El filósofo español advierte a comienzos del siglo pasado que
uno de los problemas fundamentales con los que se enfrenta el positivismo y
las nuevas ciencias de la naturaleza es el problema de la imposibilidad de conocer
lo humano, lo constitutivo de la realidad humana. El hombre es el único
ser que no tiene una naturaleza ya dada y definida, su ser no se reduce a un
código genético o a un conjunto de átomos, su ser va a
estar determinado por lo que en su vida desee hacer. Estas ciencias no pueden
dar respuesta a la pregunta por la esencia de lo humano ni por la identidad
biográfica y cultural del hombre: ¿Qué soy?, ¿quién
soy? En efecto, asegura Ortega, un humanismo científico que pretenda
concebir lo humano como algo substante, como tal, susceptible de ser observado
y conocido, como hoy día defienden aquellos científicos y filósofos
herederos del positivismo8, no puede aprehender lo constitutivo y esencial al
hombre. El hombre, cada uno, no somos algo ya dado, de una vez para siempre,
sino algo que está por hacer, que está por decidir. Por tanto,
no es el código genético lo que determina nuestro porvenir, lo
que constituye nuestra naturaleza, sino nuestro deseo de ser aquello que creemos
nos hará más dichosos: "El hombre no tiene empeño
por estar en el mundo. En lo que tiene empeño es en estar bien. Sólo
esto le parece necesario y todo lo demás es necesidad sólo en
la medida en que haga posible el bienestar."
[ 9 ] Este deseo de bienestar,
unido a la imaginación, nos sitúa ante un repertorio de posibilidades
imaginadas sobre las cuales debemos decidir una, renunciando a las demás.
Por ello, el hombre en su vida puede ser muchos hombres, muchos yoes, dependiendo
del proyecto imaginario que opte llevar a cabo. Entonces, si como afirma Ortega,
las ciencias de la naturaleza no pueden conocer lo que somos, ¿a qué
debemos recurrir para conocer la realidad humana, para comprender nuestra identidad?
A la razón histórica, responde el filósofo español.
En su ensayo Historia como sistema (1936) Ortega asienta los fundamentos de
su teoría de la historia y del progreso humano. La historia, frente a
la visión racionalista y positivista, que la considera como un proyecto
seguro hacia un conocimiento total del mundo y hacia una educación que
asegure una convivencia pacífica, Ortega la concibe como un camino constante
de errores que debemos considerar para elegir mejor nuestro porvenir. Para ello
es necesario narrar desde el presente nuestra historia, mediante la razón
histórica, teniendo en cuenta el sistema de creencias y valores fundamentales
desde los que el hombre del pasado ha pensado y actuado: el hombre cristiano,
por ejemplo, desde la creencia en Dios como causa suprema, el hombre racionalista
desde la creencia en la capacidad de la razón para conocer el mundo...
Esta narración permite descubrir, por ejemplo, al hombre europeo como
el hombre que sigue siendo liberal, absolutista, feudal, pero que ya no lo es.
Si no hubiese hecho esas experiencias, nos recuerda Ortega, si no las tuviese
a sus espaldas y no las siguiese siendo en su recuerdo de haberlas sido, es
posible que ante las dificultades de la vida política actual se resolviese
a ensayar con ilusión alguna de esas actitudes.
LA FILOSOFÍA MORAL ORTEGUIANA COMO BASE PARA LA PROPUESTA DE UN NUEVO
MODELO DE SOCIEDAD Y DE CONVIVENCIA INTERCULTURAL
Como respuesta a la crisis de la concepción positivista del progreso
y de la legitimidad de los grandes relatos, Ortega considera que es el deseo
originario de bienestar la fuerza que debe impulsar a cada hombre y a cada pueblo
para la realización de su respectivo yo o proyecto vital. El hombre no
debe guiarse por ningún ideal de vida buena y menos debe hacer caso de
todo relato que trate de demostrar que existe un único camino verdadero
o correcto. Debe, simplemente, seguir su deseo de bienestar, su deseo de realizarse,
el deseo de cumplir su yo.
Como veremos a continuación, este nuevo imperativo de bienestar, de autenticidad,
constituye para Ortega el impulso que deben seguir el hombre y los pueblos para
lograr una convivencia intercultural sana y adecuada. El filósofo español
se va a centrar en los problemas de desvertebración que observa entre
las comunidades y las clases sociales en la España de los años
veinte. A mi juicio me parece interesante considerar estas ideas teniendo en
cuenta el proyecto unificador que hoy día pretende llevarse a cabo en
torno a la nueva idea de una Europa cosmopolita, proyecto que pretende aglutinar
y vertebrar diferentes nacionalidades y culturas en torno a un mismo ideal de
convivencia. A su vez, como al final veremos, creo que sería interesante
proponer un nuevo modo de entender la educación teniendo en cuenta la
nueva concepción de la historia que propone Ortega y ante la nueva proyección
que hoy día es Europa, con el fin de contribuir a la propuesta orteguiana
de convivencia intercultural.