El nuevo organismo oficial, con los treinta años como límite de edad para sus afiliados, y provisto rápidamente de un órgano de prensa, el semanario
Revolución (1913-1919), debe tratar de afirmarse como única expresión legítima de los jóvenes del PRR, lo cual conlleva tachar de «perturbadora, perjudicial e inmoral» cualquier otra iniciativa periodística o política juvenil con marchamo lerrouxista. Siendoasí, los incidentes y los conflictos no se harán esperar: excomunión contra el grupo La Revuelta, ruptura con Juan Mujal y su Agrupación de Jóvenes Bárbaros (que en 1914 dan a luz otro periódico,
Raza Nueva ), surgimiento de una Joven Guardia Revolucionaria, salida a escena de un grupo de «jacobinos» que -al mando del incansable Domingo Gaspar Mata-reclama «el poder, la dirección de las Juventudes Radicales, para lanzarlas furiosas contra los enemigos», puesto que sus actuales responsables «ni siquiera sirven para agitar una botella de agua...»
[ 15 ] .
Al margen de cuál fuese su capacidad agitatoria, lo cierto es que la propia Federación de Juventudes Radicales comenzó su andadura bajo el signo de la inestabilidad y de las discrepancias entre oficialistas y críticos. Durante sus cinco primeros meses de vida, el organismo tuvo tres presidentes distintos -José María Dordal, Julio de No y Cristóbal Rodríguez Cárdenas-, mientras su periódico, Revolución , conocía cuatro directores, unos y otros más ocupados en dictar medidas disciplinarias que en hacer labor orgánica.
Con todo, y a la vuelta de un año, la Federación logró consolidarse y hasta crecer: en 1914 ya eran 22 las entidades juveniles adheridas, y más de 500 los asociados asistentes a la asamblea anual. A medida que los elementos más díscolos, extremistas o sinceramente revolucionarios iban abandonando o siendo expulsados de la organización, ésta quedó en manos de un núcleo dirigente formado por Rafael Ulled (presidente en el trienio 1914-1917), Jesús Ulled (presidente a partir de marzo de 1917), Rafael Guerra del Río, Elías Fité, Julián Clapera y un corto etcétera, exponentes de un izquierdismo tibio y demasiado vinculados a la cúpula del partido como para poderse permitir grandes estridencias críticas.
¿Significa esto que, domesticados y con un peso cada vez menor en el seno del lerrouxismo barcelonés, los jóvenes radicales han quedado reducidos a un papel de comparsas o de claqué? No exactamente. Aun capitidisminuidas y censuradas por el
jefe -que les reprocha la osadía de «discutir con quien les puso en la vida»-, las Juventudes Radicales son el sagrario del menguante izquierdismo del partido, el factor que le permite todavía retener en su órbita a ciertos sectores populares. Es a elementos jóvenes del PRR a quienes corresponde, desde 1910, enfrentarse -a garrotazos y a tiros- con el requeté carlista envalentonado tras la Semana Trágica, ya sea en las Ramblas barcelonesas, en Sant Feliú de Llobregat o en Granollers; no menos de cuatro muertos lerrouxistas en tales choques permiten a
El Progreso afirmar: «constituimos la vanguardia de las fuerzas liberales españolas»
[ 16 ] .
Son también los jóvenes radicales quienes, ante la reactivación de las operaciones militares españolas en el norte de Marruecos, contravienen la discreción de Lerroux y desempolvan en 1913 las consignas antibelicistas y anticolonialistas de cuatro años atrás: «¡abajo la guerra!», «los moros defienden sus hogares y sus casas...», «deben ir a África los frailes...», «¿con qué derecho vamos a civilizar Marruecos?». Por descontado, son esos mismos elementos los únicos que aún cultivan la provocación antirreligiosa -«No creemos en Dios. Deseamos la prohibición de las religiones positivas»
[ 17 ] -, los que en julio de 1914 demandan del Ayuntamiento la erección de un monumento a Ferrer i Guàrdia (y obligan a Lerroux a desactivar y enterrar tan inoportuna iniciativa), los que combaten un proyecto de Exposición de Industrias Eléctricas en el que están comprometidos ilustres correligionarios
[ 18 ] . Son ellos, también, los que a partir de agosto de 1914 empuñan con más contundencia la bandera de la propaganda aliadófila, los que promueven toda clase de gestos de apoyo y simpatía hacia los países aliados y sus dirigentes, los que propugnan la intervención española en la Gran Guerra al lado de Francia, Gran Bretaña y, después, los Estados Unidos.
Si el transcurso de la segunda década del siglo lleva consigo el agravamiento de la crisis político-social española y, en paralelo, la acentuación del giro burgués y conservador del Partido Republicano Radical, ese mismo período contempla también a la primera generación de cuadros juveniles lerrouxistas acceder a cargos institucionales de elección popular: concejales del Ayuntamiento de Barcelona (Juan Gómez Balugera en 1911, Juan Colominas Maseras en 1913, Rafael Ulled en 1915, Rafael Guerra del Río en 1917...), diputados provinciales (Ángel de Borjas Ruiz, Rafael Guerra del Río y Rafael Ulled en el cuatrienio 1911-1915, José Ulled entre 1915 y 1919...) y hasta un diputado al Congreso (Guerra del Río, elegido por Las Palmas en 1920). Pues bien, no deja de ser significativo que, en medio de la convulsión social posterior a la Gran Guerra, algunos de estos antiguos «jóvenes bárbaros» ya incorporados al establishment (Guerra del Río, José y Rafael Ulled...) se distingan como abogados laboralistas en la defensa de la CNT, que arriesguen la vida y sean objeto de detenciones y atentados por desenmascarar las connivencias entre la policía y el pistolerismo blanco, que Guerra del Río utilice su escaño en Madrid, durante el bienio 1920-1922, para denunciar la sangrienta vigencia en Barcelona de la «ley de fugas».
Entretanto, otros jóvenes lerrouxistas sin cargo (Julián Clapera, Jesús Ulled, Elías Fité...) abogan abiertamente por la complementariedad entre radicalismo y sindicalismo cenetista, y proponen que el PRR sea, «dentro del Estado, el órgano de expresión política de la democracia sindical»
[ 19 ] . Con ánimo de favorecer tan problemática entente, ellos imprimen clandestinamente
Solidaridad Obrera en épocas de suspensión gubernativa de ésta, y hacen desde las publicaciones radicales -cuando la censura lo permite- una sistemática denuncia de las fechorías de Bravo Portillo, Arlegui o Martínez Anido.
Homenaje tal vez a los propios orígenes, o simples gestos de decencia moral en medio de unos años de plomo, tales conductas individuales no tienen ya consecuencias políticas cuando el conjunto del Partido Radical barcelonés-y la Federación de Juventudes dentro de él- ha entrado en una fase de esclerosis tan aguda como irreversible. Fieles a su idiosincrasia hasta el fin, los jóvenes lerrouxistas -algunos de cuyos líderes rebasan ya ampliamente la treintena- protagonizan nuevos cismas intestinos, fracturas personales, plataformas paralelas a la oficial (todavía en 1922 aparece el grupo La Nueva Rebeldía, con el infatigable Jesús Ulled a su frente) y espasmos renovadores que no desembocan en nada: «el Comité directivo de nuestras juventudes -escribe un militante- no hace otra cosa que "reunirse" de vez en cuando, sin que de estas reuniones salga una solución, un programa, ni siquiera una orientación que tienda a encauzar las energías de las juventudes republicanas...»
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El problema, en realidad, es que ya no hay energías. Que, desde 1919 en adelante, las Juventudes Radicales arrastran una vida rutinaria y supeditada siempre a las conveniencias del jefe y del partido, una existencia fantasmal, meramente burocrática y formularia, sin apenas participación de los afiliados, sin capacidad movilizadora ni renovación de los órganos directivos, una ficción sólo apta para que los gacetilleros de El Progreso aludan al «espíritu inquieto y simpático de la juventud» como el toque entrañable y pintoresco en los actos del partido.