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Ayer 63 Ayer

Marruecos y la crisis de la Restauración 1917-1923

por Pablo La Porte
Ayer nº 63, 2006 (3) 2006

Número de páginas: 7
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Ciertamente, la vinculación del rey con Marruecos se inició al mismo tiempo que su reinado, en el que se firmaron los primeros acuerdos internacionales sobre el Imperio. Tras el preacuerdo firmado por Francia y España en 1902 para la división del territorio en dos zonas de influencia, que fue posteriormente revisado en 1904 con la participación de la diplomacia británica y confirmado en la conferencia de Algeciras (1906), el joven Alfonso XIII y el monarca inglés Jorge V intercambiaron notas diplomáticas por las cuales España renunciaba a Gibraltar a cambio de una zona de influencia al otro lado del Estrecho (1907). Años después, cuando el rey contaba ya con veintiséis años, el Tratado Franco-Español de 1912 estableció, de manera más firme, los límites administrativos de ambas potencias, trazando las líneas generales por las que habría de discurrir la acción colonial española en el norte de África.
Las primeras intervenciones de Alfonso XIII en la cuestión marroquí demostraron prontamente que el mismo carácter desenfadado con el que intervenía frecuentemente en asuntos de gobierno se iba a trasladar a la otra orilla del Estrecho. Apenas dos años después de los sucesos de la Semana Trágica (1909), y acompañado de la reina Victoria, el rey visitó por vez primera la zona asignada a España, haciendo ver en sus discursos que dicha visita obedecía a su deseo personal de promover la colonización marroquí tanto como a sus obligaciones representativas [ 6 ] . El interés del monarca en los progresos de la colonización en Marruecos -y de acuerdo con los documentos de la época- venía frecuentemente acompañado por iniciativas y sugerencias que, ciertamente, no correspondían a sus competencias reales, y que, para desconcierto y crispación de sus gabinetes, se distribuían en un amplio rango de instancias ministeriales, que incluían a civiles y militares [ 7 ] . Estas prácticas eran, sin duda, conocidas en ambientes políticos y parlamentarios, y pronto pasaron a ser parte del dominio público. Especialmente en aquellos momentos en los que la política colonial en Marruecos amenazaba con crear divisiones en el ejército de la Península -por ejemplo, tras la creación de las Juntas de Defensa en 1917-, el papel mediador del rey se vio hasta cierto punto mermado por sus devaneos imperiales, que inevitablemente le situaron en una posición incómoda y difícil a la hora de apaciguar disensiones internas y equilibrar reivindicaciones de diverso signo. La dilatada disolución de las Comisiones Informativas (iniciada en enero de 1922 y completada en noviembre del mismo año) confirmó la difícil postura del soberano en el conflicto establecido entre junteros y africanistas y el desairado papel que hubo de representar en la resolución del mismo [ 8 ] . Su deseo de seguir siendo el máximo valedor de la unidad del ejército, tal y como inequívocamente señaló en su famoso discurso de Barcelona en 1922, se vio cuestionado por sus simpatías coloniales, que le valieron la desafección de sectores importantes de la institución armada [ 9 ] .
El papel del rey Alfonso XIII en el desencadenamiento de la mayor derrota colonial sufrida por España en Marruecos (Annual, 1921) terminó por deteriorar definitivamente su imagen ante la opinión pública y por cuestionar la propia razón de ser del régimen en los foros parlamentarios. No es que se demostrara fehacientemente que los entusiasmos del rey le habían llevado a excederse una vez más en sus sugerencias a los generales destinados en Marruecos, como había ocurrido ya en varias ocasiones desde 1912. El problema fundamental, en esta ocasión, fue que a lo largo del proceso de responsabilidades políticas iniciado para esclarecer las causas del desastre, su figura salió en numerosas ocasiones maltrecha y malparada de un debate parlamentario que, por vez primera vez muchos años, cautivó la atención de la opinión pública. El rey sufrió acusaciones por parte de la minoría socialista en el Parlamento, y pronto empezó a tomar cuerpo, incluso en los círculos diplomáticos, la sospecha de que el monarca había tenido alguna responsabilidad en los más de 9.000 muertos que la retirada de Annual había provocado [ 10 ] . Alfonso XIII, que tan gustosamente había asumido el sobrenombre de «El Africano», no pudo desvincular en esta ocasión su nombre del fatal desenlace marroquí, tal como pusieron de manifiesto diversas manifestaciones públicas en favor de la exigencia de responsabilidades políticas, que apuntaban inequívocamente hacia su persona. En ese sentido, la actuación del monarca ofreció una oportunidad única a los enemigos del régimen para arremeter contra los cimientos del mismo, mostrando un vigor muy superior al de aquellos que aún tenían energías para defenderlo. La escalada en la exigencia de responsabilidades políticas alcanzó los mismos aledaños del trono en la primavera de 1923, para deshilvanarse a partir de entonces, como se verá posteriormente, y diluirse en una atmósfera de resignación general a comienzos del verano, fecha en la que se aprobó, una vez más, la constitución de una nueva comisión de investigación que, presumiblemente, publicaría sus resultados a finales del otoño. Resultaría exagerado afirmar, de ese modo, que el golpe de Primo de Rivera vino impulsado por el deseo de evitar que la marea de las responsabilidades -que en realidad se había detenido por propia inercia parlamentaria y política varios meses antes- alcanzara al monarca [ 11 ] . Más acertado parece sugerir que el desprestigio sufrido por el rey a consecuencia de la aventura marroquí confirmó no sólo la precaria salud del régimen, sino también la inoperancia de sus mecanismos de regeneración.
Marruecos y los partidos
Más allá de la figura del monarca, el problema de Marruecos contribuyó también a acelerar la inestabilidad política del régimen. Desde comienzos de siglo, las operaciones militares africanas se convirtieron en fuente de ansiedad para el gobierno, y en el origen de turbulentas reacciones por parte de la opinión pública. El ejemplo de la Semana Trágica convenció prontamente a la clase política española de la necesidad de evitar a toda costa el envío de reservistas a Marruecos y de restringir la participación de soldados españoles en las campañas. Al mismo tiempo, sin embargo, otras prioridades como el dominio de la zona de influencia y el deseo de imitar los avances del ejército francés adquirieron creciente importancia en las agendas ministeriales desde 1912. De la contradicción entre ambos extremos nació la fragilidad de la política colonial española y el difícil equilibrio en que se mantuvo desde un principio. No es sorprendente que, dadas las circunstancias agravantes que comenzaron a manifestarse en Marruecos -rebeldía de los rifeños, carencia de adecuado equipamiento en las unidades del ejército de África, corrupción e ineficacia en el seno del mismo-, la presencia española al otro lado del Estrecho se convirtiera en un problema cada vez más acuciante para los gobernantes de las primeras décadas del siglo XX . De hecho, la sucesión de gabinetes que ya parecían marchar en rápida procesión desde la crisis de 1917 en España, no hizo sino incrementarse en los años veinte a consecuencia de los vaivenes de la política marroquí. Se trataba, en realidad, de un problema con una doble vertiente. Por una parte, la continua y creciente inestabilidad política del régimen impedía la aplicación de políticas coloniales estables y continuadas. Por otra, la inestable situación colonial nacida de esta falta de dirección desembocaba con frecuencia en situaciones comprometidas de las que acabaron siendo víctimas nuevos gobiernos (el gabinete Allende-Salazar en 1921, los gobiernos Maura y Sánchez Guerra en 1922 y el gobierno García-Prieto en 1923).
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NOTAS
  • [ 6 ]

    Public Record Office, Foreign Office: leg. 185/1118, M. de Bunsen (enero de 1911).

  • [ 7 ]

    PRO FO: 413/52, Mr. Rattigan, 27 de abril de 1911.

  • [ 8 ]

    Al parecer, el monarca prometió a los representantes de las Comisiones Informativas (antiguas Juntas) que dilataría todo lo posible su disolución (Mr. Defrance, Archives Du Ministère des Affaires Étrangères: Maroc, 1917-1940, leg. 590, 12 de enero de 1922).

  • [ 9 ]

    El discurso de Barcelona en El Diario Universal, 8 de junio de 1922.

  • [ 10 ]

    Según el delegado de la Embajada francesa en Madrid, Alfonso XIII era culpable «d'avoir poursuivi son rêve africain en faisant une politique militaire personelle et en se confiant à l'étoile d'un de ses officiers» (ADMAE: leg. 620, Mr. Vienne, 5 de agosto de 1921). Las acusaciones del socialista Prieto en DSC, 1921, pp. 3948 y ss.

  • [ 11 ]

    Según Maura, la Comisión estaba aún recogiendo información y remontando sus investigaciones a la Primera Guerra Mundial a alturas de septiembre de 1923 (FAMM: leg. 402, carp. 47, notas, 3 de septiembre de 1923).


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