del tiempo, el juego entre pasado y presente, la mezcla de géneros -novela, autobiografía, ensayo- son rasgos fundamentales a la hora de conformar una obra de notable eficacia narrativa y, a veces, de gran belleza literaria. Baste como muestra La escritura o la vida.
Porque a Semprún le gusta escribir «jugando con las posibilidades que ofrece el ir y venir de la memoria».
[ 10 ] Una memoria que, como corresponde a un hombre con una vida tan novelesca: «es como una babuschka, una de esas muñecas rusas de madera pintada que pueden abrirse y que contienen otra muñeca idéntica, más pequeña, y otra, y otra más, hasta llegar a una última de talla diminuta, que ya no puede abrirse».
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Más allá de razones subjetivas, las propias de alguien que ha vivido una vida inagotable -lleva razón Rafael Conte cuando dice «que su verdadera novela no es tanto la que ha escrito sino la de su propia existencia»
[ 12 ] - y de quien desde joven tuvo muy clara su intención de ser escritor, creemos que hay al menos dos causas objetivas de esta presencia de la memoria en la obra de Semprún. En primer lugar, la lectura de W. Faulkner: «Descubrí por casualidad ¡Absalón, Absalón! en el catálogo ciclostilado de la biblioteca del campo».
[ 13 ] «Dos años antes -toda una vida: varias muertes antes-, una joven me hizo leer una novela de William Faulkner, Sartoris. Me cambió la vida. Quiero decir mi vida soñada, aún muy improbable, de escritor».
[ 14 ] Semprún reconoce sin lugar a dudas el peso y la huella que estas lecturas ejercerán sobre la forma literaria de su escritura: «Sartoris es una de las novelas que más me han marcado. Pero ¡Absalón, Absalón! lleva al extremo, de forma obsesiva, la complejidad del relato faulkneriano, siempre construido hacia atrás, hacia el pasado, en una espiral vertiginosa. La memoria es lo que cuenta, lo que gobierna la acción profusa del relato, lo que lo hace avanzar...».
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