«No hay juventudes en las filas del Partido Radical», escribe un diario lerrouxista en 1921. «Desde aquella gloriosa generación de la que formaron parte los malogrados Borjas Ruiz y Balugera, y los hoy prohombres Guerra del Río, Colominas Maseras, Santamaría, Canales, Rafael y José Ulled [...] que tanto y tan vehementemente lucharon por las ideas republicanas [...], nadie ha venido a ocupar los puestos que esos amigos nuestros han dejado vacantes en las filas mozas. Parece que ellos se llevaron consigo el calor que encendía en sus vírgenes pechos la llama pura del ideal»
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Implacable en su mordacidad, el también republicano
El Diluvio había descrito poco antes la situación en términos menos líricos: «la Casa del Pueblo, frecuentada sólo, cuando no hay elecciones a la vista, por cuatro jóvenes de buena fe que se entretienen jugando al dominó o bailando los domingos el
agarrao mientras esperan que se les otorgue una plaza de barrendero o de
burot (consumero)...»
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Bastante antes del advenimiento de la dictadura, el cesarismo cada vez más distante de Lerroux, el viraje ideológico y programático del Partido Radical y su anquilosis organizativa en Cataluña, junto con los profundos cambios del escenario político, social y societario barcelonés, han aniquilado el poderoso atractivo juvenil que la bandera lerrouxista poseía dos décadas atrás, reduciéndolo al de una cada vez más modesta oficina de colocación.