Recuerdos más dolorosos se evocan con la muerte de un compañero de tragedia, Diego Morales. Éste había superado innumerables peligros como guerrillero en la retaguardia enemiga durante la Guerra Civil y posteriormente en la Francia ocupada, y entonces esperaba la muerte en el sótano destinado a los enfermos en Buchenwald, cuando estaba próxima la liberación: «Me arrodillé ante su lecho para ahorrarle el esfuerzo por acercarse a mí (...) Morales tuvo una convulsión, espoleta de una descomposición pestilente. Se agarró fuertemente a mi brazo con las últimas fuerzas que le quedaban. Su mirada triste, expresaba la más humillante de las miserias. Unas lágrimas se deslizaron por su cara de guerrero. "¡Qué vergüenza!", dijo, en su último suspiro»
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El sector de prisioneros cualificados, de interés para el mando, era apartado de las tareas más duras para desarrollar labores administrativas o de su especialidad: mecánicos, orfebres, sastres y modistas, músicos... Esta selección también rompía con la unidad de los esclavos -los había prominentes - y ellos disponían de una mayor movilidad y mejores condiciones de supervivencia, formando algo así como las clases medias del universo concentracionario. Las instituciones sobredimensionadas de los campos exigían complementar el uso de funcionarios y fuerzas de orden público con prisioneros en destinos de responsabilidad, pero en una situación de fragilidad perpetua, una espada de Damocles pendía del intangible humor del mando.
En el caso español, el trabajo de los prisioneros se reformuló para sacarles formalmente del ámbito concentracionario. Los prisioneros válidos para el trabajo pasaban a formar parte de los batallones de trabajadores. Si todavía estaban en edad militar, en Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores. Pero, dada la transitoriedad de la mayor parte de los campos españoles, el desarrollo del trabajo prisionero estaba incorporado al ámbito carcelario a través del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo
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Éstos, tanto en el caso español como en el nazi, no sólo producían bienes, sino también elementos simbólicos que, hechos por la mano del enemigo, adquirían otra cualidad. Rashke cuenta cómo un judío copiaba al óleo retratos de Hitler, al igual que en los talleres de las cárceles españolas se hacían bajorrelieves de Franco para poblar los establecimientos oficiales y religiosos.
Se utilizaba a los prisioneros no sólo para crear la infraestructura de los campos y su mantenimiento, sino que, atendiendo a las necesidades, se creaban brigadas penales para acelerar la construcción de infraestructuras para los propios campos, para los municipios cercanos o para lo que decidiese la Superioridad. Tras la guerra, se deseaba unir a los menores de edad dispersos en los campos de concentración de España, por lo que se tiene que conocer su número y situación. La correspondencia oficial del Cuartel General del Generalísimo delimitó, en primer lugar, quiénes se podían considerar menores de edad según la ley penal, establecida en diecisiete años. En una segunda fase había que situar dónde se encontraban. Pocos menores quedaban en los campos al finalizar la guerra, pues su destino había sido otro: «Quizás pueda haber alguno más, muchos, en los batallones de trabajadores, pues a los (que) por su robustez y buen estado de salud se podían estar al trabajo (
sic ) se les destinó a esas unidades»
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La rentabilidad económica sufría pérdidas importantes por los sabotajes internos. A pesar de los riesgos que ello implicaba y las indudables represalias que conllevaría en caso de ser descubierto, el deseo de venganza por lo infligido individual y colectivamente llevaba a los prisioneros a arriesgarse a través de las formas más variopintas.
Epílogo
El terror se desarrollaba en lo que podríamos designar como círculos concéntricos. Los traslados de prisioneros en vagones de ganado -comunes a los regímenes totalitarios alemán y español- reproducían las condiciones onerosas de los campos como entrenamiento en la humillación y el vasallaje que los prisioneros iban a encontrar en los campos de destino. Hacinados, hambrientos, sin agua ni intimidad alguna para la realización de aquellos actos íntimos que exigen pudor, cuando llegaban a los campos de concentración ya estaban adiestrados -si lograban sobrevivir- en lo que se iban a encontrar a su llegada, ya se habían situado escénicamente.
El poder utilizaba el terror como una de las vías para hacerlos más dóciles a los mandatos. Los nuevos negreros podían asesinar a sangre fría por cualquier nimiedad ante los ojos de los presentes. Las vejaciones y la brutalidad gratuita buscaban acobardar, para lo cual todo ello se hacía en público, ante otros. Se trataba de que las únicas representaciones mentales que pudieran mantener a los prisioneros fueran la de la simple supervivencia, haciendo desaparecer cualquier estrategia defensiva de carácter solidario entre ellos.
En el caso español, no había una mecánica científica de exterminio, sino un exterminio selectivo llevado a cabo en todo un extenso sistema de campos de concentración, cárceles y prisiones, comisarías o Casas de Falange, lo que formaba una red de encarcelamientos con muchos nodos. Con ella se llevaron por delante a la vanguardia de partidos y sindicatos y organizaciones de muy distinto signo que los sublevados identificaban con el régimen republicano. Con todo lo terrible que haya en ello, lo más representativo del régimen franquista fue su objetivo de cortar de forma sangrienta y disuasoria con los segundos y terceros niveles, y así hasta niveles muy ulteriores, de conciencia política, social y cultural que los insurrectos identificaban con la República. Eso fue lo que llevó el terror a cada rincón de España.
En el magnífico ensayo de Zygmunt Bauman sobre el Holocausto se afirma que éste «no resultó de un escape irracional de aquellos residuos todavía no erradicados de la barbarie premoderna. Fue un inquilino legítimo de la casa de la modernidad»
[ 34 ] . En España nunca podrían expresar una modernidad aquellos que representaban todo lo contrario. Los militares insurrectos se habían sublevado contra la modernidad, identificada con la República y con todos los fenómenos políticos, sociales y culturales generados o reforzados por ésta.
La utilización de una terrible violencia generalizada, común a ambos regímenes, quedó legitimada por el orden militar o gubernamental. Sin embargo, sería erróneo dar a entender que se asesinó, se apaleó y se condujo a la miseria por participar en la vida política o sindical, o en la renovación social y cultural. En realidad, se descabezó ese mundo, pero además se extendió la represión en círculos concéntricos, de mayor a menor cercanía, con lo que pudiera implicar el reformismo republicano, desde el liberalismo a la izquierda más heterogénea, para inducir a la sumisión, a la pasividad y al miedo a la población. Si simplemente querían sobrevivir, el sentido común, no ya el político, les debía inducir al silencio. Todo ello se ejecutó legalmente, reinterpretando los delitos en el Código de Justicia Militar, para aplicarlos a los civiles.
La fórmula para vencer, lo que Bauman llama «la piedad animal», inherente a la especie humana, también estuvo presente en el totalitarismo español de primera hora. La figura del capellán, que bendecía a los que volvían a la fe católica cuando iban a ser ejecutados, es el dispensador hispano de lo que Bauman llama «pastillas para dormir la moralidad», que la burocracia y la tecnología modernas habían puesto a disposición del régimen nazi
[ 35 ] . El nivel de desarrollo español no permitía el distanciamiento entre las víctimas y los verdugos, y la utilización de lamáquina como intermediario. En España, el ejército ejecutaba y, en el ámbito espiritual, la Iglesia católica envolvía la culpa de los ejecutores con el celofán de la absolución.