El doctor Federico Rubio al recordar escenas de su infancia, situadas en 1831, describió cómo durante la vendimia la lectura colectiva formaba parte del entretenimiento: «Concluida la faena, los pisadores y estrujadores van a la gañanía, desarrollan su lecho de anea y se acuestan, roncando apenas echados; mientras que los restantes viñadores, sentados sobre un cantero tendido o sobre un taburete de pitaco, cuentan historias, o recitan, o leen un romance a la luz indecisa del humoso candil»
[ 19 ] , y, de forma recurrente, sitúa las lecturas orales y colectivas en sus primeras experiencias letradas: «El primer libro que leí, deletreando casi, fue el
Bertoldo . Hago omisión del catecismo, del libro de urbanidad y cortesía, de las fábulas de Iriarte y Samaniego: porque, leídos en la escuela y atento a aprenderlos de memoria, la voluntad puesta en esto, no lograba aprenderlos, ni menos entender de ellos una sola palabra (...) A tan poca cosa se reducían mis lecturas a los doce años; como no se agregue algún romance, pues los más los conocía de oídas, ya a los ciegos, ya a la gente del pueblo y más particularmente a los trabajadores del campo en las temporadas de vendimia»
[ 20 ] . Cuando desplegó la práctica de la lectura individual y silenciosa, sin relectura, ni memorización, recuerda las ventajas que tenía para comprender los textos, de forma anacrónica al aprendizaje al que había estado sometido: «Como leyera y leyera sin descanso ni levantar mano, a pocos días terminé los tomos (...) Aprecié y distinguí las diferencias de estilo, gusto y carácter de los diversos escritores. Por una simple lectura y de corrido, quedáronse en mi memoria muchas estrofas (...) Debo notar que, con excepción hecha del
Quijote, jamás he tenido paciencia para leer un libro más de una vez, ni cuando niño, ni de mozo, ni ya viejo, así trate de literatura, de historia o de ciencia. (...) Atribuyo este capital defecto a la conjugación de mi carácter impaciente con los efectos de la absurda pedagogía a que pretendieron sujetarme. Aprender de memoria sin entender de lo que se trataba, obligarme a repetir una lectura una vez y ciento ymil, produjo en mi espíritu tal indigestión que (...) mi nerviosidad interna se impacienta y sufre leyendo cualquier escrito más de una vez»
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La lectura en voz alta y compartida era la lógica natural de la relación con lo escrito. Y tenía, sobre todo, un carácter sacro. También de entretenimiento y de distracción. Además, la lectura en voz alta venía acompañada de una proyección didáctica y, de hecho, era la forma de enseñanza de la lectura por definición.
Los misales y los catecismos eran el emblema de la liturgia religiosa, pero también los breviarios, las semanas santas, el Kempis, las vidas de santos o la literatura piadosa eran los libros habituales entre las mujeres de la época. Pero las elites, las mujeres burguesas, la nobleza titulada, las casas distinguidas, accedieron a un tipo de libros de muy diversa procedencia en cuanto a su naturaleza, contenidos e idioma. Ello fue entendido por las autoridades civiles y eclesiásticas como una amenaza con peligro para las conductas tradicionales y morales que al ejercer una libre interpretación con libros leídos en silencio y no compartidos podrían provocar ensoñaciones y sentimientos reprobables e insumisos. Cuando la alfabetización se extendió y los efectos se multiplicaron en el tejido social en el último tercio del siglo y con el comienzo del siglo XX , el fenómeno ya no tenía control posible y ello exigió nuevos discursos y cauces para conducir las lecturas.
La lectura compartida, oral, pública, no fue sólo expresión de dificultades económicas, limitaciones de alfabetización o de tradiciones culturales, ni siquiera en las prácticas protagonizadas por las capas populares. La sociedad liberal y sus espacios alimentaron este tipo de lectura en voz alta como una expresión de recreo colectivo en veladas, reuniones, tertulias, con lecturas en grupo en sociedades, ateneos o círculos recreativos, y muchas veces como proyección didáctica y del discurso político. La forma de lectura aquí no cambió, lo que sí se transformaba es la relación sacra con el libro. Eran las sociedades de hablar de los liberales, como los espacios naturales de la libre asociación y reunión, en contacto con el público, socializando los discursos. Los salones, las tribunas, las tertulias... acogieron recitaciones y discursos como medios de difusión. Era el arte de la lectura, de las exhibiciones declamatorias y del cultivo de la oratoria. Lecturas colectivas en tertulias de café, en las trastiendas de las librerías, y a lo largo del siglo en instituciones, asociaciones y círculos orientados también a las capas populares y las clases trabajadoras. También los gabinetes de lectura, cuya importancia fue limitada hasta los años treinta y cuarenta del siglo XIX , relanzaron la posibilidad del alquiler y el préstamo. Después las bibliotecas populares, desde los años setenta, hicieron lo propio.
Leer a solas, por sí y para sí
La lectura individual, con los ojos, silenciosa e íntima, era a la altura del primer tercio del siglo XIX una práctica del modo de leer dispuesta amultiplicarse entre los nuevos públicos. Se había extendido a lo largo del siglo XVIII entre las elites letradas, pero en modo alguno había sustituido, y ni siquiera superado, a la forma más habitual de lectura y de su aprendizaje, como era la lectura en voz alta y colectiva, formando parte de una cultura oral que seguiría fuertemente asentada durante mucho tiempo. La tipología y cambios de las prácticas lectoras también tendría su apoyatura en el paso de la semialfabetización a la alfabetización, con el paso de un aprendizaje de la lectura con pocos textos y memorizada a otra fluida relacionada con el aprendizaje de la escritura. En segundo lugar desaparecería poco a poco el autodidactismo -lectura enseñada en el ambiente familiar o laboral que pasaba a la escuela, esto es, a la escolarización del aprendizaje- y la transición de una lectura mecánica y expresiva en voz alta, deletreando, a otra comprensiva, comentada y silenciosa.
Para que se extendiera, vinculada a las formas de aprendizaje de la lectura, tuvo que transcurrir casi todo el siglo XIX , y que a finales de éste se incluyera entre las nuevas propuestas de aprendizaje esta forma de lectura silenciosa, visual, que favorecería la comprensión y el estudio. De todas maneras, el aprendizaje en voz alta había sido el método empleado en las escuelas y no quedó desechado, puesto que se continuó practicando
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Las transformaciones editoriales, al posibilitar la multiplicación de libros, su abaratamiento y su circulación, facilitaron ese tipo de lectura más rápida e individual. También la propia tipografía, tipos de letras, distribución de párrafos, tamaños y los formatos se orientaron a la lectura en silencio y visual, sin necesidad de recitación, estableciéndose una relación directa entre el escritor y el lector sin la figura intermedia, pero básica -tono, declamación, ritmo...- del narrador.