Así, pues, con el inicio de la segunda década del siglo XX , la nueva línea de moderación, gubernamentalismo, reformismo e interclasismo mesocrático marcada por Lerroux entra en contradicción flagrante con la cultura protestataria, demagógica, anticlerical y verbalmente revolucionaria de sus seguidores barceloneses, y en especial de los jóvenes. ¿Cómo se resuelve dicha contradicción? Pues francamente mal. De momento, y ante la aparente despreocupación del jefe por sus cachorros, bastantes de éstos tienden a ignorar los nuevos aires centristas y a promover plataformas autónomas -grupos, publicaciones - que mantengan el tono y el discurso del lerrouxismo originario.
Así, durante el trienio posterior a la Semana Trágica actúan una Juventud Rebelde de Barcelona -dirigida por Rafael y Jesús Ulled-; un grupo La Revuelta (Domingo Gaspar Mata, José Casanovas...) comprometido con la más ruidosa apología de la subversión; una Agrupación de Jóvenes Bárbaros bajo el mando de Juan Mujal, Alfonso Martínez Rizo, Félix Arellano, etc., cuyo objetivo confesado es «ir a la anarquía por la federación». El fenómeno, sin embargo, no se circunscribe a la ebullición organizativa, sino que posee un carácter decididamente hostil al aburguesamiento y al viraje moderado del partido, reclama el retorno «a la política de rebeldía, de oposición»
[ 8 ] y, por consiguiente, adquiere a menudo un sesgo de contestación interna, de disidencia izquierdista.
El citado grupo La Revuelta, por ejemplo, se lanza durante los primeros meses de 1912, bajo el lema «¡la revolución o nada!», a denostar a los próceres bienpensantes del lerrouxismo local con epítetos como «renacuajos» o «fariseos». Poco después, en julio de ese mismo año, el conjunto de las Juventudes Radicales de Barcelona convoca el que debe ser su «último mitin», un acto tumultuoso en el curso del cual declaran concluida la etapa de propaganda legal -«¡Pueblo, todo está por vengar! Basta de discursos...»-, anuncian su paso a la acción revolucionaria y prometen «no rendirnos hasta lograr que en breve ondee la bandera republicana sobre los escombros humeantes de la monarquía y de la Iglesia». A continuación, y enarbolando las banderas -rojas- de La Revuelta y de la Agrupación de Jóvenes Bárbaros, cientos de jóvenes asistentes al mitin protagonizan duros enfrentamientos callejeros con la policía al precio de dos docenas de detenidos
[ 9 ] . Semanas más tarde, la mayoría de las juventudes del PRR en la capital catalana abandonan la actividad pública y acuerdan disolverse formalmente, se supone que para pasar a la acción revolucionaria clandestina.
El impacto que tales sucesos causan en la opinión republicana barcelonesa es considerable. El diario
El Intransigente asegura: «Las Juventudes Republicanas Radicales, que en tiempos de Solidaridad Catalana no abandonaron un momento a Lerroux, se dispersan y disgregan [...] Las Juventudes que siempre habían sido los "guerrilleros" del ejército radical, que han tenido que emigrar, que han sido encarcelados y muchos de ellos heridos en las contiendas de la lucha, no están dispuestos a hacer más el juego a tantos "señores" que solamente se han acordado de ellos cuando se han aproximado elecciones, y que, pasadas éstas, se han visto abandonados [...] Las Juventudes radicales se disuelven porque ya no creen en Lerroux»
[ 10 ] .
Por su parte, el diario La Publicidad hace de la situación un análisis más sutil y más complejo:
«El caudillo radical no pretende dejar a las juventudes huérfanas de organización, unas veces con el nombre de kábilas y otra con el de jóvenes bárbaros. Pero quiere que permanezcan a honesta distancia de los órganos directores del partido, despojados de toda autoridad para que ni un solo momento puedan quedar él y el partido a merced de alguno de sus caprichos.
Ya conocen nuestros lectores a esas famosas juventudes radicales. No son en el fondo revolucionarias, como creen algunos juzgando por las apariencias [...] Mas en el seno del lerrouxismo representan el elemento activo por excelencia, y el que goza de mayores prestigios entre la masa militante del mismo.
Cuando a Lerroux le convino excitar a esos jóvenes, les excitó para sacarlos de sus casas y ponerlos, en la calle, frente al enemigo. En horas aciagas para Lerroux y para su partido, las juventudes han permanecido fieles al caudillo y a la causa sosteniendo tenaces campañas de propaganda. Pero ahora el señor Lerroux, que tiene cimentada su posición social, que pacta con elementos de la derecha para la constitución de grandes empresas bancarias [...], ahora que ha logrado ser personaje de la política española, la compañía de esas juventudes le molesta. Son, para sus proyectos, una constante pesadilla. Porque su partido, educado en una escuela de exaltación continua a la violencia y al crimen, se amoldará difícilmente a ese nuevo modo de ser, moderado, casi conservador, a que ha ido a parar el caudillo al cabo de una evolución a través de la cual ha pasado del rojo más vivo a un pálido casi blanco»
[ 11 ] .
Hasta aquel momento, Alejandro Lerroux había mantenido hacia las díscolas juventudes que invocaban su nombre y contradecían sus directrices una actitud de crítica paternalista y condescendiente ante las «calaveradas de los hijos rebeldes»: «No es posible que el partido vaya arrastrado por enardecimientos irreflexivos de jóvenes que no han llegado todavía a la hora en que, con el bigote sobre el labio, se puedan presentar como responsables... Esto se ha acabado ya. La juventud la quiero y la necesito para que vigorice mi partido con sus entusiasmos, con sus locuras, locuras generosas pero subordinadas a las conveniencias del partido. Para que nos diga cuándo hemos de ir a la revolución [...] para eso no la quiero»
[ 12 ] .
Sin embargo, la gravedad de lo ocurrido en el verano de 1912 -el «último mítin», la disolución formal...- obliga al caudillo a intervenir. Por una parte, deja sentada la doctrina de que «las juventudes han representado siempre como ahora la vanguardia del partido, pero queremos que se limiten ellas al ejercicio de lo que les es propio, pues formadas por jóvenes desinteresados y abnegados deben antenerse alejadas de lo que implique responsabilidad en la dirección, y ser como siempre el alma revolucionaria del partido»
[ 13 ] . Al mismo tiempo, y después de que la nueva Constitución Municipal del PRR barcelonés contemple la existencia en su seno de una «Asociación de Juventud» estrechamente subordinada a la disciplina del partido, en diciembre de 1912 las diecisiete entidades juveniles por entonces activas en la ciudad y provincia se agrupan en una Federación de Juventudes Radicales
[ 14 ] .
A diferencia de la inmensa mayoría de otras organizaciones juveniles impulsadas por partidos políticos a lo largo del siglo XX -que son instrumentos de captación y reclutamiento de adeptos entre el segmento joven de la sociedad-, la Federación de Juventudes Radicales nace fundamentalmente para contener , controlar y disciplinar al gran número de jóvenes que ya militaban desde tiempo atrás en el lerrouxismo. La tarea, con todo, no será nada fácil.