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Ayer 58 Ayer

La lectura en la España contemporánea: lectores, discursos y prácticas de lectura

por Jesús A. Martínez Martín
Ayer nº 58, (2) 2005

Número de páginas: 6
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El propio texto oficial compartía la consideración de que leer en voz alta delante de las princesas era una actitud reprobable. La respuesta oficial se basaba, pues, en negar que la condesa hubiera tenido esa conducta, pero no que tal conducta fuera irreverente. Leer por sí y para sí era una grave desconsideración, pero no lo era la lectura en voz alta y con consentimiento de las princesas, que tenía, además, la virtud de la distracción. Detrás de este pasaje, utilizado por el diario como coartada política para cuestionar a la condesa, se esconde una realidad social y cultural de mayor alcance sobre la consideración y el contrapunto entre lectura oral y lectura silenciosa [ 14 ] .
En el episodio cultural protagonizado por la condesa de Mina la lectura individual y silenciosa, no compartida, era reprobada como actitud irreverente hacia las princesas, que alejaba a la condesa del papel que debía desempeñar a base de una atención dedicada y que la abstraía en sus propios pensamientos, con una interpretación libre, y ocultaba a las infantas el contenido y las enseñanzas de la lectura. Y ello estaba en contradicción con la lectura en forma colectiva, oral, familiar y muchas veces de contenidos piadosos, como expresión de una práctica cultural de su tiempo. Pero el nudo central de las acusaciones vertidas contra la condesa de Espoz y Mina por el Eco del Comercio no estaba en el contenido del texto, sino en la actitud «irreverente» de leer en solitario.
El incidente provocado por el diario no pasó a mayores y respondía, pues, a un contexto mucho más amplio que el hecho de la lectura durante un paseo, pero había desvelado desde el punto de vista de las prácticas culturales, las interpretaciones contrapuestas acerca de las formas de leer. Un episodio cultural que había demostrado las tensiones resultantes entre una lectura oral y colectiva y una lectura silenciosa e individual, y el alcance social y político de su significación. En último término la lectura era una práctica cultural en la base de la construcción de sentido, y la forma en la que leían los individuos, cómo lo hacían, era expresión simbólica de cómo daban sentido al mundo, a las cosas y a sus relaciones con los demás.
En el ámbito de la burguesía letrada de principios del siglo XIX , entre otros muchos testimonios, Mesonero Romanos recuerda cómo en 1809, casi con seis años de edad, se vio alterada la vida cotidiana de la familia por la invasión napoleónica y con los amigos ya fuera de la ciudad, y cómo sus padres ocupaban la actividad hogareña en lecturas familiares ajenas al conflicto:
«La animación y la alegría huyeron de la casa, y mis excelentes padres, que no podían abandonarla con su dilatada familia de cinco hijos menores, no tuvieron más remedio que agruparlos en su derredor, prodigándoles las muestras de su ternura, y confiando a la divina Providencia el amparo y auxilio en su desgracia, entretenían sus obligados ocios con lecturas piadosas y morales, tales como el Año Cristiano y las Dominicas, del padre Croiset; el Evangelio en triunfo, de Olavide, o las Sociedades (sic) de la vida y desengaños del mundo, del doctor Cristóbal Lozano; alternadas de vez en cuando con alguna historia, como la de Mariana o la de Ortiz, y la Monarquía hebrea, del marqués de San Felices» [ 15 ] .
Son los primeros recuerdos que, en sus Memorias, manifiestan su relación con la lectura. Estos libros que escuchó en su infancia por boca de sus padres establecieron un contexto familiar que invitó a Mesonero a tener una relación muy estrecha, ya para siempre, con los libros. Un bautismo de lectura en forma colectiva, oral, familiar y muchas veces de contenidos piadosos, como expresión de una práctica cultural de su tiempo. No era en modo alguno una situación excepcional, sino habitual y dominante en las formas de lectura de su época, eso sí, alimentada por las consecuencias que en los hogares tuvo la invasión napoleónica. En aquellas fechas su casa familiar era punto de confluencia de patriotas amigos y vecinos que se reunían a conversar, glosar boletines y diarios y a expresar sus emociones.
Las esposas, también reunidas alrededor del brasero a primeras horas de la noche, se ocupaban de los niños y entre las actividades estaba la de la lectura de cuentos. La práctica cultural de la lectura proyectada por sus padres en el ámbito familiar, pues, se sitúa en la base de la inquietud que pronto se despertó en Mesonero por las letras.
En la segunda década del siglo, con diez años cumplidos, Mesonero ya disfrutaba con la lectura y la recitación de versos que aprendía de memoria. Los títulos que describe también formaron parte del repertorio de libros más leídos en el siglo XIX , y, como tales, estaban de manera habitual en las bibliotecas privadas [ 16 ] .
La historia de la lectura no se agota, pues, con la historia de los libros que encierran textos impresos y las relaciones que con ellos establecían lectores individuales y silenciosos, sino a través de la cultura oral, entre letrados e iletrados, las lecturas en grupo en distintos espacios, desde los domésticos hasta los pliegos de cordel de estructura móvil, con sus vendedores ambulantes o voceados por ciegos en los núcleos urbanos. La lectura oral siguió siendo una práctica entre los iletrados, apoyados en los romances de ciego y en las diversas formas que representan la «librería del pueblo» como una nueva cultura del libro en el siglo XIX , sobre todo desde los años cuarenta: almanaques, calendarios, pliegos de cordel, hojitas y folletitos de propaganda, estampas, láminas, pliegos de aleluyas, cromos, postales... [ 17 ] En los núcleos urbanos y rurales la lectura oral y colectiva fue habitual, sobre todo entre los colectivos donde no llegaba, o casi no llegaba, la posesión de libros. A través de estas variadas fórmulas como los pliegos de cordel, con versos en romance difundidos por ciegos, con representaciones, se divulgaron muchos temas y mensajes que contenían libros o entregas. Voceadores en los centros neurálgicos de las ciudades, en ferias, mercados y romerías, reproducían una forma oral de comunicación, y con fácil memorización.
Algunos editores se especializaron en la divulgación de este producto de lectura. Julio Nombela recuerda cómo se decidió a escribir uno de esos textos de la «literatura callejera» con el modelo de «los que alguna vez habían caído en mis manos cuando la criada que fue con mi familia a Almería los compraba y me pedía que se los leyese» [ 18 ] . Así como las lecturas colectivas, compartidas, en público siguieron siendo habituales en la cultura oral de los núcleos urbanos, fueron sobre todo más propias de las comunidades campesinas tradicionales.
En los espacios campesinos el acceso al libro estaba más limitado por razones de práctica cultural, pero también de menor ritmo de alfabetización que impedían el recurso a la lectura individual. Y, como en pequeñas y medianas localidades, la circulación de los libros todavía era lenta y costosa, apenas mitigada con el trasunto del siglo por una mejor articulación del mercado -transportes, correo...- y dependientes casi siempre del buhonero o del notable local. Salvo las lecturas ocasionales, las lecturas en los núcleos rurales estuvieron determinadas por una relación sacra con el libro, la lectura en familia en términos devotos o la liturgia con el papel principal del clérigo como instrumento principal de la difusión de los discursos.
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NOTAS
  • [ 14 ] Veáse mi trabajo «La lectura irreverente o la educación descuidada. Un episodio de historia cultural», en Cuadernos de Historia Contemporánea, número extraordinario (2003), pp. 137-144.
  • [ 15 ] M ESONERO R OMANOS , R. de: Memorias de un setentón, Madrid, Tebas, 1975, p. 74.
  • [ 16 ] M ARTÍNEZ , J. A.: Los libros de Mesonero Romanos y las lecturas de su tiempo, Centro Mesonero Romanos, Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños, núm. 15 (2004), pp. 1-29.
  • [ 17 ] B OTREL , J. F.: «La construcción de una nueva cultura del libro», en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal..., op. cit., pp. 24-25.

    18 N OMBELA , J.: Impresiones y recuerdos, Madrid, Tebas, 1976, p. 550.

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