La lectura silenciosa, al comprender una relación íntima con el texto, era una práctica sensible a unas emociones que no quedaban delatadas, y estaba expuesta a múltiples sugerencias y seducciones de los textos que alimentaban la capacidad de imaginar y soñar. Era un tipo de lectura extensiva, rápida, profana y muy atenta a las novedades capaz de alterar los espíritus al ser una fórmula de libre interpretación individual, no guiada, y que generaba distracción. Y ésa fue la gran carga seductora de la novela. Las prohibiciones de las autoridades se perdían entre los espíritus seducidos, y no cuajaban las recomendaciones gubernamentales ni eclesiásticas. Los lectores eran cada vez más, y no sólo elites letradas, sino niños, mujeres, artesanos, doncellas... difícilmente controlados, extendiéndose la máxima de socialización y la percepción de los peligros que esto entrañaba. Por ello, durante el siglo XIX la lectura silenciosa, sobre todo la femenina, era entendida por la Iglesia como un fermento de pasiones y, por tanto, de naturaleza peligrosa . El colectivo de mujeres letradas, como una de las nuevas categorías de lectores, fue el público más proclive a la literatura, sobre todo novelada, que leía en silencio y a solas, en el retiro, que contrastaba con aquel tipo de lectura colectiva de naturaleza sacra vinculada al ejercicio devoto y a la práctica de la liturgia religiosa.
La lectura de novelas siguió siendo considerada en círculos eclesiásticos durante todo el siglo XIX , sobre todo desde la década de los ochenta, como atentatoria de la moral, las costumbres y el espíritu. Eran las lecturas
«malas» por naturaleza. Los argumentos de las pastorales, alocuciones desde el púlpito, prensa eclesiástica, confluían en definir la novela, fuera cual fuera, como debilitadora del espíritu, provocadora de una excitación pasajera y del oscurecimiento de la razón, además de languidecer la voluntad. A principios del siglo XX la retórica del sermón intensificó sus valoraciones: «Allí en la lectura de libros y periódicos bebió el pueblo como hidrópico el veneno fatal que cegó las luces de su inteligencia y las energías de su corazón; allí en las malas lecturas perdió la tranquilidad y su paz, sus esperanzas»
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Pero para la Iglesia habían pasado los tiempos de la censura estructural y «los cordones sanitarios». La liberalización de la imprenta y, sobre todo, la extraordinaria multiplicación de la oferta hacían inútiles las prohibiciones y desde la segunda mitad del siglo se concentraron sus actividades en las recomendaciones y las lecturas guiadas, y en la creación de organizaciones dedicadas a proporcionar «útiles y sanas lecturas» y «moralizar e instruir a los hijos del pueblo».
El auge de la novela en el siglo XIX , las preferencias de los editores por este negocio, con su perfeccionamiento técnico y fórmulas de difusión, y el abaratamiento del producto hizo que la poesía quedara relegada a un segundo plano, sobre todo en el terreno editorial. Una producción multiplicada para mayor número de lectores, con más libros que leer, de más fácil acceso y más baratos, provocó también la posibilidad de leer más novela que poesía. La novela por entregas fue un producto editorial revolucionario, no tanto por los contenidos de los textos, que se podían encontrar en otros formatos, sino por su forma de difusión y haber alcanzado la fidelidad de los lectores, procedentes de muy diversos grupos sociales.
La circulación de la novela popular atravesó todos los rincones de la sociedad del siglo XIX , y sedujo los espíritus, despertó emociones y fue capaz de cautivar a lectores de muy diversa procedencia
[ 24 ] . Letrados e iletrados acabaron compartiendo la práctica social de la lectura, aunque con distintas dimensiones y procedimientos culturales. El gesto del mundo letrado, y sobre todo los que apelaban a la pureza de la creación literaria, consideraron este tipo de novelas como de escasa o nula calidad literaria, realizadas a destajo y huérfanas de los cuidados narrativos. Pero se extendieron como un reguero desde los años cuarenta del siglo XIX , bien en el folletín de los diarios, bien en entregas de seducción. Este contraste entre el gesto selecto del intelectual y la seducción de las novelas en folletín quedó muy bien retratado por Julio Nombela al describir la actitud extrema de Antonio Ríos Rosas, para quien había trabajado de secretario:
«Tenía una debilidad que me confesó. Las novelas de Dumas padre y de Eugenio Sué, de Montepin y Gaboriau, éstas con los crímenes difíciles de descubrir que narraban sin perdonar los más espeluznantes detalles y aquéllas con las aventuras extraordinarias que entretenían y fascinaban al lector, le interesaban hasta el punto de no perder un solo folletín de los que publicaba
La Correspondencia, cuyo propietario, don Manuel María Santana, gran conocedor del público, sabía elegirlos de maravilla. Por aquel tiempo daba a luz el periódico callejero una novela de Saint Félix, titulada
Las primas de Satanás, y antes que las noticias leía Ríos Rosas el folletín, poniéndose de mal humor si visitas intempestivas le privaban de aquel gusto, que él mismo calificaba de malsano y antiliterario. Recuerdo que un día, a mediados de septiembre, llegó Alonso Martínez, que era a la sazón uno de los ministros más importantes, en el momento en que mi jefe comenzaba a leer el folletín de
La Correspondencia, que había quedado en el número anterior en una situación de interés. Aunque mayor era el que debía inspirarle la matinal visita del ministro, me encargó que fuese a la sala, donde le había introducido la doméstica, y le rogara que esperase unos instantes, pretextando que había pasado mala noche y no se había levantado. Sobre todo me encareció que le entretuviera del mejor modo posible hasta que él terminase la lectura. Cerca de media hora tardó en presentarse, y no dejé de verme apurado, porque en mi calidad de secretario tenía que guardar cierta circunspección y no hablar de política...»
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Lecturas controladas, lecturas guiadas, lecturas militantes
La extensión social de la lectura, su multiplicación entre los colectivos sociales, provocó importantes consecuencias en la manera de entender la lectura y los discursos que sobre ella se proyectaron. En el último tercio del siglo XIX , pero sobre todo a comienzos del siglo XX , se habían superado todos los límites previstos para controlar, en el tiempo de las masas, la actividad lectora extendida por el pueblo después de resbalar por la pirámide social. La lectura directa como acto de desciframiento de textos había dejado de ser un patrimonio exclusivo de las elites letradas, cortesanos, nobles y burgueses, que empezaron a compartir una práctica cultural que hasta entonces era una seña de identidad de las sociedades del privilegio.
Las transformaciones editoriales alimentaron la circulación de libros, y con ello la alteración temática de sus contenidos y las prácticas de lectura. Por ello contribuyeron a la consolidación de las reglas del juego de la sociedad liberal y el desmantelamiento lento de los principios del viejo orden. No tanto por los contenidos como por las formas de circulación social del libro y las prácticas de lectura, se fueron transformando las viejas ideas a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX . La máxima de libros para todos cambió la relación con los libros, los hizo teóricamente accesibles y con ello provocó una erosión de la autoridad.