Brillante pieza periodística de inspiración entre regeneracionista y soreliana, el texto no pretendía ser ni un catecismo ni un programa de acción. Pese a ello, y en el crispadísimo clima político reinante en Barcelona desde mediados de 1906, los destinatarios de la soflama y otros jóvenes lerrouxistas interpretaron seguramente las palabras de su caudillo como una invitación a la violencia. El caso es que, a partir del mes de octubre, elementos vinculados a
La Rebeldía (los hermanos Ulled, Balugera, Joaquín Guasch, José Mínguez...) empezaron a interrumpir los mítines solidarios con vítores a España y a Lerroux que derivaban en alborotos, e incluso se constituyó algún grupo de acción -como el denominado Fructidor, al mando de Manuel Jiménez Moya- con el objeto de, si era preciso «castigar con mano fuerte o protestar con energía», hacerlo «con mayores consecuencias que las de una silba o una pedrea»
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Esas consecuencias no tardaron en producirse. Cuando, en enero de 1907, el objetivo de los perturbadores fue un mitin carlista en la plaza de toros de las Arenas, los asistentes a éste respondieron a tiros y se originó una batalla campal con intercambio de más de doscientos disparos. Generalizado ya el uso de garrotes y pistolas, y llegando la campaña de las legislativas de 1907 a su recta final, el 7 de abril un tiroteo en el barrio obrero del Poblenou costó la vida del joven lerrouxista Fulgencio Clavería, jefe del «grupo revolucionario» del distrito X. Once días después, tal vez en venganza por la muerte de Clavería, elementos lerrouxistas del barrio de Hostafrancs atacaban la comitiva de los máximos dirigentes solidarios y causaban graves heridas de bala a Francesc Cambó. Conviene precisar que, en el fondo y en la forma -en el modo de actuar y en la mentalidad que las inspira-, tales actividades violentas tienen poco que ver con el escuadrismo miliciano de décadas posteriores, y mucho con las «partidas de la porra» tan propias de la política española del siglo XIX .
Entre abril y junio de 1907, tras la derrota electoral frente a Solidaritat Catalana y la ruptura definitiva con la Unión Republicana española leal a Salmerón, Alejandro Lerroux apuesta por promover una marca política propia de ámbito estatal y, en el terreno táctico, por acentuar el perfil izquierdista de su movimiento, difuminado bajo la carga identitaria del enfrentamiento Solidaridad-Antisolidaridad. Lo primero se traducirá en enero de 1908, en Santander, en la proclamación formal -aún no la creación real- del nuevo Partido Republicano Radical. Lo segundo se concreta, en Barcelona, en el protagonismo y el amplio margen de maniobra concedidos a diversos núcleos de jóvenes extremistas que, contando con órganos de prensa propios, se erigen en galvanizadores y arietes del lerrouxismo después de su descalabro electoral.
Se trata, por supuesto, de los elementos de La Rebeldía, que, en su primer aniversario, se jactan de haber acumulado veintisiete denuncias del fiscal, y de los Descamisados, alrededor del semanario homónimo. Ahora, además, aparecen el grupo revolucionario y el semanario La Kábila , impulsados por Bartolomé Calderón Fonte (Barcelona, 1886), León Júver, Joaquín Coca, Pedro Figueras, Luis de Villalobos... -estudiantes en su mayoría, algún ex ácrata-, así como una Agrupación República Social que quiere propagar, en el seno del lerrouxismo, las actitudes anticapitalistas y «la descentralización de la propiedad».
A título de iniciativas o proyectos que, en su mayor parte, no llegaron a cuajar, la prensa adicta informa también, en este período, sobre una Juventud Intransigente, una Juventud Rebelde, una Juventud Socialista Radical, una Juventud Revolucionaria de Barcelona... En un terreno más convencional -y más sólido- se inauguran la Juventud Radical del barrio del Fuerte Pío, la Radical Republicana del distrito III, etc. En el primer trimestre de 1908, once de las cuarenta y cinco entidades con sede propia que configuran la red organizativa lerrouxista en Barcelona tienen carácter juvenil y, lejos de atemperarlas, la marcha de Lerroux al exilio, aquel febrero, más bien las radicaliza. Durante los dieciocho meses anteriores a la Semana Trágica, el activismo de muchos cientos, tal vez un millar de jóvenes militantes constituye una de las mejores bazas del republicanismo radical en la ciudad que es su cuna y baluarte.
Es justamente ese protagonismo previo, junto con la estridencia de sus propagandas anticlericales -el semanario La Rebeldía tiene una sección fija titulada «Curas en salsa», El Descamisado otra bajo el enunciado «Monjas y beatas en el candelero y obreras en la miseria»...-, el que, cuando estalle la revuelta de julio de 1909 en Barcelona, señalará a los jóvenes lerrouxistas como los sospechosos ideales de haberla promovido o alimentado. Además, ¿acaso el caudillo ahora ausente no tenía ordenado a los «jóvenes bárbaros» todo aquello de «destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias...», «no os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares», «hay que derribar la Iglesia», «luchad, matad, morid»? ¿No había sido éste, de modo casi literal, el programa de lo que la derecha bautizó como Semana Sangrienta o Semana Trágica?.
De algún modo, los jóvenes lerrouxistas fueron, a raíz de la revuelta,víctimas de la facundia literaria de su jefe tres años atrás. No, eso no significa negar que, en los días previos al 26 de julio de 1909, aquellos que la policía calificaba de «conocidos agitadores de la Casa del Pueblo» -los hermanos Ulled, Rafael Guerra del Río y otros- participaran en las protestas y disturbios contra el gobierno de Maura y contra la aventura militar en Marruecos. Es también verosímil -aunque no está probado- que, una vez iniciada la insurrección, los elementos citados, junto con Colominas Maseras, Gaspar, Calderón Fonte, etc., deseasen un mayor compromiso de su partido en ella y, al no lograrlo, se permitieran alguna intervención directa en la quema de iglesias y conventos igual que, sin duda ninguna, la tuvieron cientos de militantes y simpatizantes radicales, en especial jóvenes y mujeres.
Con todo y ello, es imposible evitar la sensación de que, una vez extinguida la revuelta, los jóvenes cuadros lerrouxistas fueron perseguidos no tanto por lo que habían hecho como por lo que representaban: el mito del «joven bárbaro» incendiario y violador de novicias. Guerra del Río fue detenido ya el 30 de julio y Manuel Santamaría unos días después, mientras Rafael y José Ulled, Gaspar, Calderón Fonte y otros conseguían refugiarse en el exilio francés. En cuanto a sus principales tribunas, la suspensión gubernativa que castigó tanto a
El Descamisado como a
La Rebeldía iba a suponer la muerte definitiva del primero y un golpe irrecuperable para la segunda
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No es la Semana Trágica, sino el regreso de Lerroux del exilio (noviembre de 1909) y el subsiguiente traslado del centro de gravedad de su acción política a Madrid, al escenario estatal, lo que marca un punto de inflexión crucial y señala el comienzo del declive del lerrouxismo popular barcelonés, ese del que la agitación y la estridencia juveniles habían sido rasgos fundamentales. A partir de 1910, mientras el caudillo radical se codea con el presidente Canalejas, el PRR procura atraer a sus filas a enseñantes, abogados, pequeños comerciantes o funcionarios de la España interior (Madrid, Andalucía, Aragón, ambas Castillas...), y consigue -bien es verdad que por poco tiempo-fichajes tan sonoros como los de José Ortega y Gasset, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, Pío Baroja, Eugenio Noel, Jacinto Benavente, Joaquín Dicenta, Francisco Grandmontagne o Rafael Salillas; filósofos, juristas y escritores a los que la sugerencia de «levantar el velo de las novicias y elevarlas a la categoría de madres» no podía hacer ninguna gracia, ni siquiera como metáfora.