En 1911, ya había iniciado su relación con la JAE, a la que se dirigió solicitando una pensión por un año para continuar sus estudios en Leipzig. También mantuvo, desde Leipzig, relaciones con el grupo de Pi i Sunyer, publicando algunos trabajos en los Treballs de la Societat catalana de Biología (1914) y otro en el Boletín de la Sociedad Española de Biología . Al llegar la primera Guerra Mundial, Negrín se vio obligado a regresar, en 1915, a Las Palmas. Poco después, en febrero de 1916, se dirigió de nuevo a la JAE, solicitando una pensión para continuar investigaciones en los EE UU durante un año. No se conoce cuál es la reacción de esa Junta, pero el hecho es que muy pronto, el 3 de julio de aquel mismo año, la Comisión Ejecutiva de la JAE decidió crear un Laboratorio de Fisiología General y lo ofreció a Negrín y Rodríguez Lafora (éste declinó). Está claro que ésta conocía sus habilidades y, sobre todo, la formación de Negrín (en el acta de la reunión del 3 de julio se lee: «Se acordó invitar al Dr. Juan Negrín López, que ha pasado varios años dirigiendo prácticas de Fisiología en la Universidad de Leipzig») y confió en él para ampliar su rango de intereses a la fisiología. Durante la primera etapa del Laboratorio (1916-1922), el núcleo fundamental de investigadores estuvo formado por José Hernández Guerra y José María del Corral García, que sucedería a Negrín en su cátedra tras la guerra civil. Instalado en Madrid, Negrín solicitó y consiguió (en 1920) revalidar sus títulos alemanes, el primer paso para una cátedra universitaria que consiguió en 1922. Entonces organizó su laboratorio en la Facultad, reservando el de la Residencia exclusivamente para la investigación. Durante este periodo, trabajaron allí jóvenes, algunos de los cuales -Ochoa, Grande Covián, García Valdecasas, Puche, Blas Cabrera Sánchez (uno de los hijos de Blas Cabrera) etc.-. La actividad científica de Negrín disminuyó con la llegada de la II República y su participación activa en la política.
La Guerra Civil y la ciencia
En su libro Cincel, martillo y piedra , el profesor Sánchez Ron dedica un capítulo a este tema y así dice:
La Guerra Civil (1936-1939) es uno de los acontecimientos más importantes -si no el que más- de la historia contemporánea de España. Obviamente la ciencia no pudo dejar de verse afectada por ella [...]. Finalizada la contienda, con la derrota de los republicanos, sabemos, por supuesto que Hispanoamérica (México, en especial) fue el destino de la gran mayoría de los exiliados. No parecen, por otra parte, existir dudas de que las ciencias biomédicas (incluyendo en este término desde la simple práctica médica hasta la fisiología farmacológica y bioquímica, pasando por la psiquiatría) fueron los más afectados. Se ha llegado a señalar que quinientos médicos españoles se exiliaron en México, al finalizar la guerra, pero, independientemente de la magnitud de las cifras, nombres como Augusto Pi i Sunyer, José Puche Álvarez, Isaac Costero, Gustavo Pittaluga, Ángel Garma y Severo Ochoa, muestran lo profundo del golpe que recibieron tales disciplinas en España. Las ciencias naturales sufrieron la pérdida del decano de los naturalistas hispanos, el entomólogo Ignacio Bolívar, entonces presidente de la JAE, que, según reza la leyenda -tal vez apócrifa, pero honrosa en cualquier caso- abandonó España siendo ya un anciano «para morir con dignidad». Exiliado en México, fue también su hijo Cándido Bolívar, que era en aquel momento catedrático de Zoografía de Articulados en la Facultad de Ciencias de Madrid. Otro anciano ilustre fue Odón de Buen, que llegó a México con ochenta años y a quien, como en el caso de Bolívar, acompañó su hijo
Rafael de Buen Lozano, que se establecería en Latinoamérica desempeñando importantes puestos relacionados con la sanidad pública. Otro «hijo ilustre» exiliado fue el biólogo Enrique Rioja Lo-Blanco, que continuó en México la obra de su padre, que había dirigido la Estación de Biología en Santander.
Cuando pasamos a la Física, nos encontramos con que el exilio en sí se debe valorar de manera cuidadosa al tratar el tema de la indudable decadencia que se produjo detrás de la contienda. Es cierto que entre los físicos exiliados aparecen nombres tan ilustres como el de Blas Cabrera, pero cuando el Director del Instituto Nacional de Física y Química abandonó España ya era un hombre de salud precaria y había dado de sí todo lo que podía en su ciencia. En cuanto al astrónomo Pedro Carrasco, catedrático de Física Matemática de la Universidad de Madrid, nunca fue un científico distinguido a nivel internacional, y acerca de Manuel Martínez Risco, se puede decir de él que probablemente fue el que más dio de sí como científico tanto desde su estudio parisiense como desde su cátedra madrileña. No es muy diferente el caso de Arturo Duperier, quien en Inglaterra efectuó importantes investigaciones -mucho más que las que había llevado a cabo en Madrid- en la física de los rayos cósmicos, investigaciones que no pudo retomar, dadas las dificultades con las que se encontró a su regreso a Madrid en 1953. En consecuencia, fue más importante lo que estas ausencias significaron como ruptura de lo que dejaron de aportar ellos mismos al contenido de la Física.
También se vio afectada la química, fundamentalmente porque Enrique Moles, que durante la guerra fue director general de Pólvoras y Explosivos de la República, gozaba todavía de más vigor e ideas que Cabrera, pero también debido a que entre los químicos exiliados figuró un número mayor de competentes investigadores y docentes como Augusto Pérez Vitoria o Antonio García Banús.
En cuanto a la matemática, la consecuencia a la postre más importante, fue la del exilio de los más jóvenes miembros del Laboratorio Seminario Matemático. Luis Santaló, que en la guerra había sido profesor de matemáticas en el bando republicano, para la formación de nuevos mandos de Aviación y que, instalado en la Argentina, donde llegó a presidir su Academia de Ciencias, se convirtió en una autoridad mundial, en campos como la geometría diferencial aunque no podemos olvidar nombres como los d e Pedro Pi Calleja o Manuel Balanzat.
La JAE y la Guerra Civil
Si la Junta de Ampliación de Estudios fue la institución más importante de la España anterior a 1936, es natural preguntar acerca de cuáles fueron para ella las consecuencias de la guerra (Moreno González, Sánchez Ron,
1988). Renovada la Junta de la Asociación de Catedráticos de Instituto el 18 de agosto de 1936, a la que sólo podían pertenecer los partidos integrados en el Frente Popular, éstos decidieron incautarse de los edificios de la JAE, que era contemplada con recelo por el sector del profesorado de izquierdas e iniciar la depuración del personal. En agosto, la JAE fue efectivamente remodelada. Ignacio Bolívar fue confirmado como presidente y Navarro Tomás como secretario.
El caso de Blas Cabrera
Uno de los personajes centrales de la ciencia española, en el primer tercio de nuestro siglo, fue, como ya sabemos,
Blas Cabrera, al que la rebelión militar sorprendió en Santander como rector de la Universidad Internacional de Verano. Después de diversas vicisitudes, Blas Cabrera se exilió en Francia. Al término de la Guerra, Blas Cabrera intentó regresar a España, detalle que por sí solo habla a las claras de cuán tenues eran sus inclinaciones ideológicas (era, como otros, básicamente un buen profesional liberal) y lo estrictas, limitadas y sectarias las de los vencedores de la contienda. Su hijo Nicolás explicó la forma en que aquellos intentos llegaron a su fase final (Nicolás Cabrera, 1976): «En octubre de 1941, el Ministro Plenipotenciario de España en París le invitó a visitarle.