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Ayer 58 Ayer

La lectura en la España contemporánea: lectores, discursos y prácticas de lectura

por Jesús A. Martínez Martín
Ayer nº 58, (2) 2005

Número de páginas: 6
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Los formatos y la tipografía se orientaron también hacia una lectura silenciosa. Se fue consolidando una mutación en la forma de leer que fue desplazando, pero sin sustituir, a la lectura colectiva en voz alta, clásica de una cultura oral, por una lectura individual y silenciosa. En todo este trasunto los libros fueron cambiando en su consideración social como instrumento esencial de comunicación, cultura y educación, y en los discursos que sobre ellos se tenían, en un largo proceso que culminó durante la Segunda República [ 4 ] .
La extensión social de la lectura en el siglo XIX y sobre todo con el siglo XX , con formas orales o con prácticas letradas, fue un proceso revolucionario al orientar la lectura en un sentido socializador, no sólo por el aumento del número de lectores, sino también por el cambio en las relaciones de los individuos con los textos. Esa aventura social, que rompió viejas pautas y construyó nuevos sentidos en las relaciones sociales, no supuso una universalización ni amortiguó distancias sociales, pero sí aumentó el porcentaje de letrados e hizo los libros teóricamente accesibles. Un largo periodo de la historia del acceso al libro que discurrió entre las elites letradas de finales del siglo XVIII y las lecturas populares de los años treinta del siglo XX .
En el Occidente europeo, durante el siglo XVIII se habría producido una revolución de la lectura entendida como una mutación de la forma de relación de los lectores con los textos, cuyas características serían el paso de una lectura pública o compartida a otra individual y solitaria, de una lectura en voz alta a otra silenciosa, de una lectura intensiva-relectura-a otra extensiva y efímera. La cuestión central no está tanto en el desplazamiento, ni aun en la sustitución de formas más antiguas de práctica de lectura, como en su simultaneidad y en su diversidad, y más que en la oposición de diversas prácticas de lectura, en la capacidad de movilizar diferentes formas de leer [ 5 ] .
Desde las últimas décadas del siglo XVIII se fue consolidando en el Occidente europeo, pues, una mutación en las formas de leer que fue desplazando en el siglo XIX , pero sin sustituir, la lectura colectiva y en voz alta por una lectura individual y silenciosa. Un desplazamiento más propio del mundo urbano y entre las elites letradas [ 6 ] .
En la España del siglo XIX se habría producido esta transición entre unas lecturas intensivas: pocos libros, transmitidos generacionalmente, con lecturas compartidas, públicas, basadas en la oralidad, la recitación y la memorización, y con una relación sacra del lector con lo impreso, hacia otras de carácter extensivo: textos diversos, en número y naturaleza, lectura rápida, más superficial, individual y silenciosa, rara vez ejerciendo la relectura, y con una relación distinta con el texto, que tiende a perder su carácter sacro para ser más abierta y capaz de inquietar los espíritus y recrear la imaginación.
La oralidad mixta se desplazaría, sin quedar sustituida, hacia unas prácticas culturales basadas en lecturas silenciosas e íntimas [ 7 ] . Esta revolución de la lectura se produjo a largo plazo y lentamente desde la segunda mitad del siglo XIX , para ir abriéndose paso respecto a una cultura oral dominante, pero a la que no sustituyó, para madurar en los años treinta del siglo XX . Una socialización de la lectura y de la cultura impresa, no en términos de generalización, ni universalización, pero que se fue vinculando al tejido social a través del solapamiento y relación de varias formas de relación con los libros.
Leer escuchando
En el siglo XIX la edad oral, pues, no sólo no se diluyó entre las novedades de la cultura impresa, sino que leer y escribir eran categorías que todavía se podían asociar a la cultura oral. Las sesiones de lectura en voz alta eran todavía características de los usos lectores que hundían sus raíces en la alta Edad Moderna, donde era frecuente la lectura de pasajes de literatura religiosa o evangélicos. La larga tradición de lectura en voz alta era habitual en el medio cortesano, y lo oral era fundamental en la educación cortesana que se forjaba en una lectura que oír [ 8 ] .
Unas prácticas lectoras que se mantuvieron en todos los ámbitos, empezando por el cortesano. En 1841, la condesa de Espoz y Mina, Juana de la Vega y Martínez, y aya de las infantas Isabel y Luisa Fernanda, y camarera mayor de Palacio, narraba cómo en el plan de educación de las infantas figuraba la lectura como una pieza de primer orden, en su doble dimensión auditiva o visual: «Del mismo modo se procura que cobren afición a la lectura, bien sea haciéndolo por sí mismas o escuchando, eligiéndose las obras que el ayo de su majestad indica, procurando fijar su atención, lo que es de esperar se consiga» [ 9 ] . Leer escuchando era, pues, una de los procedimientos contemplados en el aprendizaje. Entre las lecturas orientadas a su educación, y seleccionadas por Quintana, figuraban el libro y la lectura devota, como una práctica fuertemente asentada para el aprendizaje y práctica de la religión y su liturgia, con un carácter sacro y colectivo, que se realizaban durante las jornadas educativas de forma combinada con las lecturas orientadas a la distracción. Y en tal sentido la condesa de Mina «les hacía repasar, además, conmigo todos los domingos la doctrina cristiana» y también «les leía algunos ratos obras útiles y entretenidas» [ 10 ] . Y, en fin, cuando los paseos eran sustituidos a causa del mal tiempo, las ocupaciones de las infantas consistieron en hacer labor, pero, como en los paseos, lo hacían mientras oían leer a la condesa de Mina [ 11 ] . Precisamente leer escuchando durante un paseo por el Buen Retiro provocó un equívoco -con intenciones políticas de fondo-que dio lugar a un interesante episodio de historia cultural. Este episodio sucedió el 26 de enero de 1843, cuando el Eco del Comercio denunciaba la irrespetuosa actitud con que, según la publicación, la condesa de Mina trataba a las princesas al ir leyendo durante los paseos, como fruto de una «educación descuidada», y calificaba el hecho como de extrema gravedad. Suponía una irreverencia de tal magnitud que atentaba contra la dignidad real. Lo que no podía saber el autor de la información es que la condesa de Mina leía en voz alta. Y que, según sus Memorias, lo hacía con el consentimiento y para distracción de las infantas contra el tedio del paseo invernal. En una carta dirigida a un amigo del director del diario la condesa expuso, entre otras cuestiones, que no leía para su instrucción y pasatiempo, sino para instrucción de las infantas con deseo expreso de ellas, «dedicándoles yo, con grandísimo gusto de mi parte y mucho entretenimiento de la suya, la facilidad que tengo para leer en voz alta en cualquier carruaje. Y para que nada faltase añadiría los títulos de las obras que su majestad y alteza han tomado conocimiento por este sencillo método, y, o mucho me equivoco, o habían de merecer su aprobación» [ 12 ] . Al día siguiente, una nota oficial publicada en la Gaceta desmentía los hechos denunciados:
«Estamos debidamente autorizados para desmentir del modo más solemne las imposturas contenidas en un artículo que publicó el Eco de ayer (...). Es falso que esta señora lea por sí y para sí cuando va en el coche con S. M. y A., faltando de este modo a los respetos debidos a tan augustas personas; y si alguna vez se la ha visto leer en semejantes ocasiones, ha sido y es por la voluntad y deseo de S. M. que no pudiendo pasear a pie en los días que el tiempo lo impide, quieren distraerse oyendo alguna lectura amena e instructiva, lectura que hace el aya de S. M. y A. por mandato expreso de las augustas Señoras» [ 13 ] .
Número de páginas: 6
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NOTAS
  • [ 4 ] M ARTÍNEZ R US , A.: La política del libro durante la Segunda República. Socialización de la lectura, Gijón, Trea, 2003.
  • [ 5 ] C HARTIER , R.: «Revolución de la novela y revolución de la lectura», en Entre poder y placer. Cultura escrita y literatura en la Edad Moderna, Madrid, Cátedra, 2000, pp. 177-198.
  • [ 6 ] Véase M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Historia de la edición en España..., op. cit., y, sobre todo, mi texto «Lectura extensiva y lectura intensiva. Lectura oral y lectura silenciosa. ¿Una revolución de la lectura?», pp. 465-472, y V IÑAO , A.: «Las prácticas escolares de la lectura y su aprendizaje», pp. 417-430. Sobre estas transformaciones, C HARTIER , R.: «Du livre au lire», en Pratiques de la lecture, Marseille, 1985; K AESTLE ,C. F., et al.: Literacy in the United States. Readers and reading since 1800, New Haven, Yale University Press, 1991; V IÑAO , A.: Leer y escribir. Historia de dos prácticas culturales, México, Fundación Educación, Voces y Vuelos, IAP, 1999; C AVALLO , G., y C HARTIER , R. (eds.): Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998.

    7 M ARTÍNEZ , J. A.: «Las transformaciones editoriales y la circulación de libros», en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal. España siglo XIX , Madrid, Biblioteca Nueva, Editorial Complutense y Casa de Velázquez, 2003.
  • [ 8 ] B OUZA , F.: Palabra e imagen en la Corte. Cultura oral y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid, Abada, 2003, pp. 62-63.
  • [ 9 ] El ayo de S. M. era Quintana, y, como tal, encargado de seleccionar los títulos de las obras, en la fecha en la que está escrito el texto, 24 de septiembre de 1841. C ONDESA DE E SPOZ Y M INA : Memorias, Madrid, Tebas, 1977, p. 230.
  • [ 10 ] Ibid., p. 232.
  • [ 11 ] Ibid., p. 237.
  • [ 12 ] Ibid, p. 390.
  • [ 13 ] Gaceta de Madrid, 27 de enero de 1843.

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