Tengo el privilegio de haberle visto moralmente hundido después de su visita, en la cual el Ministro le comunicó el deseo del Gobierno español de obtener su propia dimisión del Comité Internacional de Pesas y Medidas. (Ante semejante actitud, mi padre no tuvo otra alternativa que dimitir del Comité internacional y al mismo tiempo, reconociendo que ya no podía volver a España, decidió trasladarse a México, le acogería como profesor.» Y en Ciudad de México, falleció Blas Cabrera el 1 de agosto de 1945.
Exilios interiores
Blas Cabrera abandonó España, y aunque otros miembros del Instituto no lo hicieron, no por ello algunos de éstos se libraron de sufrir las consecuencias de su relación con la Junta para Ampliación de Estudios. Miguel Catalán es un buen ejemplo en este sentido. Un ejemplo de que los exilios, producidos por la Guerra, fueron interiores también. El verano de 1936 se presentó interesante para Miguel Catalán. Estaba previsto que participase en los cursos de la Universidad Internacional de Verano de Santander. En julio habría dictado cuatro conferencias dentro del Curso sobre «La isotopía en Química». Yprosigue el profesor Sánchez Ron: Hasta cierto punto (siempre es difícil y peligroso aventurarse en el dominio ‘de lo que pudo ser y no fue'), el que el inicio de la Guerra Civil ocurriese unos días antes de que comenzase el curso en Santander, tuvo alguna consecuencia positiva para Catalán. Me explicaré: si la guerra le hubiese sorprendido en Santander, lo más probable es que se hubiera visto obligado a regresar -después de un penoso itinerario- a Madrid (controlado por la República) por la expedición comandada por Cabrera, mientras que su familia que posiblemente hubiese continuado veraneando en San Rafael, se habría visto detenida en la zona ‘nacional'. Se habría producido en consecuencia, una situación de división familiar.
Por otra parte, también hay que considerar que acaso no habría padecido las miserias, y el control, que sufrió en Segovia, etc. Sufrió después numerosas acusaciones, por parte de los rebeldes contra la República. Incluso un día fue convocado ante la Comandancia Militar acusado de espionaje. Salió libre gracias a que un policía rompió ocultamente la denuncia, porque su hijo había identificado al acusado como su profesor favorito en el Instituto de Segovia, al que por entonces Catalán estaba incorporado como profesor de ciencias en el bachillerato. Tras la guerra civil, Catalán se encontró con que le estaba vedado el regreso a su cátedra en la Universidad de Madrid, aunque en realidad no se le había desposeído oficialmente de ella. Además no se le permitió el acceso a su Laboratorio, en el Instituto Nacional de Física y Química, ahora perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado por el Gobierno franquista para sustituir a la vieja JAE: le estaba vedado. Ante tal situación, Catalán no tuvo más remedio que ganarse la vida. Se vio obligado, en definitiva, a entrar en la industria privada. Durante algunos años, (entre 1940 y 1946 cuando pudo volver a su cátedra) trabajó como asesor para Mataderos de Mérida, para la fábrica de productos químicos Zeltia, para Industria Riojana, y para los Laboratorios IBYS, Vitaminas DDT, células fotoeléctricas y colorímetros, figuraron entre sus intereses de dicha época. Al mismo tiempo que todo esto ocurría, científicos extranjeros (estadounidenses, básicamente) se preocuparon por la suerte de Catalán, tanto durante la guerra como después. Así, a poco de terminar la contienda, el 16 de junio de 1939, el gran astrofísico de la Universidad de Princeton Henry Norris Russell se interesaba por su situación [...]. En Madrid, mientras tanto, le resultaba muy difícil reanudar sus investigaciones. Entre sus papeles, ha sobrevivido una carta que, desde el caserón de la cuesta del Zarzal, escribió a Russell el 18 de agosto de 1940. En ella, se aprecian las dificultades con las que se encontraba: «Para enviarle una lista con todos los términos, he estado trabajando en la versión de los manuscritos que escaparon a la destrucción durante la guerra. Como todos estos papeles son muy incompletos, creo que se pueden perder algunos términos, en especial los más elevados. Mi trabajo procede con algunas dificultades, porque ya no trabajo en el Laboratorio del Instituto Nacional de Física y Química (Rockefeller) en el que se ha cerrado la sección de Espectroscopia.
No me es posible consultar una biblioteca científica, de manera que desde julio de 1936, estoy prácticamente aislado del mundo. ¿Será tan amable de enviarme cualquier separata de que pueda disponer? Los trabajos del Bureau of Standars también son desconocidos aqu í desde 1936. He escrito al Dr. Meggers, pero, hasta el momento, no he recibido respuesta. Tengo algunas dificultades económicas, y debo trabajar en otros temas, no espectroscópicos para ganarme la vida.» Y añadió: «Me vendría muy bien disponer de Fe I, si el profesor Harrison consiente en enviármelos. Le enviaré a usted la lista requerida tan pronto como me sea posible. En Múnich he estado trabajando durante algunos años, y he medido muchos efectos Zeeman, porque tengo una buena colección de placas que el profesor Back, de Tubinga (Alemania) me dio cuando trabajé con él hace algunos años. Desgraciadamente, los manuscritos no están en mis manos, por lo que no puedo enviarle la lista de términos ».
La recuperación de su cátedra no significó que se le abriesen a Miguel Catalán las puertas de la investigación «oficial», localizada en aquella época casi exclusivamente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, puesto que las Universidades eran, en ese sentido, auténticos eriales. Sin embargo, su prestigio científico, la recuperación de su cátedra, así como los requerimientos que se le hacían desde los Estados Unidos, terminarían favoreciendo su entrada en el Consejo, aunque no a su antiguo Instituto, denominado ahora Rocasolano, sino al Instituto de Óptica «Daza de Valdés», d irigido por José María Otero Navascués, persona bastante abierta e intelectualmente sagaz, quien en 1950 le nombró jefe del Departamento de Espectros. (Otero era Ingeniero de la Armada y como tal tuvo acceso, durante bastantes años, a las instalaciones y Talleres del Estado Mayor de la Armada, lo que facilitaba las investigaciones de su grupo del Consejo). Allí formaba un buen equipo de investigadores: Fernando Rico, Olga García Riquelme, Rafael Velasco, y Laura Iglesias Romero, dedicándose a temas como la estructura de los espectros de distintos elementos (paladio, hierro, bismuto, sodio y manganeso, etc.). El Instituto de Óptica del CSIC, creado oficialmente en marzo de 1946, aunque antes había funcionado como una sección del Instituto «Alonso de Santa Cruz» -de Física-, a la que iba asociada una subsección de Espectroscopia. Como jefe de sección, primero, y como Director del Instituto, después,
Otero Navascués fue el motor y responsable máximo del centro. En 1950, sin embargo, el Instituto de Óptica se instaló definitivamente en el nuevo edificio (que todavía ocupa el complejo del Consejo, situado a lo largo de la calle Serrano). Y con el cambio, Catalán se incorporó para dirigir una de las dos secciones del Departamento de Espectros, la de Espectros Atómicos. Se puede decir que fue entonces cuando realmente finalizó el exilio interior de Catalán. Habían pasado más de diez años desde el final de la guerra.