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Ayer 57 Ayer

Dolor como terapia. La médula común de los campos de concentración nazis y franquistas

por Mirta Núñez Díaz-Balart
Ayer nº 57, (1) 2005

Número de páginas: 6
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La existencia de compartimentos estancos dentro de un mismo campo, que impedía la circulación de los presos, entorpecía el conocimiento de los campos y abría la espita de los rumores. Una de las fórmulas de los nazis para mantener el engaño y eliminar elementos de verificación fue el desmantelamiento de los campos en plena guerra, tras un breve e intensísimo plazo de actuación. Tal fue el caso del campo de Belzec, que ya estaba en proceso de desmantelamiento en el otoño de 1942, habiendo sido inaugurado en la primavera de ese año. De la misma manera que el carácter transitorio de la mayoría de los campos de concentración españoles dificulta la localización de fuentes. Su tránsito de depósitos de soldados enemigos a centros de internamiento del enemigo interior en la inmediata posguerra, reforzó la nebulosa de su existencia.
La otra cara del silencio fue la noticia de los campos. Si bien el silencio predominaba, las noticias o los infundios, la información o la des información , hacían posible que algún conocimiento de ellos existiera. Esto servía de arma disuasoria ante los disidentes, reales o potenciales. Aun cuando los rumores fueran persistentes, podían no dejar de parecer infundios ante la imposible comprobación. El silencio se complementaba con la perversión del lenguaje. La conocida frase que presidía los campos nazis: «El trabajo os hará libres» era la falsedad traducida al alfabeto. La muerte estaba predeterminada cuando se traspasaba su puerta, para los que habían sobrevivido a los transportes y a las razzias en los guetos. El trabajo era uno de los principales instrumentos para llegar a la muerte. De igual manera, el lenguaje franquista envolvía la apisonadora legal que conducía a la servidumbre, y para miles de personas a la muerte, bajo el palio de una supuesta clemencia y misericordia con el vencido, muy propia de su inspiración religiosa.
El cuerpo como vehículo de aprendizaje
Los vencidos españoles fueron convertidos en botín de guerra y podían ser objeto de cualquier atrocidad. A la acción de los guardianes se sumaba la de las patrullas de falangistas que, desde distintas localidades del entorno de los campos, iban a la caza de sus paisanos rojos . Los campos de Levante, en especial los conocidos como de los Almendros y de Albatera, constituyen un ejemplo de todo ello. Los vencidos, hombres y mujeres, ancianos y niños, soldados y civiles, se aglomeraron en el puerto de Alicante a la espera de los barcos que las democracias occidentales enviarían para salvar a los republicanos españoles. Traicionados una vez más, fueron conducidos en masa hacia campos y locales donde iniciar su aprendizaje de su nueva condición subhumana. Allí sólo cabía esperar para conocer el destino que les había sido diseñado por el designio del vencedor sobre su persona, sobre los núcleos familiares, sobre sus necesidades básicas... En ellos, el cuerpo era convertido en miseria por la suciedad y el dolor del hambre, las enfermedades propias y las ajenas.
Juana Doña, militante de la JSU, acompañada de un niño de pecho, escribió uno de los primeros libros testimoniales sobre la represión, enumerando la primera etapa de aquel calvario: «Un gran campo erizado de alambradas y vigilado estrechamente les aguardaba: el "Campo de los Almendros". Allí, como volquetes de arena, eran volcados para volver a marchar por nueva carga, sin comida, ni abrigo, ni un reloj que marcase la hora para medir el tiempo, ni nada. Sólo hombres y mujeres desnudos, esperando, sin saber qué; despersonalizados, ausentes de todo lo que había sido antes su vida» [ 11 ] .
El traslado en trenes con vagones de ganado era una fase crucial en el aprendizaje. El destino era desconocido, pero la suerte estaba echada: comisarías o cárceles les esperaban en el destino, si lograban sobrevivir. Esta etapa tiene grandes analogías con los traslados hacia los campos de concentración nazis. En ambos casos, los trayectos eran de días, el destino incierto, las condiciones de hacinamiento, hambre, sed, mugre, perfectamente equivalentes; se trataba de uno de los prólogos de la instrucción. l hambre era la tortura más habitual. La ración diaria de hambre olectiva era un castigo infligido sin cara pero que provocaba un dolor y una ansiedad constante en cada uno de los prisioneros. Los veinticuatro años, en conjunto, que pasó Melquesídez Rodríguez Chaos en los campos y cárceles franquistas tuvieron su inicio en marzo de 1939: «Como el hambre era tanta y la ración tan escasa, un día en blanco provocaba desesperación. Daban un chusco para cinco y una lata de sardinas para dos. Quienes no teníamos otra cosa, nos íbamos debilitando por días. Apenas nos podíamos mover (...)» [ 12 ] .
A la tortura del hambre se añadía, según el entorno, la de la sed. El agua fue uno de los problemas más serios en los campos españoles. En el campo de Los Arenales, de Cáceres, «había que traer (el agua) de la ciudad, además de usar la de las charcas y depósitos de lluvia para aseo (...) sin retretes y sin posibilidad de instalarlos» [ 13 ] . La hermosa isla de Formentera fue el espacio elegido para un centro-provisional, según Javier Rodrigo -pero dicha provisionalidad podía superar el año-, de cerca de cuatro mil hombres, y sus características climáticas incluían una pertinaz sequía: «Nos daban nada más que calabazas y después cebollas. Muchísima gente se moría (...) Centenares. Sobre todo, de los que llegaban de la Península. Había un grupo de gente que venía de Badajoz. Eran los más deficientes de todos. Ya habían pasado mucha hambre por allí, y aquí no encontraron nada: eran como esqueletos (...). Tampoco había agua. La traían de San Francisco, pero era demasiado poca, muy poca. Aquella agua no era precisamente salada, pero sí salobre (...). La bebías a la fuerza, pero sobre todo se había de padecer las consecuencias» [ 14 ] .
La destrucción del pudor era otra de las fórmulas comunes para triturar la autoestima. En los campos nazis se les hacía correr desnudos, acosados por las porras de los guardianes y seguidos por los perros. Se les hacía formar militarmente, a veces también desnudos, durante horas como un castigo multitudinario más. Era un instrumento más para degradar a los prisioneros de cara a sus guardianes y al resto de la población alemana. Con la desnudez se pretendía humillar a la persona, atendiendo a las normas de la cultura occidental. Las mujeres ante los hombres, los hombres y mujeres ante otros de su mismo sexo. Al mismo tiempo, en el caso de los varones judíos, era un medio de comprobación de su adscripción a la «raza maldita». La desnudez, sumada a las condiciones climáticas de Europa central y oriental, constituía un ingrediente más para el exterminio masivo.
La impostergable necesidad de evacuación era utilizada para crear situaciones límite en los vagones de ferrocarril donde eran trasladados los prisioneros, dado que se tenía que realizar a la vista de todos los presentes en el lugar. La realización en público de actos fisiológicos es otra vía de degradación del que se ve impelido a ello: «Era un barracón de madera, de dimensiones análogas a todos los de Buchenwald. Pero en el espacio disponible no había tabiques (...), dos vigas (...) permitían el apoyo de la espalda de los que se agachaban: dos hileras de deportados culo contra culo. Habitualmente, eran docenas los deportados que defecaban al mismo tiempo, en medio del olor pestilente característico de las letrinas» [ 15 ] .
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NOTAS
  • [ 11 ] DOÑA , J.: Desde la noche y la niebla (mujeres en las cárceles franquistas ), Madrid, De la Torre, 1978, p. 63.
  • [ 12 ] RODRÍGUEZ C HAOS , M.: Veinticuatro años en la cárcel, Bucarest, Ebro, 1976, p. 22.
  • [ 13 ] RODRIGO , J.: op. cit., p. 97.
  • [ 14 ] SCHALEKAMP , J.: Mallorca any 1936. Dúna illa hom no en pot fugir, 2. a ed., Palma de Mallorca, Prensa Universitaria, 1997, p. 66.
  • [ 15 ] SEMPRÚN , J.: Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 54.

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