Las penalidades morales se sumaban a las físicas. La incertidumbre legal de un detenido en España se solía iniciar en los campos, donde no se sabía cuándo ni dónde podía concluir. ¿Qué habría en el expediente que sobre su persona abrían las autoridades y que se iba confeccionando con datos oficiales y delaciones? ¿Tendría suficientes avales? ¿Serían lo suficientemente poderosos para que no le consignasen como desafecto? ¿Para lograr la libertad condicional? ¿O le llevarían al otro nexo de la malla concentracionaria: a las cárceles o a los batallones de trabajadores que se iban organizando sobre la marcha con la avalancha de cautivos? Allí le esperaría el consejo de guerra, habitualmente colectivo, una farsa a la que estaba obligatoriamente invitado, en el que se sorteaban penas terribles a los encartados y vuelta a empezar: la búsqueda del indulto de la pena de muerte por la de treinta años. Si la capilla ya no le esperaba, la lucha era por mejorar la situación penal y, si era posible, anticipar la libertad condicional. ¿Cuándo llegaba esa libertad? ¿Era libertad? Sólo vigilada.
No resulta difícil deslindar los evidentes vínculos de la ideología totalitaria y fascista con el ancestral pensamiento reaccionario español. Su legitimación de la violencia como
Santa crueldad. La utilización de la simbología religiosa en los lenguajes totalitarios español y alemán nos revela sus raíces y, paralelamente, sus renovadas alianzas: «El caudillo no actuaba por propio mérito o por voluntad popular, sino por
"Gottesgnade" (por la gracia de Dios)»
[ 5 ] . El nuestro había sellado hasta en las monedas aquello de «Caudillo de España, por la gracia de Dios».
En ambos casos, el silencio y la ocultación se enseñoreaban de esa realidad para que sólo fluyera entre susurros. Por si cabía alguna duda sobre la acción del silencio, se sumaba la debilidad física, el aislamiento de un entorno generalmente hostil, de la familia o del núcleo asociativo, la falta de dinero u objetos de trueque de los internos, que provocarían que los intentos de evasión no llegasen muy lejos. Las huidas con éxito de los campos fueron excepcionales. El trabajo lento pero constante de la suciedad física y el hambre haría una parte importante de la tarea de desintegración de la personalidad. La humillación por la realización de actos íntimos en público, los parásitos, la desnudez absoluta ante las inclemencias del tiempo (más utilizado en Alemania que en España, sin duda por la influencia de la religión católica), como fórmulas de vejación, les dejaba aún más débiles ante la acción de la autoridad.
En el caso español, junto a miles de infiernos particulares, se trataba de crear un purgatorio generalizado. Los ojos del mundo se han enfrentado públicamente en el nuevo milenio a torturas similares, evidenciadas a través de las fotos obtenidas en la cárcel iraquí de Abú Ghraib. Parece el eterno retorno al dolor y a la humillación del enemigo, contra el que todo es aparentemente legítimo. Una vez más, se utiliza la desnudez como fórmula de vejación. El elemento contemporáneo se añade con la expresión de una sexualidad depravada, inducida entre los reos para expresar su indignidad. Entonces, en aquellas décadas desafortunadas de los treinta y los cuarenta, las ofensas al sentido del pudor tenían un menor recurso al ojo público. Hoy se usan sobre unos hombres, enemigos de la ocupación norteamericana, para los que el concepto del pudor es mucho más amplio que en la actual cultura occidental: «Vemos en Irak cómo las mismas cámaras de vídeo pueden ser utilizadas como un instrumento de banalización del mal, excitando una estética de la tortura, pero también como testigos inapelables del horror»
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Se trata nuevamente de recrear un infierno, pero no al modo barroco, abigarrado, con centenares de cuerpos atosigados por castigos, penas y pesares. Por el contrario, se crea un infierno organizado, en el cual los mandos medios e inferiores dan rienda suelta a su perversidad porque, creyéndose impunes, hacen un buen servicio al objetivo de degradar y torturar, sin necesidad de órdenes explícitas.
La función del silencio
El silencio, hasta donde era posible, fue una fórmula común en ambos regímenes para esconder la malla carcelaria y concentracionaria. El silencio era fundamental para hacer verosímil el engaño, un arma de guerra de primer orden. Silencio de las víctimas, pero también, de forma clamorosa, por parte de la sociedad que permanecía impávida ante la persecución y la tortura.
La bandera propagandística del franquismo de la última hora de la guerra de que «nada tenían que temer los que no tuvieran las manos manchadas de sangre» atrajo a miles de refugiados procedentes de Francia, siendo seguidamente encarcelados
[ 7 ] . También les empujaban al retorno las autoridades francesas y los gendarmes senegaleses con gestos y palabras nada persuasivos. Así, la maniobra de la confusión también envolvía a los judíos y facilitaba su camino hacia los infiernos terrenales de los campos de concentración sin rebeliones. A ello contribuían los laberintos psíquicos de las personas que huyen de una verdad terrorífica para evitar el hundimiento moral: «La mayoría de los judíos occidentales creían a pies juntillas las mentiras de los alemanes que se negaban a abrir las notas (en que les avisaban que estaban en el campo de exterminio de Sobibor) por miedo a que los sorprendieran y los castigaran. Los que sí las leyeron, especialmente los judíos alemanes de más edad, las rompían o gritaban que no les hicieran caso, que era una trampa»
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La extensa literatura testimonial concentracionaria tiene en el escritor italiano Primo Levi uno de sus más conocidos representantes. Su conocida trilogía sobre su experiencia como judío italiano trasladado a Auschwitz recala en el vía crucis de un prisionero superviviente, con todas las cicatrices físicas y morales, que tras haber logrado sobrevivir, le llevarían finalmente al suicidio. En una de sus denuncias señala el silencio de los alemanes: «(...) aunque no pueda suponerse que la mayoría de los alemanes aceptara la masacre sin inmutarse, la verdad es que la escasa difusión de la verdad sobre los
Lager constituye una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán (...) Una vileza que se había convertido en hábito, tan profundo que impedía a los maridos hablar con sus mujeres, a los padres con sus hijos (...)»
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Al silencio le sustituían los rumores que permitían entrever la realidad. La mayoría de los autores sitúan a lo largo del año 1942 el momento en que la población judía centroeuropea comienza a aprehender la existencia de campos de concentración y de exterminio. Los medios de información , siempre indirectos y susurrados, servían para intuir la estación final de los transportes masivos de judíos: «Como la mayor parte de los judíos polacos a finales de 1942, los de Piaski habían oído hablar de Belzec, ya que habían pagado a un católico para que siguiera al primer transporte que iba hacía allí. Según les dijo éste, todos los judíos eran llevados a un campo situado en medio de los bosques y nunca se volvía a saber de ellos»
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