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Ayer 58 Ayer

La lectura en la España contemporánea: lectores, discursos y prácticas de lectura

por Jesús A. Martínez Martín
Ayer nº 58, (2) 2005

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A principios del siglo XX , la modernización del sector, el aumento de tiradas, el abaratamiento de los libros, los mercados de ocasión y de viejo, proyectaron una imagen, sobre todo en el ámbito urbano, de que «todo el mundo escribe y todo el mundo lee». El recorrido culminaría durante la Segunda República cuando las misiones pedagógicas, las bibliotecas públicas y las ferias del libro fueron los emblemas de un tiempo de lectura. Desde que el proceso empezó a tejerse en las décadas centrales del siglo XIX , las autoridades del Estado liberal lo intentaron controlar, teniendo en cuenta la peligrosidad de unas lecturas espontáneas, sin guía ni orientación.Más que el ejercicio de la censura se precisaban unas pautas de lectura guiada. Se construyó así un discurso de la escuela pública, paternalista, orientado a la instrucción de las clases populares o «más desfavorecidas de la sociedad» con fines didácticos para aprender «conocimientos útiles» y con dosis de moral. Una lectura explicada, atenta, guiada, que compartía con el discurso eclesiástico la denuncia de los «malos libros» por inmorales o revolucionarios, la escasa calidad literaria y que pretendía seleccionar un corpus de buenas y útiles lecturas para el pueblo. Una lectura de formación, en la escuela y en las bibliotecas, como responsabilidad del Estado, que debía enseñar a leer a todo el mundo. Con la Revolución de 1868 se produjo un importante punto de inflexión al incorporarse en el ideario democrático la educación y su instrumento, la lectura, como un derecho, completando los discursos paternalistas que procedían del espíritu ilustrado.
«No es posible desconocer cuánto ha de contribuir a la cultura general del país, y por consiguiente a su verdadero progreso la propagación de buenos libros, siquiera sean elementales, por cuyo medio no sólo se despierte la afición a la lectura, sino que sirva de estímulo al ciudadano para adquirir conocimientos que le proporcionen la ventaja moral o material de mejorar su naturaleza y ponerle en disposición de conocer y cumplir respectivamente sus derechos y deberes en la sociedad (...) Pero también es innegable dado nuestro actual estado de cultura y el económico del país, la suma dificultad que ofrece la publicación de buenos libros que respondiendo a una clasificación científica, metódica y acertada satisfagan, no sólo a la precisa condición de su baratura, sino lo que es más importante aún, a la de que puedan circular con fruto, siquiera sea lento, pero seguro, entre individuos que como observa el negociado no sepan más que leer y para quienes más particularmente se destinan (...) el principal fin de las bibliotecas populares cual es el de poner al alcance del mayor número la mayor suma de conocimientos útiles y de aplicación» [ 26 ] .
Este discurso liberal reformista, que evolucionó hacia los planteamientos democráticos de la lectura ejercida como un derecho, estaba en competencia con el dinamismo de un discurso eclesiástico muy beligerante con el discurrir de la cultura impresa y sus prácticas lectoras. Y aquel discurso democrático no dejó de verse atenuado por un discurso bibliotecario erudito y un discurso pedagógico normativo y moralizador, que pretendían controlar, guiar y conducir con tonos paternalistas los nuevos tiempos lectores [ 27 ] .
Más lecturas, menos analfabetismo y una producción multiplicada fueron los capítulos que confluyeron, con un engranaje didáctico y una socialización de la lectura, durante las tres primeras décadas del siglo. El dinamismo editorial y de la demanda de lectura también se fueron acoplando a los discursos y prácticas de una «lectura obrera», que recogían elementos didácticos, instructivos y utilitarios anteriores, pero que al mismo tiempo incorporaban una versión militante de la lectura como instrumento de emancipación social. Este proceso simbolizado en el libro revolucionario o en las editoriales de avanzada de la época de la Dictadura culminó en los años treinta.
Durante la República el libro había salido a la calle y se difundió en muy diversos ámbitos. Los lectores habían aumentado, los estímulos para la lectura también, los libros se habían hecho más accesibles con la rebaja de los precios o el desarrollo del mercado de segunda mano, pero sobre todo la socialización que se produjo en la etapa republicana, como las misiones pedagógicas o las ferias del libro, indicaba que la preocupación por los libros y el discurso social de la lectura se había incrustado en el tejido social. Unos como instrumento de aprendizaje y educación, otros como vehículo de progreso, otros como elemento de distracción y otros como símbolo de emancipación social. Todas las categorías sociales se implicaban con el libro, que ya no era una seña de identidad de las elites letradas.
En la República confluyeron, pues, tres referentes en la consideración del libro y la lectura. Por un lado, recogía toda la trayectoria impulsada por los demócratas del siglo XIX que situaban en la educación y la instrucción del pueblo, en su sentido colectivo, un instrumento de progreso social de las clases desfavorecidas, y por otro, toda la veta regeneracionista que adjudicaba a la «escuela y la despensa» las vías para remediar los males del país. Pero la República aplicó a estas reflexiones una dimensión pública de la cultura, entendida como derecho político universal. Además, en el transcurso de estos años se fue alimentando también, más allá de esta idea colectiva, aquella concepción de la cultura y el libro como un instrumento de emancipación social, dotándole por tanto de un sentido revolucionario -no ya paternalista, ni regeneracionista, ni público- y de clase social, que adquirirá fuerza durante la Guerra Civil en el contexto de una cultura militante y de emancipación social [ 28 ] .
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NOTAS
  • [ 26 ] Dirección General de Instrucción Pública, Manuscrito sobre Bibliotecas Populares, 28 de diciembre de 1870, Archivo General de la Administración, Educación, leg. 6622.
  • [ 27 ] V IÑAO , A.: «Los discursos sobre la lectura en la España del siglo XIX y primeros años del siglo XX », en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal..., op. cit., pp. 85-148.
  • [ 28 ] M ARTÍNEZ , J. A.: «Editores, libreros y público durante la Segunda República», en Aula de Cultura, núm. 22 (2002), Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños del CSIC, y M ARTÍNEZ , J. A.: «Los libros y la lectura durante la guerra civil», en Aula de Cultura, Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños, 2001.

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