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Ayer 63 Ayer

Marruecos y la crisis de la Restauración 1917-1923

por Pablo La Porte
Ayer nº 63, 2006 (3) 2006

Número de páginas: 7
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Y, sin embargo, el milagro no se produjo. Tras meses de apoyo continuado, los sucesivos gabinetes que se sucedieron en el gobierno del país no fueron capaces de resolver los problemas que más preocupaban a la opinión pública con respecto a Marruecos: la recuperación de las posiciones perdidas, el castigo a los rebeldes, la liberación de los prisioneros españoles, el fin de las campañas militares, la repatriación de los soldados y la exigencia de responsabilidades políticas. Una a una, todas las esperanzas que se habían creado a la sombra de la derrota de Annual se vieron aplazadas y desvirtuadas. En primer lugar, la reconquista de las posiciones perdidas (nunca conseguida plenamente), tras la cual buena parte de la opinión esperaba una reducción de los contingentes militares, que no llegó a ser significativa, y que incluso se vio desmentida en 1923. En segundo lugar, el rescate de los prisioneros, sólo finalmente conseguido en febrero de 1923 en unas condiciones humillantes. En tercer lugar, la depuración de responsabilidades políticas, paralizada en las Cortes. Y, finalmente, el fin de las campañas militares, repetidamente prometido y nunca consumado. En apenas dos años, el potencial que la adhesión de la opinión pública ofreció al régimen se desvaneció, hasta el punto de que en el verano de 1923 podía decirse que la resignación y el fatalismo habían sustituido a sus pasados entusiasmos.
En resumen, Annual proporcionó al régimen una oportunidad para iniciar reformas en un momento en el que contaba con el apoyo de sectores significativos de la opinión del país, dentro de la cual surgieron movimientos, manifestaciones e iniciativas que mostraron síntomas de una nueva vitalidad en la conciencia ciudadana. La recuperación de posiciones, el rescate de los prisioneros, la depuración de responsabilidades y otra multitud de asuntos derivados de las campañas marroquíes fueron objeto de interés, discusión, debates y manifestaciones multitudinarias y parecieron sacudir la apatía inveterada de la opinión con respecto a la colonización africana. Sin embargo, el compromiso de la opinión pública fue gradualmente desapareciendo al mismo tiempo que el régimen decepcionaba sus esperanzas y dilapidaba el crédito que se le había ofrecido. En apenas veinticuatro meses, la cuestión que había servido para despertar a la opinión pública pasó a convertirse en uno de sus agravios fundamentales dirigidos contra el régimen, y quizá en la razón última de su escasa popularidad en septiembre de 1923.
Marruecos en el escenario europeo
Como ya se mencionó anteriormente, el proyecto marroquí comenzó a configurarse en el horizonte internacional de España como una inesperada consecuencia de la precaria situación en la que se encontraba el país tras el desastre de 1898. Obligada a renunciar definitivamente a gloriosas y caducas aspiraciones en el Atlántico y el Pacífico, la política exterior española se vio forzada a reducir sus perspectivas y a reorientar sus prioridades hacia el marco europeo y mediterráneo, en un clima internacional marcado por la extinción de las naciones débiles, tal y como había formulado brutal, pero acertadamente, lord Salisbury en 1898. No es exagerado afirmar que la causa fundamental por la que los gobiernos de la Restauración apostaron tan decididamente por la presencia española en Marruecos se redujera a intentar preservar un mínimo status internacional del país en un momento en el que la división entre naciones vivas y moribundas adquiría caracteres cada vez más definidos en el foro internacional [ 24 ] .
Evidentemente, esto no quiere decir que las potencias coloniales europeas, como Francia y Gran Bretaña, concedieran a España otro papel que el de comparsa para satisfacer sus crecientes ambiciones expansivas, y que con esa intención admitieran las débiles reclamaciones territoriales españolas al otro lado del Estrecho en los tratados de 1902 y 1904. De la confluencia de ambos intereses -escasamente disimulados, por otra parte- nació la extraña y contradictoria posición de España en Marruecos, que adquiriría carta de naturaleza tras la conferencia de Algeciras (1906).
Considerada en principio como una empresa figurativa que repartiría dividendos de prestigio internacional, la realidad colonial y el empuje de Francia en el Imperio marroquí, vaciaron pronto de sentido las expectativas de una indolora y relativamente pacífica presencia española en África, enfrentando al país con una verdadera obra de colonización para la que ni sus recursos financieros ni el clima social de la Península estaba preparado o dispuesto. Si el mantenimiento de un cierto decoro en el marco internacional fue el primer motor del proyecto, pronto los gobernantes españoles descubrirían que la misión que se había impuesto al país excedía con mucho los límites fijados en sus inicios, ampliándose progresivamente hasta incluir nuevas responsabilidades nacidas de sucesivos compromisos internacionales (Tratado de Protectorado de 1912).
Si los primeros pasos de la colonización española fueron recibidos con cierta benevolencia por parte de otras cancillerías europeas, pronto se pusieron de manifiesto las primeras contradicciones de una política dubitativa, desorientada y dolorosamente consciente de sus propias limitaciones. Los primeros avances militares en la zona (desastre del barranco del Lobo, campaña del Kert) prontamente incorporaron a la diplomacia colonial las vicisitudes de una administración improvisada y desafortunada, que contrastaba patentemente con la eficaz y solvente labor desplegada por el mariscal Lyautey en la zona francesa.
La incipiente inquietud que esto produjo en otras potencias coloniales se vio acrecentada durante la Primera Guerra Mundial, durante la cual Marruecos se convirtió en escenario de intrigas de agentes alemanes, que cuestionaron la neutralidad española en el conflicto.La aparente inacción de las autoridades españolas les valió el calificativo de germanófilas y un perdurable recelo entre las potencias de la Entente. La consecuencia de este estado de cosas fue una latente animadversión por parte de Gran Bretaña, pero, sobre todo, una profunda y perdurable desconfianza por parte de las autoridades coloniales francesas, encabezadas por el mariscal Lyautey, para quien la guerra se convirtió en un punto de inflexión con respecto a la presencia española [ 25 ] . A partir de 1918, la actitud de la administración francesa sería de permanente hostilidad y recelo hacia su homóloga española, lo que dificultaría enormemente la tarea colonial de aquélla, mucho más necesitada de colaboración que la francesa.
El desastre de Annual -que, a juicio del mariscal Lyautey, no fue sino la consecuencia de la actitud benevolente de las autoridades españolas hacia los agentes alemanes en Marruecos durante la Gran Guerra- no haría sino reafirmar la neutralidad indiferente de las autoridades francesas, temerosas de verse identificadas con las españolas a los ojos de las tribus rebeldes [ 26 ] . A lo largo de dos años, el movimiento de resistencia iniciado en el Rif contó con las ventajas de la permeabilidad de la frontera francesa y la de la actitud ambigua de sus autoridades, de la que extrajo nuevo vigor y oportunidades [ 27 ] . En ese sentido, puede decirse que la falta de entendimiento entre las autoridades españolas y francesas en Marruecos fue una de las causas determinantes de que la situación creada tras el desastre de Annual se prolongara indefinidamente, debilitando las últimas energías del régimen de la Restauración y confirmando la pertenencia de España a las naciones desfallecientes del entorno europeo [ 28 ] .
Conclusión
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NOTAS
  • [ 24 ]

    «A Marruecos se irá con nosotros o sin nosotros, y, en ese último caso, contra nosotros»: [F. LEÓN Y CASTILLO (embajador de España en París) (1900), en Mis Tiempos, t. 2, Madrid, Librería de los sucesores de Hernando, 1921, p. 27].

  • [ 25 ]

    ADMAE: leg. 189, 13 de julio de 1919.

  • [ 26 ]

    «Notre meilleure chance -resumía Lyautey en carta a Poincaré- c'est que les marocains ne nous solidarisent en rien avec les Espagnols» (Service Historique de l'Armée de Terre: 3H 132, 2 de agosto de 1921).

  • [ 27 ]

    «[A los rebeldes] llegan sin cesar elementos de todas clases, [...] desde la zona francesa -explicaba el alto comisario Martínez Anido- donde los elementos desafectos se dedican a un contrabando intenso, que cesaría en el acto si una indicación seria de nuestros vecinos los franceses les llegase a convencer de la necesidad de una recíproca protección de intereses» (Real Academia de la Historia: Fondo Sgo. Alba, 4/50-5, p. 1, 12 de julio de 1923).

  • [ 28 ]

    Ello hizo despertar las ambiciones italianas en Marruecos. Véase Ministero degli Afari Esteri, Afari Politici: 1919-1930, Morocco, busta 1425, Mussolini, 22 de diciembre de 1923.


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