En los campos se creaba su propia pirámide social. Una estructura que tenía en su cabeza a los
kapos o
capos, sinónimo de los ancestrales
cabos de vara españoles. Estos presos ejecutaban una parte de las labores de represión del enemigo a cambio de librarse, al menos inicialmente, del destino prefabricado para sus compañeros. En la tarea de ser el perro de su amo, los
kapos variaban su ejecución en función de su talante personal: los sanguinarios, los sádicos, los depravados y pervertidos tenían la ocupación ideal para encauzar sus pulsiones, sin tener que rendir cuentas a nadie y con la total satisfacción de sus superiores. Ése era uno de los objetivos del enemigo: que parte de su trabajo perverso fuera ejecutado por los mismos que estaban doblegados: «Los primeros insultos, los primeros golpes no venían de la SS, sino de los otros prisioneros, de "compañeros", de aquellos misteriosos personajes que, sin embargo, se vestían con la misma túnica a rayas que ellos, los recién llegados, acababan de ponerse»
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La mezcla de delincuentes comunes y políticos fue una de las fórmulas habituales para insertar el disenso y la desconfianza en las filas de los internos y uno de los medios para enseñarles que su actitud, sus ideas, les habían llevado a lo más bajo de la sociedad. Se esperaba del prisionero un acto de contrición política: «Se rebajaba con esto al enemigo más peligroso, al político, a la escala más baja; expulsado de la comunidad debería sentir, al ser equiparado a criminales, asociales, inconstantes e idiotas, que se había convertido en la "escoria de la sociedad". La intención de privarle de toda conciencia de valor era evidente; debía perder bajo sus pies el apoyo de la personalidad»
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Los presos comunes, que también existían en los campos nazis, fueron los primeros -pero no únicos- que estuvieron dispuestos a desempeñar esta tarea. Los alemanes extendieron la labor de captación a los diferentes grupos nacionales para sembrar la semilla de la discordia en su seno: «Los españoles del campo, cada vez más interesados en una reorientación moral que les hiciese quedar bien como grupo colectivo, repudiaban abiertamente la conducta de Ernesto. Muchos, al verle, giraban ostensiblemente la cara. El flamante Kapo no les hacía caso; a imitación de los delincuentes alemanes, ratas viejas de prisión, se había hecho un mundo aparte, con una sociedad y una moral especiales, y debía prescindir de los otros»
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En el escalón más bajo de la pirámide social prisionera se encontraban aquellos que en algunos campos eran llamados «musulmanes». El término no tenía nada que ver con la religión. Quizás se popularizó para indicar un fatalismo ante el destino, un entregarse a la muerte sin más resistencia, el doblegarse a un designio impuesto: «Los "musulmanes" están más allá de estas nociones: más allá de la vida, de la supervivencia (...). Ellos están en otro mundo, flotando en una especie de nirvana caquéctico, en una nada algodonosa en la que se ha abolido todo valor, en la que sólo la inercia vital del instinto -temblorosa luz de una estrella muerta, alma y cuerpo agotado- aún les mantiene en movimiento»
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La aplicación de la violencia sobre otros compañeros dejaba una huella indeleble en la retina de los internos. Las sospechas y las denuncias les distanciaban y facilitaban el trabajo de los amos y se conseguía una mayor eficacia de cara a los indecisos y blandos, para lograr su sumisión. Paralelamente, se establecía un doble vínculo respecto a los colaboracionistas: eran siervos de la Jefatura, por lo que tenían privilegios, y, a su vez, estaban aislados por los restantes prisioneros que los temían y despreciaban. La división facilitaba la acción del enemigo, era como inyectar un virus para que por sí solo se reprodujese, creando la disputa y el disenso, las peleas y la barbarie, ya no sólo aplicada desde arriba, desde los amos, sino desde abajo, entre los propios prisioneros.
Se trataba de crear condiciones selváticas entre compañeros de cautiverio, para dificultar las redes de supervivencia y solidaridad. De hecho, nos dice Kogan que sólo había tres formas de solucionar la constante lucha entre cautivos: «siendo un solitario (tales personas, afirma Kogan, estaban en peligro, a no ser que tuvieran algún admirador callado que poseyese poder e influencia), adherirse a un grupo o hacerse miembro de un partido»
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En los campos de exterminio nazis la situación de los colaboracionistas llega a límites dantescos: «Para limpiar las cámaras de gas y enterrar los cadáveres (del campo de Sobibor), los SS mantenían una fuerza de trabajo de cien judíos que, como Avi, el amigo de Shlomo, dormían en los barracones junto a las "duchas" y al cobertizo donde dentistas judíos arrancaban el oro de los dientes»
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Incluso en las tareas más infames se hacía una diferencia entre los prisioneros. Los judíos que procedían de países occidentales respecto a aquellos que procedían de los guetos de los países del este. Su transporte se desarrollaba en trenes de pasajeros y no en furgones de carga. En el acto de recepción se mantenía la tramoya hasta su entrada en el campo -que ellos creían de trabajo- donde eran separados hombres y mujeres; éstas, de sus hijos mayores de seis años, para pasar a ejecutar el plan, que los igualaba a todos, del exterminio judío.
En todo caso, con los prisioneros se podía todo. En el caso alemán, se llegaron a alturas inimaginables de abyección en los experimentos pseudocientíficos a los que fueron sometidos. En el caso español, los experimentos pseudosiquiátricos del Dr. Vallejo Nájera muestran hasta qué punto llegó la infección ideológica nazi en el régimen español.
La rentabilidad económica de los prisioneros
La mentalidad totalitaria permitía la utilización de mano de obra esclava para todo tipo de fines. Pero con el trabajo no sólo se buscaba rentabilidad, sino castigo y dolor, expiación de supuestas culpas y aprendizaje del destino que el Estado totalitario deparaba para sus súbditos indeseados.
Existía un proletariado concentracionario dedicado a las labores del sector primario y secundario. Este inmenso cuerpo de trabajo era exprimido hasta sus últimas consecuencias. Sin apenas comida, sin suficiente ropa para lidiar con las inclemencias climáticas, sin medicamentos para curar lo que ello provocaba, el esclavo duraba poco en las condiciones requeridas para el trabajo. El esclavo debía saberse fácilmente sustituible. O era útil o se acercaba pavorosamente a la muerte a través de la degradación física. La agonía de supervivencia podía durar días, meses o años, según la fortaleza física de cada uno. La picaresca de algunos, con el apoyo de partidos como el comunista, les permitía desviar la atención y esconderse en alguna función más acorde con sus fuerzas.
La muerte debía ser tangible en cada esquina de los campos. El ritmo endiablado del trabajo convertía a la mayoría en infrahombres y les conducía a la muerte. Pero no a cualquier muerte: la muerte pública, a base de latigazos y maltrato, o la muerte por enfermedad: el tifus, la tuberculosis o, sobre todo, la disentería. Estos últimos enfermos, quizás los más abundantes, sufrían además un sentimiento de indignidad que les acompañaba hasta el último aliento: «Éramos nosotros mismos los que moríamos de agotamiento y de cagalera en medio de aquel hedor, allí (en las letrinas) es donde podía tenerse la experiencia de la muerte ajena como horizonte personal: estar con/para la muerte,
Mitsein zum Tode »
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