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Revista Ábaco 42 Revista Ábaco

El exilio científico español

por José María Laso
Revista Ábaco nº 42

Número de páginas: 6
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Diversos casos del exilio científico español

La obra del profesor José Manuel Sánchez Ron, Cincel, martillo y piedra , de la editorial Taurus (Madrid, 1999), constituye una buena fuente para informarse de los distintos casos del exilio científico español. Siguiendo el desarrollo de esta interesante obra, damos primero con el caso de Odón de Buen aunque éste, por su prematuro fallecimiento, no pudo investigar en el exilio. De tal investigador dice Sánchez Ron: El caso de Odón de Buen es uno de los que ciencia y política se entremezcla. Estuve siempre -dice en sus memorias- dispuesto a trabajar por estos ideales y frecuentemente el trato de liberales y republicanos, de socialistas, de anarquistas, de platónicos, de masones y de espiritistas, sin estar nunca afiliado a ninguna secta, militando desde muy joven al lado de Salmerón , de Azcárate, de Barnés, de Labra, de Urbano González Serrano, de Isabal, de tantos ilustres catedráticos y jurisconsultos... personifiqué la política de Salmerón en Cataluña y abandoné las luchas políticas cuando murió don Nicolás, después de ser concejal en Barcelona y diputado en el Parlamento largo de Maura. Fustigué duramente la intolerancia que hace imposible la convivencia entre los hombres buenos de todas las creencias y aún más por el clericalismo intransigente, cerril, tan reñido con el auténtico espíritu cristiano. Ni que decir tiene que cuando llegó la guerra civil de 1936, De Buen no estaba entre los mejor vistos en el lado ‘nacional': fue, de hecho, encarcelado en Mallorca en los primeros días de la contienda; tuvo, sin embargo, la fortuna de ser canjeado, en agosto de 1937, por la hermana e hija de Primo de Rivera, (un buen amigo suyo por otra parte). Tras la guerra, se exilió en Francia, donde murió [ 3 ] .
El campo de la química
Según el profesor Sánchez Ron, aunque la química contemporánea no puede vanagloriarse de contar entre su cuerpo doctrinal teorías tan espectaculares -y socialmente célebres- como la física relativista o cuántica, no por ello ha dejado de cambiar menos el mundo que la física. ¿En dónde no nos relacionamos, por ejemplo, con la química orgánica? Sin embargo, vuelvo a decir que sabemos mucho menos de la historia de la química que la de la física. Aun así, parece que hay pocas dudas de que Enrique Moles (1883-1953) fue el químico más destacado, y más relacionado internacionalmente, del primer tercio del siglo, hasta que las consecuencias de la Guerra Civil acabaran literalmente con la carrera (y casi con su vida). Su campo principal de intereses fue el de la determinación de los pesos atómicos, aunque también se ocupó de otras cuestiones como el estudio de los volúmenes moleculares. Hombre comprometido con el bienestar institucional de su ciencia -y en general - de la ciencia nacional, Moles tuvo que ver también con la mejora de la infraestructura de la enseñanza experimental de la química (en el denominado Pabellón Valdecilla de la calle de San Bernardo) en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, en la que era catedrático de Química Inorgánica, asimismo organizó importantes reuniones internacionales como el IX Congreso Internacional de Química Pura y Aplicada, que se celebró en Madrid del 5 al 11 de abril de 1934 (al mismo tiempo tuvo lugar la IX Conferencia de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada, en la que Moles fue elegido vicepresidente).
En el caso del Dr. Juan Negrín, al conjuntarse su situación de relevante político con la no menos relevante de científico, su exilio de España, a partir de 1939, no entraría de lleno en la categoría de exiliado científico. Sin embargo, el hecho de haber sido un importante discípulo de don Santiago Ramón y Cajal, y su propia importancia en la labor de investigación científica, hace conveniente que le rindamos el tributo que merece en este trabajo sobre el exilio científico español.
El profesor Sánchez Ron le aborda así en su célebre obra: He dejado para el final de este capítulo, una figura singular también relacionada con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) la de Juan Negrín López. Como digo, se trata de un personaje singular, cuyo apellido debía de ser de sobra conocido en lo que fue su patria. Al menos por los créditos políticos que reunió: fue elegido diputado en la legislatura republicana de 1931 (las Constituyentes) por Las Palmas, 1933 y 1936 (en ambos casos por la circunscripción de Madrid); en 1931, con la reestructuración de la Junta de la Ciudad Universitaria, fue designado su secretario ejecutivo; en 1933 fue elegido presidente de la Comisión de Presupuestos del Parlamento, representante del Gobierno Español en la Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.) y en la Unión Internacional Europea; en septiembre de 1936 entró en el Gobierno de Largo Caballero como ministro de Hacienda, y finalmente, desde el 17 de mayo de 1937, fue presidente del Gobierno de la República (dimitió en 1945, cuando se encontraba en México, dando vía al Gobierno de Giral). Sin embargo, no es demasiado recordarlo por las g eneraciones actuales.
Acaso esto se deba a la eficacia de una política (des)informativa de un largo -y por tantos sentido oscuro- régimen que le tenía por una de sus «bestias negras». Pero es posible que semejante ignorancia también tenga otras raíces, apuntadas por Juan Marichal (1995), seguramente el mayor especialista en su figura: «Que el doctor Negrín es un desconocido para la generalidad de los españoles fue una patente perogrullada. Debo añadir que el propio doctor Negrín contribuyó, muy deliberadamente, a velar las huellas de su acción histórica: ni siquiera en la lápida de su tumba parisina figura su nombre. Y en ese afán de anonimato y desdén por los signos de pervivencia histórica que tanto buscan otros hombres -literatos y políticos, por ejemplo-, veo en el doctor Negrín una de las más admirables características del hombre de ciencia: la entrega impersonal en la búsqueda de la verdad sin ulteriores finalidades publicitarias.
Y agrega Sánchez Ron: «Aunque también añadía Marichal. Pero en el ocultamiento del doctor Negrín, hay factores no exclusivamente atribuible a su condición de hombre de ciencia.» Por otra parte, precisa Sánchez Ron: «Yo no voy a ocuparme aquí de su dimensión política, aunque es imposible dejar de mencionar que su ejemplo se suma al de muchos otros científicos que ya han aparecido en este libro, de ideas marcadamente de izquierdas. Mi tarea sería recordar algunos rasgos de su biografía como científico y de su significación en el final de ésta (se doctoró en 1912 con una tesis sobre al ‘glicosuria experimental') uno de su ayudante numerario en el Instituto de Fisiología de Leipzig, fundado en 1869 por uno de los grandes de esta disciplina, Carl Ludwig, y dirigido entonces por Ewald Hering (el estudio más completo de la carrera científica de Negrín es de Rodríguez Quiroga, 1994, cuya exposición sigo en gran medida). Allí se inició en la investigación, junto a Teodore von Brücke, con quien publicó varios trabajos. Durante aquellos años se centró, sobre todo, en la actividad de las glándulas suprarrenales y su relación con el sistema nervioso.
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NOTAS
  • [ 3 ] José Manuel Sánchez Ron, Cincel, martillo y piedra , Ediciones Taurus, Madrid 1999. Las páginas del conjunto de la obra.

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