En su ensayo España invertebrada (1921) Ortega desarrolla su propuesta
de lo que debe ser una sociedad sana y vertebrada. Comienza analizando las causas
de la aparición en España de movimientos nacionalistas y separatistas
y propone soluciones a ellos. Fundamentalmente estas causas son dos: por un
lado, la pérdida del sentimiento de pertenencia a una comunidad con un
mismo proyecto común; por otro, la falta de la vertebración necesaria
para llevar este proyecto a buen término. La conclusión de Ortega
es que España es una sociedad enferma, una sociedad insana, debido a
la falta de compromiso e implicación social ciudadanas para realizar
un proyecto común: "La potencia verdaderamente substancial que
impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo
de vida en común (...) Los grupos que integran un Estado viven juntos
para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades.
No conviven por estar juntos, sino para hacer algo juntos."
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En este sentido, Ortega cree que es el deseo constitutivo humano de realizarse,
es decir, el deseo de bienestar, unido al sentimiento de pertenencia a este
proyecto común, lo que puede orientar al hombre hacia una vida mejor
tras la crisis de los metarrelatos y devolverle así a una sociedad sana
y comprometida. Los problemas de los nacionalismos es preciso solucionarlos
desde su base, y su base es el sentimiento, el sentimiento de pertenecer a una
comunidad absolutamente distinta con intereses y proyectos distintos, y el consecuente
deseo de ser reconocido como tal por las demás comunidades, deseo que
si no es satisfecho conduce al malestar y a la imposición. Por tanto,
para atajar el problema es preciso lograr que el sentimiento de exclusión
y la consecuente imposición se convierta en un sentimiento de inclusión
que conduzca a la integración, para lo cual se requiere que los diferentes
integrantes de la sociedad y de sus respectivas comunidades se sientan partícipes
activos y responsables de un mismo proyecto deseado y compartido. Los problemas
que Ortega observa en su tiempo, como él mismo advierte, no pueden solventarse
con la acción del Estado de Derecho, ya que la causa de la desvertebración
está en la falta de este sentimiento común de pertenencia, cuestión
que es previa a todos los formalismos éticos y jurídicos. Por
tanto, todo cambio en la estructura social o estatal no afectará a la
raíz del problema que seguirá permaneciendo. En este sentido la
construcción de un marco adecuado -determinado por una serie de
principios cívicos -, si bien es necesaria para una sociedad que pretenda
la convivencia social, no la asegura. El filósofo en este sentido afirma
que es necesario que cada ciudadano se sienta integrado y partícipe de
un mismo proyecto con el fin de asegurar su cumplimiento y la convivencia social.
Para ello, precisa Ortega, es necesario avivar y fortalecer las relaciones entre
las minorías, que deben guiar a las masas para el cumplimiento del proyecto
común, y las mayorías, que deben dejarse guiar por aquellas.
PROPUESTA PARA UN NUEVO MODO DE CONCEBIR LA EDUCACIÓN DE ACUERDO A LOS
PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA MORAL ORTEGUIANA
A mi modo de ver, al hilo de las ideas que asienta Ortega en relación
al problema de las relaciones interculturales, existe hoy día en España
y en otros países europeos un problema fundamental que dificulta la posibilidad
de un compromiso íntegro con un proyecto colectivo y compartido, compromiso
que podría acercarnos más al proyecto político europeo
y enfriar los movimientos separatistas y nacionalistas de algunas nacionalidades.
Este problema consiste a mi juicio en el modo como hoy día se estructuran
los actuales sistemas educativos, tanto en España como en otros países
europeos. Una educación adecuadamente estructurada, según los
principios que Ortega plantea en su teoría de la historia, debería
conseguir que el ciudadano al final comprendiera la razón de que nuestros
proyectos y ambiciones políticas, nuestras actuales formas de gobierno,
nuestras tendencias científicas y tecnológicas, artísticas,
sean las que son, en definitiva, de que nuestra forma de concebir como debe
ser el mundo y nuestra sociedad sea la que es. Ello permitiría al alumno
tomar consciencia de su lugar en la historia y de la importancia que han tenido
las generaciones pasadas para la actual configuración del mundo.
A mi juicio la educación debe ser el elemento fundamental que asegure
un espacio de convivencia e integración sociales y culturales, pero para
ello es conveniente tomar consciencia de que nos corresponde a los ciudadanos
de hoy, que compartimos más allá de las fronteras y banderas unas
mismas creencias y valores, asumir el sentido de nuestra tradición y
completar así el esfuerzo que generaciones pasadas realizaron con propósitos
similares. En este sentido, una educación estructurada de acuerdo a la
concepción la historia que defiende Ortega, avivaría los lazos
de solidaridad, no sólo entre las diferentes culturas que mantienen una
misma tradición, unos mismos proyectos e intereses, sino también
entre los hombres de hoy y los de ayer de los que somos herederos.
La educación actual, en España y en otros países europeos,
tanto en los niveles de Secundaria, Bachiller como universitarios, es básicamente
una educación de conocimientos e ideas - en la asignatura de Física,
por ejemplo se estudia lo que dice Galileo, lo que dice Newton; por otro lado,
de forma independiente, en Filosofía se estudia lo que dice Platón,
Aristóteles, Descartes; en Historia del Arte las obras de Mirón,
Bernini, Miguel Ángel - Esta educación, estructurada en
compartimentos estancos, priva al futuro ciudadano de la posibilidad de que
comprenda la razón de que esas ideas aparezcan entonces y no en otro
momento, su orientación y finalidad, su importancia para entender las
ideas de hoy, etc. En este sentido, una educación de acuerdo a la teoría
de la historia de Ortega permitiría comprender por ejemplo, por qué
lo que Kant defendió hace doscientos años lo hizo necesariamente
poco después de la muerte de Newton y teniendo en cuenta su sistema científico,
o de un modo simultáneo a la defensa de los principios ilustrados que
emprendían los teóricos políticos, cuál era el proyecto
último que se perseguía con tales esfuerzos, qué creencias
lo animaban, y de qué forma hemos heredado ese resultado en el proyecto
que hoy día es Europa tanto desde una perspectiva política, científica,
económica, social. De ese modo, una educación así planteada
permitiría al ciudadano de hoy llegar a una comprensión adecuada
del origen de nuestro tiempo, con sus intereses y proyectos, lo cual presumiblemente
avivaría su sentimiento de solidaridad con respecto a generaciones pasadas
y futuras y realizaría así con mayor compromiso la tarea de su
tiempo.
En definitiva, al hilo de las ideas que plantea Ortega, para lograr estos fines
de convivencia intercultural, a mi juicio sería interesante articular
una educación cuyo fin último fuera lograr que cada ciudadano
tomara consciencia de la responsabilidad de asumir su proyecto propio junto
a aquellos que comparten y han compartido los mismos valores y creencias que
caracterizan las actuales sociedades europeas. Ello puede ser una de las claves
para lograr una sociedad donde convivan diferentes culturas animadas por un
mismo deseo y una misma proyección futura.
BIBLIOGRAFÍA
Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968
Friedrich, Nietzsche, Voluntad de poder, Biblioteca Edaf, Madrid, 1998