En ocasiones, por el contrario, se les sacaba de aquellos agujeros infectos para que tuvieran que aliviarse en las orillas de las vías férreas: «Los SS de la escolta no ocultaban su diversión al ver a los hombres y a las mujeres ponerse en cuclillas en donde podían, en los andenes, en mitad de las vías; y los viajeros alemanes expresaban abiertamente su disgusto (...). No son
Menschen, seres humanos, sino animales, cerdos; está claro como la luz del sol»
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Idéntica era la fórmula utilizada en España en aquella inserción forzosa en el destino predispuesto. Juana Doña nos proporciona una de las etapas del descenso colectivo: «Habían pasado dos días y aún el campo no había cambiado de fisonomía, el tren estaba largas horas parado y cuando andaba lo hacía a paso cansino, era la lentitud de la muerte, otro niño había muerto en el vagón (...). Dos guardias civiles asomaron la cabeza e instintivamente se taparon la nariz; el olor pesado y pestilente de cadáveres en descomposición les echó para atrás. Con la nariz tapada preguntaron:
-¿Qué lleváis ahí?, ¡apesta!
-Niños muertos y mierda-contestó una mujer.
-¿Niños..., muertos?
¡Sí, niños muertos! contestaron las mujeres, ¿Por qué se extrañan? No tenemos ni aire, ni comida, ni agua. Aquí sólo hay muerte. Se miraron los guardias y uno de ellos exclamó: "¡Qué carroña!"»
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Los relatos de las mujeres españolas, que penaron por partida doble en el caso de ser madres, nos aportan abundantes testimonios de la continuidad de este tipo de estrategias. Los transportes de las madres con sus hijos pequeños, la muerte de muchos de ellos y su posterior estancia carcelaria han quedado hoy por escrito. A ellos sumamos las investigaciones que empiezan a aflorar
[ 18 ] .
La suciedad ha sido una receta ancestral para humillar al prisionero, porque con ello se le acerca a un estado animal. Con esta situación física se contribuía a su destrucción moral, si no había anticuerpos anímicos para ello. Como contrapunto, los nazis se presentaban como modelos de limpieza corporal. Los sucios eran los otros, los enemigos, las razas impuras y sus compañeros de viaje. Una razón más para mirarles por encima del hombro y condenarles como si se tratasen de insectos.
La suciedad facilitaba que los prisioneros tuvieran parásitos (piojos y chinches). Esto, por sí solo, contribuía a la tortura y proporcionaba una mayor predisposición a la enfermedad. Existía una difusión controlada de la imagen, en la que se subrayaba una imagen de pulcritud para su propaganda exterior. La inmensa labor realizada por Francisco Boix, parte integrante de la célula clandestina del Partido Comunista español, colocado en el laboratorio fotográfico del campo de Mauthausen, muestra claramente esa intencionalidad. En una foto se ven dos presos, perfectamente uniformados y rapados, en un entorno aseado y pulcro, jugando al ajedrez
[ 19 ] . «Los nazis tenían pasión por la limpieza y el orden; les encantaba llamar a los prisioneros "sucios judíos". En realidad, la mayor parte de los judíos polacos que llegaban en vagones de ganado estaban vestidos con andrajos y cubiertos de piojos, ya que era imposible mantener la higiene en un gueto atestado y maloliente sin instalaciones sanitarias»
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Los prisioneros eran objeto de
mofa y
escarnio para diversión de los guardianes. La receta para la burla premeditada podía empezar por hacerles llevar ropa procedente de otros prisioneros, muertos o asesinados, que no correspondía a su talla, para que pareciesen payasos. También se inventaban juegos perversos para reírse de ellos: «Había que transportar la materia fecal en una especie de tinas de madera colgadas de una larga pértiga que se llevaba entre dos (...) si se respetaba el paso ligero que exigían los SS era imposible evitar que la inmundicia que contenían las tinas nos salpicara. Entonces nos castigaban por ensuciar las ropas, lo cual era contrario a los estrictos reglamentos de higiene»
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Frente a lo relatado previamente, los recuentos públicos podrían parecer nimiedades. Pero dichos inventarios humanos no buscaban una simple enumeración de los internos, sino sumar otra forma de tortura. Su duración era indeterminada, a veces veinticuatro horas, siempre de pie, al margen de las condiciones climatológicas extremas. Cada convocatoria, podía ser de mañana y tarde, era un medio añadido para la amenaza y el castigo, el amedrentamiento o la muerte. Los encuadramientos militares eran un vehículo para el vasallaje y una ocasión privilegiada de hacer pagar al colectivo prisionero por el error o la acción de unos pocos. Era una etapa crucial en el aprendizaje de la esclavitud: al amo todo le estaba permitido y el esclavo sólo podía esperar su benevolencia: «Las revistas de recuento eran en todos los campos el terror de los prisioneros. Después de trabajar duramente, cuando todo el mundo deseaba el merecido descanso, había que permanecer de pie durante horas en el lugar de revistas, a veces bajo un tiempo tormentoso, bajo la lluvia o con un viento helado, hasta que las SS habían contado a sus esclavos, comprobando que nadie se había escapado por el camino»
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Las formas de causar el dolor eran poliédricas, por todos los medios y hasta el último momento. No es que hubiera necesariamente un intercambio de información al respecto entre la España franquista y la Alemania nazi, sino que, en ambos sistemas, se daba el sadismo sin coerciones, institucionalizado, con lo que se llegaba a la misma cloaca. En el nazismo, también se intentó dar un viso de legalidad a las ejecuciones de alemanes disidentes, condenados por tribunales civiles, una minucia cuantitativa comparado con el genocidio de millones de personas en los campos de concentración. A ellos tampoco se les ahorraba dolor: «Esta mañana el comandante del campo ha venido y me ha leído la sentencia, de un modo tan infame, insultante, burlón, ¡esa bestia! Están tan acostumbrados al asesinato; alimentarse de los sufrimientos de sus víctimas es para ellos un particular placer»
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El dolor físico y el moral estaban destinados a minar la resistencia de los prisioneros y a impedir la creación de redes de ayuda mutua entre ellos, algo que, evidentemente, no siempre lograban.
La estratificación de los presos
La creación de un escalafón dentro de los mismos presos estaba al servicio de la visión de los amos. En su escalafón superior implicaba la cesión de parcelas de autoridad por parte de éstos a presos de su confianza. La autoridad delegada se debía ejercer sobre los otros prisioneros y al servicio de los deseos del superior, que así no se manchaba las manos. Al establecer una estratificación de los internos, se les dividía, e insertaba la sospecha y la desconfianza entre ellos y se posibilitaba un ejercicio interpuesto de la autoridad, habitual en toda institución carcelaria o concentracionaria. Los que recibían la confianza delegada del poder vivían con ciertos privilegios, como mayor movilidad, más comida y prebendas variadas. A cambio, su colaboración con el poder era rechazada moralmente y mirada con total desconfianza, lo que solía aislarles respecto a sus compañeros. Éstos podían establecer ciertos acuerdos con ellos para facilitar el intercambio de información o de bienes.